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El poder de la justicia – Parte I

INTRODUCCIÓN

Romanos 3:21.31.  1ª Corintios 6:9.11. 

“Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, testificada por la ley y por los profetas; la justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús ¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe. Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley. ¿Es Dios solamente Dios de los judíos? ¿No es también Dios de los gentiles? Ciertamente, también de los gentiles. Porque Dios es uno, y él justificará por la fe a los de la circuncisión, y por medio de la fe a los de la incircuncisión. ¿Luego por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley”. (Romanos 3:21.31)

“Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él”. (2ª Corintios 5:21)

Es muy poco lo que la Iglesia sabe acerca de la justicia y de lo que se relaciona con ella. Muchos confunden la justicia con la santidad; otros piensan que la justicia, desde el punto de vista teológico, tiene que ver con la vida de integridad o de equidad, concepción totalmente contraria a la que registran las Escrituras.

Otros admiten que la justicia en el hombre regenerado se mide y tiene que ver con el motivo del corazón, lo cual es totalmente falso; el motivo juzga las obras de pecado, pero no juzga ni pone en tela de juicio el estado de justicia que hay en el hombre regenerado. No son los buenos motivos o malos motivos los que les dan propiedad o cercenan la justicia de Dios en un hombre justificado.

La justicia es un estado o posición que el hombre llega a alcanzar y a obtener por gracia en la fe que depositó en el sacrificio de Jesús, por esta razón, nunca debemos usar el concepto de justicia desde el punto de vista secular para definir teológicamente la Justicia Divina.

Analizando la posición que hay en el seno de la Iglesia concerniente a la Justicia Divina, creo que necesitamos volver al tiempo de la Reforma,  que se levanten reformadores para defender y darle ubicación a la justicia de Dios dentro de la Iglesia Cristiana. El pensamiento y la posición que tiene el liderazgo concerniente a la justicia divina en nuestros tiempos es vago,   superfluo, tradicional, muy apegado al pensamiento y a las creencias de la iglesia católica, por ende es totalmente anti bíblico.

El tema de la Justicia y lo relacionado con ella fue lo que defendieron los reformadores tales como: Juan Huss, Martín Lutero, Juan Calvino, entre otros. Sus luchas estuvieron enfocadas sobre todo en contra de las indulgencias, las beatificaciones, los credos, las adoraciones a las imágenes, el estado de inmaculado a las vírgenes, el bautismo en el estado de la inocencia, el acto de transustanciación con los elementos de la cena, entre otros. Parte de estas creencias están dentro del seno de la Iglesia Cristiana, las cuales hay que erradicar. Pasemos e analizar algunas de ellas para que notemos la semejanza.

Las indulgencias: Esta enseñanza emergió de la disciplina o de penitencia que se hacían como pagos por culpas de los pecados cometidos; se hacía distinción entre la culpa y el pecado. El castigo temporal se requería para una completa absolución de la culpa entendiendo que el pecado era perdonado por Dios mediante Jesús, pero de la culpa se libraba por castigo temporal denominado “penitencia”.

Esto está en contra de la verdad bíblica cuando registra: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte”. (Romanos 8:1.3)

Las indulgencia llegaron a un estado de exageración tal, que se daban por escrito como un documento que te calificaba absuelto de la condenación del infierno estando en vida; era tanta la exageración que a causas de ellas podía librar a un familiar difunto del conocido “purgatorio”. Tales cosas están en contra de la verdad de Dios cuando las Sagradas Escrituras expresan:

“Fue, pues, necesario que las figuras de las cosas celestiales fuesen purificadas así; pero las cosas celestiales mismas, con mejores sacrificios que éstos. Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios; y no para ofrecerse muchas veces, como entra el sumo sacerdote en el Lugar Santísimo cada año con sangre ajena. De otra manera le hubiera sido necesario padecer muchas veces desde el principio del mundo; pero ahora, en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado. Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio, así también Cristo fue ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos; y aparecerá por segunda vez, sin relación con el pecado, para salvar a los que le esperan”. (Hebreos 9:23.28)

En nuestra época, se está cayendo en el terreno de indulgencias con diferentes prácticas. Pasemos a dar ejemplo del caso:

Pactos como indulgencias: Las Escrituras afirman que Dios es un Dios de pacto, pero Él es el que hace pacto con los hombres, el hombre no está en un nivel para hacer pacto con Dios, el hombre puede hacerle una proposición a Dios y Él es quien decide si dicha proposición pasa hacer un pacto entre Él y la persona que hizo la proposición. Los hombres pactan con sus dioses es en el paganismo, satanismo, politeísmo e idolatría (Jueces 8:33). Según los principios bíblicos, los hombres pueden proponerle a Dios algo pero es Él el que decide si dicha proposición pasa hacer un pacto. Esto fue lo que hizo Jacob ante Dios: propuso en su corazón entregar el diez por ciento de sus bienes, y Dios tomó dicha proposición y la estableció como pacto entre Él y Jacob. Pero se debe tomar en cuenta que dicha proposición, denominada “voto”, la hizo Jacob teniendo como fundamento una palabra que recibió de Dios en sueño, pero Jacob no se inventó un pacto y con él compro el favor de Dios; el favor de Dios ya estaba anticipado y Jacob en agradecimiento levanto un altar, adoró e hizo un compromiso en su proposición en agradecimiento ante Dios.

“E hizo Jacob voto, diciendo: Si fuere Dios conmigo, y me guardare en este viaje en que voy, y me diere pan para comer y vestido para vestir, y si volviere en paz a casa de mi padre, Jehová será mi Dios. Y esta piedra que he puesto por señal, será casa de Dios; y de todo lo que me dieres, el diezmo apartaré para ti”. (Génesis 28:20.22)

Hacer pactos con Dios, tratando de comprar el favor de Él, es un tipo de soborno y, a su vez, es negar la eficacia de la gracia que se dio mediante la justicia que recibiste por fe en el sacrificio de Jesús. Nuestras bendiciones, desde el punto posesional, están adjudicadas a la capacidad que tengas para recibirlas. Dios conoce la medida de capacidad que tienes para recibir tu herencia, tu legado; de modo que si no hay capacidad, por mucho que pactes ante Él,  de Dios no vas a recibir nada aunque seas heredero de las cosas.

Los pactos se han convertido en un tipo de indulgencia que te da el derecho a recibir de Dios las cosas aunque no haya capacidad para recibir lo que demandaste en el pacto que hiciste. Tratar de comprar el favor de Dios o lo relacionado a Él, es aborrecido por Dios hasta el punto que te puede llevar a vivir lejos del favor de Él. Esto fue lo que quiso hacer Simón el mago: trató de comprar el don del Espíritu, acto que fue aborrecido por el apóstol Pedro, y sin lugar a dudas también lo fue por Dios.

“Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan; 15los cuales, habiendo venido, oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo; 16porque aún no había descendido sobre ninguno de ellos, sino que solamente habían sido bautizados en el nombre de Jesús. 17Entonces les imponían las manos, y recibían el Espíritu Santo. 18Cuando vio Simón que por la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo, les ofreció dinero, 19diciendo: Dadme también a mí este poder, para que cualquiera a quien yo impusiere las manos reciba el Espíritu Santo. 20Entonces Pedro le dijo: Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero. 21No tienes tú parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios. 22Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios, si quizá te sea perdonado el pensamiento de tu corazón; 23porque en hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estás. 24Respondiendo entonces Simón, dijo: Rogad vosotros por mí al Señor, para que nada de esto que habéis dicho venga sobre mí. (Hechos 8:14.24)

Lo que se recibe de Dios en un acto de gracia no se paga ni antes ni después de recibirlo, gracia es un don inmerecido que se dio por misericordia, y lo que se recibe por gracia ni se compra ni se vende. Por querer ser recompensado por los hombres a causa de un favor recibido por Dios, Giezi -el criado de Eliseo- cayó en un terreno de desgracia, él quiso ponerle precio a lo que se recibe por gracia. Este fue un acto aborrecido por el profeta, ya que a Él se le ofreció un pago por el milagro y él, conociendo la misericordia de Dios que se manifestó en gracia para con Naamán, descartó dicha posibilidad.

“Y volvió al varón de Dios, él (Naamán) y toda su compañía, y se puso delante de él (Eliseo), y dijo: He aquí ahora conozco que no hay Dios en toda la tierra, sino en Israel. Te ruego que recibas algún presente de tu siervo. 16Mas él dijo: Vive Jehová, en cuya presencia estoy, que no lo aceptaré. Y le instaba que aceptara alguna cosa, pero él no quiso…”  (2º Reyes 5:15:17)

Acerca José N. Briceño Aldana

Director presidente del ministerio de la formación y la evangelización "Jesús Soberano Señor".

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