El peligro de las tres "T"
El
judaísmo es, sin duda, la mejor religión sin Cristo.
Como religión, se basa en tres pilares: la Torá, el
templo y el Talmud. Toda religión tiene su propio libro
sagrado, su lugar santo y su cuerpo de tradiciones. ¿Es
así también con su religión?
Quisiera,
con la ayuda del Señor esta mañana, compartir algo
que he titulado "El peligro de las tres T".
Hay
tres palabras que empiezan con la letra T, y sobre
esas tres palabras quisiéramos compartir, para ver
qué relación tienen, de qué manera obstruyen o favorecen
la fe cristiana, la figura del Señor Jesucristo.
Dos
de estas tres palabras son palabras judías. Ustedes
conocen algo de los judíos. La religión judía tiene
tres grandes pilares, y aquí vienen las tres T: La
Torá, es decir, la Ley, el Templo de Jerusalén, el
lugar donde Dios habitaba, y el Talmud.
Los
pilares de toda religión
La
Torá, el Templo y el Talmud. Sobre eso quisiéramos
hablar un poco. Así como la religión judía tiene una
Torá, tiene templo (o aspira a tenerlo en este momento),
y tiene un Talmud, así también la mayoría de las religiones
que hay en el mundo tienen su propia Torá, su propio
templo y su propio Talmud. Incluso la religión cristiana.
Nosotros
decimos que las religiones no salvan. La religión cristiana
tampoco salva. (Queremos dejarlo muy claro, porque
hay entre nosotros hermanos nuevos y otros que se están
acercando, y es bueno que desde el comienzo la fe en
el Señor Jesucristo sea una fe sana, una fe pura, una
fe que no tenga otros apoyos, que no tenga muletas,
que sea una fe precisa, una fe clara, centrada exclusivamente
en el Señor Jesucristo).
Cuando
el Señor Jesús vino, se encontró - ustedes deben recordar,
los que conocen las Escrituras-, se encontró con un
Israel que estaba aferrado a estas tres cosas: a la
Torá, al templo y al Talmud. Estos constituían su gloria;
eran sus pilares, sus fundamentos.
El
peligro con la "Torá"
Como
dijimos, la Torá es la Ley, la Ley de Moisés. Los judíos
eran expertos conocedores de la ley. Ellos habían encontrado
que en la ley había como seiscientos y tantos mandamientos
(613 específicamente); los habían contado y los memorizaban.
Ellos los enseñaban a sus niños. En las escuelas judías,
los niños tenían que memorizar largos pasajes de la
Ley. Sin embargo, ellos cometieron un un error: ellos
tomaron ese libro sagrado y lo levantaron tan arriba,
que lo convirtieron en una especie de fetiche, en un ídolo.
Para ellos, lo que Moisés enseñó era sagrado. (Cuando
el corazón del hombre se vuelve religioso, las Sagradas
Escrituras pueden convertirse en un fetiche).
Las
Sagradas Escrituras son un libro precioso. Hay ahí ochocientas,
o mil páginas, que desafían el ingenio de los estudiosos.
Así como hay expertos en obras literarias (como el
Quijote, por ejemplo), que se pasan toda la vida estudiándolas,
hay eruditos, grandes teólogos, que hacen lo mismo
con este Libro. Aquí hay profecías, hay misterios,
hay cosas ocultas que a todos ellos les gustaría desentrañar.
Muchos teólogos cuando, después de estudiar este Libro,
encuentran cierta luz, escriben un libro, lo publican,
o siendo doctores de la ley, ellos enseñan en las grandes
instituciones teológicas. Y al final, las Sagradas
Escrituras se transforman en un objeto de atracción,
en un fin en sí mismas. Eso es lo peligroso.
Nosotros
sabemos que las Sagradas Escrituras tienen un lugar
importante en la vida de un cristiano. Sin embargo,
tenemos que delimitar esa importancia, tenemos que
precisar cuál es la función que cumplen, para que no
nos ocurra lo que a los judíos les ocurrió: que ellos
eran conocedores al dedillo del Libro; sin embargo,
habiendo estudiado las profecías desde Moisés, los
salmos, los profetas, cuando se encontraron cara a
cara con la Persona de quien hablaban las Escrituras,
no lo supieron reconocer. ¡Vean qué tragedia! ¡Haber
estudiado el Libro por siglos, y cuando llega la hora
de la verdad, no supieron aplicar lo que habían aprendido!
Leamos,
por favor, en el evangelio de Juan 5:39-40. Dice el
Señor aquí -está hablando con los judíos-: "Escudriñad
las Escrituras..." Pareciera ser que la traducción
más correcta debiera decir: "Escudriñáis las Escrituras..." Tengo
acá la NVI (Nueva Versión Internacional), que traduce: "Ustedes
estudian con diligencia las Escrituras, porque piensan
que en ellas hallan la vida eterna..."
Bueno,
la Reina-Valera dice: "Escudriñad las Escrituras,
porque a vosotros os parece que ellas tenéis la vida
eterna". Aquí en estas palabras del Señor se revela
cuál era el problema que tenían los judíos. Si leemos
esta frase en términos más sencillos, lo podemos decir
así: "Ustedes estudian las Escrituras pensando
encontrar en ellas la vida eterna".
Hay
un problema ahí. Cuando se estudia la Biblia pensando
que en la Biblia está la vida eterna, hay un problema,
porque en la Biblia no está la vida eterna. El Señor
Jesús se lo dijo claramente a los judíos. En el verso
40 dice: "... y no queréis venir a mí, para que
tengáis vida". ¿Se fijan que el Señor cambia el
foco de atención: "No en las Escrituras, sino
en mí". ¡Aleluya! ¿Podemos afirmar eso nosotros
también hoy? ¿Podemos decir que en las Escrituras no
está la vida eterna? ¿Y que sí está en el Señor Jesucristo?
(¡Amén!). ¡Aleluya, lo podemos afirmar! ¡En la Biblia
no está la vida eterna; sí está en el Señor Jesucristo!
Pero
los judíos no lo habían visto. Ellos pensaban erróneamente.
Y luego, en esa frase que yo me salté aquí en el 39,
está el verdadero sentido y la razón de ser de las
Escrituras. ¿Por qué existen las Sagradas Escrituras? "...porque
ellas son las que dan testimonio de mí" -dijo él.
Nosotros decimos: "Amén". Todo el valor de
este libro, amados hermanos, hermanos nuevos, es que
aquí se da testimonio del Señor Jesucristo.
Un
peligro complementario
Pero,
cuidado, que todavía hay un peligro. Otro peligro.
Dijimos que los judíos conocían el Libro de principio
a fin, y que, sin embargo, no supieron discernir la
persona de Jesucristo. Esto también puede ocurrir a
los cristianos, que conociendo el Libro no conozcan
al Señor Jesucristo. Por tanto, ¿qué necesitamos para
entender bien este Libro? ¿Bastará la mente? ¿Bastará un
estudio bíblico? ¿Bastará estudiar con tener grandes
maestros, grandes teólogos, o con ir a un buen Seminario? ¿Será suficiente
eso? No, hay algo más que se necesita para escapar
del peligro de la primera T, la Torá.
En
Efesios 1:17, encontramos la solución: "...para
que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de
gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación
en el conocimiento de él". Aquí en Efesios encontramos
a Pablo orando para que el Padre de gloria les dé a
los hermanos de Éfeso, a la iglesia en Éfeso, algo
que era fundamental para poder conocer a Jesucristo
y conocer los misterios de Cristo. ¿Qué es eso? ¡Ustedes
ya lo encontraron! ¿Qué se necesita? ¡Espíritu de sabiduría
y de revelación! ¿Nosotros creemos que este libro fue
inspirado por el Espíritu Santo? ¡Amén, lo creemos,
totalmente inspirado por el Espíritu Santo! Por tanto,
el único que puede abrir la mente, el entendimiento
de los hombres para conocer lo que él mismo puso aquí,
es el Espíritu Santo.
¿Recuerdan
cuando el Señor les abrió el entendimiento a los discípulos
después de la resurrección, para que entendieran las
Escrituras? Lo que por años habían estado escuchando
en las sinagogas como una enseñanza respecto del Mesías,
recién allí lo pudieron entender. El "Espíritu
de sabiduría y de revelación" es el que abre el
entendimiento para conocer a Jesús, y para conocer
las Escrituras.
¿Se
han dado cuenta ustedes, amados hermanos, que puede
haber un hermano sencillo, sin educación prácticamente,
o un hermano nuevo, que puede entender más espiritualmente
las Escrituras que un cristiano antiguo, pero que nunca
ha sido tocado por el espíritu de sabiduría y de revelación?
Nos hemos encontrado con muchos casos así. Por tanto,
eso es una advertencia también. Los hermanos nuevos
que están llegando, ustedes, no se confíen en que pueden
leer la Biblia, no se confíen en que pueden estudiarla
con la seriedad y preocupación con que en el colegio
estudiaron los libros de física y de química. Para
estudiar este Libro se requiere algo más que inteligencia,
algo más que saber leer y escribir: se requiere tener
el socorro de lo alto, se requiere un toque del Espíritu
Santo al corazón, para que nos abra el entendimiento. ¿Está claro
eso? Así que, por favor, nadie se confíe en sí mismo,
nadie se confíe en su inteligencia.
Quedarse
a mitad de camino
El
problema de los judíos fue ese: ellos se quedaron en
la mitad del camino. Como Dios les había dado los estatutos
y los decretos allá en Éxodo, allá en el monte Sinaí,
cuando Dios les había dicho: "Oye, Israel, los
estatutos y los decretos que yo pronuncio hoy en vuestros
oídos, aprendedlos y guardadlos para ponerlos por obra" (Deut.5:1);
ellos dijeron: "Ya, vamos a aprenderlos, vamos
a ponerlos por obra, y los vamos a enseñar a nuestros
hijos". Sin embargo, por preocuparse demasiado
de la ley, de la Torá, ellos descuidaron este otro
mandamiento: "Oye, Israel, Jehová nuestro Dios,
Jehová uno es. Y amarás al Señor tu Dios de todo tu
corazón, y de toda tu alma y con todas tus fuerzas" (Dt.
6:4-5). Un mandamiento les mandaba a estudiar los decretos
y ordenanzas, otro mandamiento les mandaba amar a Dios
con todo el corazón y el alma y las fuerzas. ¿Cuál
de los dos mandamientos se apresuraron en cumplir?
El primero. Pero no el segundo.
Pasaron
los años, Dios tuvo que enviar profetas, uno tras otro,
para hacerle ver al pueblo el error en que estaban
cayendo. Y mire, lo que dijo Dios al pueblo al final
de la monarquía hebrea -pasaron cientos de años- hablando
a través de Jeremías, en el capítulo 2:8 de su libro. "Los
sacerdotes no dijeron: ¿Dónde está Jehová?" -es
decir, ¡a los sacerdotes se les perdió Dios!-, "...y
los que tenían la ley no me conocieron..." -¡los
que tenían la ley conocían sólo la Ley! ¿Y qué más
dice? - "...y los pastores se rebelaron contra
mí, y los profetas profetizaron en nombre de Baal..." Hermanos, ¿cuál
es la queja del Señor aquí? En que todos se preocupan
de las cosas externas, de estudiar la ley, de profetizar
en otro nombre, de hacer todo el aparato religioso,
cumplir las demandas religiosas, ¡pero lo olvidaron
a él, lo descuidaron a él, lo rechazaron a él!
Versículo
12: "Espantaos, cielos, sobre esto, y horrorizaos;
desolaos en gran manera, dijo Jehová. Porque dos males
ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua
viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas
que no retienen agua". ¿Cuál es el mal primero? "Me
dejaron a mí". Hermanos amados, pudiera darse
el caso de que nosotros tengamos toda la parafernalia
religiosa, y mucho conocimiento bíblico, ¡y lo hayamos
dejado a él!
Cristianos, éste
es un peligro al que estamos todos expuestos. Hermano, ¿te
sientes, o te has sentido en algún momento así, como
habiendo abandonado al Señor, como habiéndole vuelto
la espalda, como caminando a la deriva? ¿Sabes?, cuando
eso ocurre, el enemigo está pronto para cazar, para
morder, para herir. ¡Cuidado! El gran dolor del Señor
es que nadie buscaba conocerlo a él. Todos estaban
entretenidos en conocer sus hechos, en conocer sus
palabras, pero no en conocerle a él.
Avancemos
unas hojas más en Jeremías 9:23-24 - "Así dijo
Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en
su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe
en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere
de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová..." ¿Qué pasaba
en Israel? A juzgar por estas palabras, seguramente
había sabios que se gloriaban en su sabiduría, había
valientes que se alababan por su valentía, había ricos
que se alababan por sus riquezas, pero no había nadie
que se gloriara en conocer a Dios.
¿Cuál
es tu motivo de gloria, amado hijo de Dios? ¿Conocer
la Biblia? ¿Tener una buena religión? ¿Estar reunido
en Centenario? ¿Tener una pluralidad de pastores? ¿Tener
revelación acerca de ciertas cosas espirituales? No;
sólo conviene alabarse en entender al Señor y en conocerlo.
¡Aleluya,
esto es nuestra gloria! ¡En esto podemos alabarnos!
Y no porque nosotros le hayamos conocido a él (por
nuestro esfuerzo): Él se nos ha revelado a nosotros.
No porque nuestro sistema de estudio bíblico sea mejor,
no porque tengamos grandes maestros de la Biblia, sino
porque todos en algún momento, hemos llegado a fracasar
de tal manera que le hemos dicho al Señor: "A
menos que tú no nos abras el entendimiento, no entenderemos;
a menos que tú nos guíes, nos apartaremos; a menos
que tú nos socorras, nos perderemos". ¿Le has
dicho alguna vez así al Señor? (¡Amén!).
El
Señor nos ha llevado por cierto camino, a través de
ciertas circunstancias, con ciertas experiencias, en
que hemos tenido una y otra vez que decirle: "Señor,
si tú no extiendes tu mano, yo me hundo; si tú no me
abres los ojos, yo no veré; si tú no tocas mi corazón,
se endurecerá y se tornará soberbio". ¡Bendito
sea el Señor, porque nos ha tocado, y nos ha abierto
los ojos del entendimiento!
Hay
un reclamo de Dios también en Romanos 1. Algunos versículos
de ese capítulo dicen: "Porque la ira de Dios
se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia
de los hombres que detienen con injusticia la verdad;
porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto,
pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles
de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente
visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas
por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen
excusa. Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron
como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron
en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido.
Profesando ser sabios, se hicieron necios...".
¿Cuál
es el problema aquí, hermanos? El problema es que,
habiendo visto las cosas visibles, habiendo conocido
la creación de Dios, el poder de Dios, la deidad, la
majestad de Dios reflejada en las cosas hechas, los
hombres no fueron un poco más allá para decir: "¿Cómo
es que esto fue hecho? ¿Quién hizo esto? ¿Quién es
el maravilloso Ser que hizo estas cosas maravillosas?".
No fueron más allá para decir: "Tiene que haber
un Creador, hay que darle gloria a ese Creador".
Los hombres se quedaron mirando la creación, las cosas
visibles, se admiraron de las cosas perfectas que hay
en la creación, ¡pero nunca le dieron gloria al Dios
de la creación!
La
contemplación de la creación debiera arrojar a los
hombres tras la búsqueda de Dios. En tanto, el estudio
sincero de las Escrituras debiera arrojar al hombre
en brazos de Dios, y no dejarlo enredado en las profundidades
y misterios que encierran. La gran invitación que hacen
las Escrituras es que vayamos a Cristo. Sea donde sea
que las tomemos, nos dirán lo mismo.
El
problema es quedarse en la mitad del camino. Así también,
los hombres que se glorían en el Libro, se quedan a
mitad de camino. Porque la perfección y la hermosura
de este libro habla de la perfección más grande, de
la hermosura mayor, ¡del Creador de este libro! ¡Bendito
es el Señor! Por lo tanto, nosotros abominamos toda
corriente, toda enseñanza, que nos deje enclaustrados
en un conocimiento meramente bíblico, porque creemos
que tenemos que ir más allá. Tenemos que ir más allá de
la Escritura, tenemos que ir al Dios que la inspiró y
a Aquel de quien ellas nos hablan. ¡Bendito es el Señor
Jesús!
La
segunda "T"
Veamos
la segunda "T". ¿Cuál es? El Templo, el lugar
de adoración, el lugar santo. En Palestina había, de
todas las ciudades, de todos los rincones, de ese hermoso
territorio, una ciudad que las Escrituras declaran
que es una ciudad santa: Jerusalén. Pero, dentro de
la ciudad de Jerusalén, había un lugar todavía más
santo. Allí, sobre una explanada preciosa estaba construido
el templo.
Marcos
13:1 dice: "Saliendo Jesús del templo, le dijo
uno de sus discípulos: Maestro, mira qué piedras, y
qué edificios". ¿Qué pasaría por el corazón de
este discípulo, que dijo estas palabras? "Maestro,
mira, ¡qué piedras, y qué edificios!". ¿Qué significa
esa frase? ¡Admiración! Un discípulo diciéndole al
Señor: "¡Mira, Señor, qué piedras, qué edificios!".
Como para que el Señor se hubiese quedado: "¡Oh,
sí!". (Ingenuo el discípulo...)
Amados
hermanos, parece que el discípulo se esperaba un gesto
de admiración del Señor, pero, ¿cuál fue la respuesta?: "Jesús,
respondiendo, le dijo: ¿Ves estos grandes edificios?
No quedará piedra sobre piedra, que no sea derribada".
Ese
templo, esos grandes edificios habían sido construidos
por el rey Herodes. Y eran tan majestuosos y fastuosos
que, aun ocupando mucha gente para que trabajara allí,
habían demorado cuarenta y seis años en erigirlos.
Ese era el orgullo de todo Israel. Muchos judíos pueden
haber tenido una gloria muy mezquina al decir: "Ese
es el edificio más importante de toda la tierra, porque
es hecho de mármol, de piedras labradas, adornado con
oro, etc". Pero, ¿sabe?, aun un judío piadoso
podía decir: "Ese edificio, no precisamente por
su hermosura exterior, es el edificio más importante
de toda la tierra". Y, cuando decía eso, estaba
diciendo verdad. ¿Por qué? ¡Porque Dios habitaba allí!
Hermanos, ¿dónde
habitaba Dios en el Antiguo Testamento? En el tabernáculo,
(cuando había tabernáculo), y después, cuando hubo
templo, en el templo. A ver, si les pregunto, en el
siglo VII a. de C., ¿dónde habitaba Dios? En el templo
de Salomón, en Jerusalén. Alguien podrá decirme: "Oye,
pero mira: el siglo VII a. de C. fue el comienzo del
apogeo griego, allí comenzaron a aparecer los grandes
filósofos, allí estaba el Areópago, allí estaba el
templo de Venus, de Zeus, los templos de todas esas
diosas y dioses". ¿Sabe?, eso no importa nada,
eso no tiene ningún valor. ¡El lugar más importante
de toda la tierra era el templo de Salomón en Jerusalén! ¡Porque
allí habitaba Dios! ¡Eso es suficiente! ¡Gloria al
Señor!
Ustedes
saben, el templo de Salomón fue destruido por Nabucodonosor
en el siglo VI a. de C. Después, se levantó un segundo
templo, en tiempos de Zorobabel y aquellos colaboradores
que tuvo (Esdras, Hageo, etc). Ese segundo templo también
fue destruido. Y el templo de Herodes, el que vio este
discípulo, era el tercer templo. Y este tercer templo
también fue destruido, en el año 70 de nuestra era.
Los judíos hasta el día de hoy lloran por el templo
perdido. ¿Qué es el Muro de los Lamentos sino las ruinas
del templo? ¿Qué van a hacer los judíos allí todos
los años, en una cierta fecha? Ellos van a llorar.
Ellos recitan las palabras del libro de Lamentaciones
de Jeremías. Dicen: "Señor, tú nos has destruido,
tus juicios nos han abatido, lágrimas corren por nuestras
mejillas. Señor, ¿cuándo tendrás misericordia de nosotros? ¿Cuándo
levantarás tu testimonio, cuándo pasarás tus iras y
nos renovarás en misericordia?".
El
templo... Una gran religión, como la judía, tiene (o
tenía) un lugar sagrado.
Sin
embargo, también Dios tuvo problemas con ese lugar
sagrado, tan preciado para ellos, por causa de la dureza
del pueblo. Si ustedes buscan Jeremías 7, van a encontrar
que todo ese capítulo es una lamentación de Dios por
causa de que ellos han puesto su confianza en el templo,
pero su corazón está lejos de Dios. "Así ha dicho
Jehová de los ejércitos, Dios de Israel: Mejorad vuestros
caminos y vuestras obras, y os haré morar en este lugar.
No fiéis en palabras de mentira, diciendo: templo de
Jehová, templo de Jehová, templo de Jehová es este" (7:4-5).
Ellos
cometían adulterio, ellos hurtaban, ellos mataban,
juraban en falso, ofrecían incienso a Baal, andaban
tras dioses extraños, ellos oprimían al huérfano, a
la viuda, ellos derramaban sangre inocente... Sin embargo,
ellos tenían su templo. Teniendo el templo, ellos se
sentían seguros: Dios estaba allí, ¿quién les podría
hacer mal? Ellos se burlaban de las naciones vecinas,
se reían de los pueblos paganos. "¡Nosotros tenemos
el templo, tenemos la habitación de Dios!" Sin
embargo, lo que ellos no supieron -y esta es la advertencia
para nosotros- que la habitación de Dios en ese templo,
la permanencia de Dios en el templo dependía de algo:
de la obediencia del pueblo.
Desde
el momento en que el pueblo comenzó a apostatar, a
apartarse del Señor, ya ese templo no fue un lugar
grato para el Señor; antes bien, como dice el versículo
11 de este mismo capítulo: "¿Es cueva de ladrones
delante de vuestros ojos esta casa sobre la cual es
invocado mi nombre?". "La habéis transformado
en cueva de ladrones". Así que, cuando el Señor
miraba desde los cielos a Jerusalén, y miraba el templo,
ya no se alegraba en él. Y así llegó un momento - poco
después de estas palabras del Señor-, en que la nube
del Señor, que estaba en el Lugar Santísimo, el Señor
la quitó de allí. ¡La gloria de Dios abandonó el templo!
Cuando
Dios abandona un lugar, ese lugar queda expuesto a
la barbarie, al vandalismo, a Satanás. (¿Qué lugar
será inexpugnable cuando Dios ya no vela sobre él?).
Apenas Dios abandonó el templo, vino Nabucodonosor,
lo destruyó, y después vino uno de sus lugartenientes
y lo quemó, sacó las cosas sagradas, se las llevó a
Babilonia. Ellos quitaron su confianza de Dios, y la
pusieron en el templo.
Vean
lo que dice Lamentaciones 4:1. "¡Cómo se ha ennegrecido
el oro! ¡Cómo el buen oro ha perdido su brillo! Las
piedras del santuario están esparcidas por las encrucijadas
de todas las calles". Oh, hermanos amados, ¿pueden
percibir ustedes el lamento de Dios, el lamento del
profeta, cuando ve la ciudad y el templo destruido? ¿Qué es
lo que ve Jeremías con sus propios ojos? ¡Las piedras
del santuario esparcidas por las esquinas de todas
las calles! ¡Qué desgracia más grande! Es como para
lamentar y llorar. La habitación de Dios había sido
profanada por los hombres, por los propios sacerdotes,
por los levitas. Y Dios ya no quiso habitar allí.
Una
buena noticia
Sin
embargo, nosotros tenemos una buena noticia, porque
aunque el templo de Jerusalén fue destruido, el Señor
tiene un nuevo lugar de habitación, indestructible.
El Señor en cierta ocasión dijo: "Destruid este
templo, y en tres días lo levantaré" (Juan 2:19).
Y la Escritura dice que se refería al templo de su
cuerpo. Sabemos que su cuerpo fue llevado a la cruz.
Pero al tercer día, el Señor Jesús levantó un nuevo
templo, espiritualmente hablando. ¡Porque con la muerte
y la resurrección del Señor surgió la iglesia, el Cuerpo
de Cristo, la habitación de Dios en esta dispensación!
Hermanos
nuevos, visitas que hoy nos acompañan, respóndanme: ¿Habita
Dios hoy en Jerusalén, en ese lugar donde estuvo el
templo de Herodes? (¡No!). ¿Habita Dios hoy junto al
Muro de los Lamentos? (¡No!). ¿Habita Dios en la basílica
de San Pedro en Roma? (¡No!). ¿Habita Dios en la abadía
de Westminster en Londres? (¡No!). ¿Habita Dios en
la catedral de Temuco? (¡No!). ¿Habita Dios aquí en
Centenario 01154? (¡No!). ¡No! ¡No, hermanos, porque
Dios habita en la iglesia! ¡En tu corazón y en mi corazón,
en nosotros en conjunto que constituimos la iglesia! ¡Aleluya! ¡Gloria
al Señor!
Algún
hermano nuevo podría decir: "Voy a reunión a la
casa de Dios". ¿Cuál casa de Dios? "Centenario
01154". Otro pudiera decir: "Hermano, voy
a la casa de oración". ¿Cuál casa de oración? "Centenario
01154". ¡No, amado! Este lugar no es ni casa de
Dios ni casa de oración: es simplemente un salón, donde
se reúne el verdadero templo de Dios que es ¡la iglesia! ¡La
iglesia, los creyentes, tú y yo, el conjunto de todos,
amasados, amalgamados, hermanados, fusionados, somos
la iglesia, somos el templo! ¡Bendito es el Señor!
Así que
limpiemos nuestra fe, amados hermanos nuevos. No es éste
un lugar sagrado, no. Por supuesto, si los creyentes
están aquí, podemos ver la gloria de Dios. Pero si
los creyentes se reúnen debajo de unos árboles a la
orilla del río, ¡allí desciende la gloria de Dios!
Si se reúnen en una cancha de fútbol, ¡allí desciende
la gloria de Dios! ¡Donde sea! Este lugar es santo
ahora, aquí, porque está la iglesia. Se va la iglesia,
y es un lugar como cualquier otro.
Cuando
se habla de 'casa de Dios' o 'casa de oración', todavía
se muestra un resabio de la religión judía. En la región
judía había un templo, había una Torá y había un templo.
Pero en esta era de la iglesia Dios no tiene un templo
físico donde habitar. En el libro de los Hechos, dice
que los cristianos se reunían en "el templo y
por las casas". Recordemos que esos cristianos
eran judíos. Todavía no se había producido el desprendimiento,
todavía los cristianos judíos estaban como tomados
por un cordón umbilical del sistema judío. La iglesia
en Jerusalén todavía tenía, por lo tanto, ripios de
un pasado religioso, de una herencia judaica que nosotros
no tenemos. Gracias al Señor, estamos limpios de eso.
Los cristianos de hoy están limpios de toda herencia
judaica. Desde los días de Antioquia en adelante (Hechos
13), y más aun, desde Hechos 15, en ese primer concilio
de la Iglesia, se dejó en claro que había una diferencia
fundamental entre la religión judía y la fe cristiana.
Así que, amados hermanos, no nos equivoquemos.
No
un lugar, sino adoradores
¿Se
acuerdan de la conversación del Señor con la mujer
samaritana? Son palabras muy sencillas, Juan 4:21 - "Jesús
le dijo: Mujer, créeme, que la hora viene cuando ni
en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre".
La mujer le había dicho: "Ustedes los judíos dicen
que en Jerusalén es donde se debe adorar ... (porque
ahí estaba el templo) ... nosotros creemos que es en
este lugar donde se debe adorar." Pero el Señor
le dice: "ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis
al Padre ... Vienen días, la hora viene en que ni en
este monte -donde estaban hablando ellos (tal vez el
monte Gerizim) ni en Jerusalén adoraréis al Padre". ¿Por
qué? Porque el templo de Jerusalén iba a ser destruido
cuarenta años más tarde. Versículo 23: "Mas la
hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores
adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también
el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios
es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en
verdad es necesario que adoren".
Vemos
que aquí queda claro que no hay un lugar santo, sino
que hay hombres y mujeres santos, hay adoradores. Donde
se juntan los adoradores, allí hay adoración. Si en
tu casa se juntan los santos... ahí hay adoración.
En Santiago, he estado en la cárcel de mujeres, un
lugar donde nadie quisiera estar. Pero hay momentos,
cuando se reúnen las mujeres creyentes allí, que ese
es un lugar santificado, y desde allí sube la adoración
a Dios. He llorado adorando al Señor allí con ellas.
Hermanos, no se trata de lugares, se trata de adoradores. ¡Gloria
al Señor!
Para
terminar esta parte, veamos Hechos 17:24, por si alguno
tiene dudas todavía de lo que estamos compartiendo. "El
Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él
hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita
en templos hechos por manos humanas". ¿Quién está hablando
estas palabras? El apóstol Pablo. ¿Es Pablo un hereje? ¿Es
Pablo un falso maestro? No. Es el príncipe de los apóstoles,
y él dijo a los griegos allí reunidos: "Porque
Dios, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita
en templos hechos por manos humanas". ¿Queda claro,
hermanos, para todos nosotros? ¡Dios no habita en templos
hechos por manos humanas!
Pero,
fíjese, el templo que para los judíos era un lugar
sagrado, era el lugar donde Dios habitaba y donde el
hombre podía tener un encuentro con Dios, el templo
también en muchos ambientes cristianos se ha transformado
en exactamente lo mismo que el templo para los judíos.
Lamentablemente, hay cristianos que piensan que el único
lugar donde ellos pueden tener comunión con Dios es
en 'el templo'. Entonces, lo arreglan, lo adornan,
lo embellecen. Incluso le hacen ciertas subdivisiones
al templo, para indicar que siendo ese templo santo,
hay una parte, un sector, que es más santo que el resto,
que es como el Lugar Santísimo, que es adelante, desde
donde predica el predicador, ¡y ahí no puede entrar
nadie! ¡Ay, si un niño se sube ahí! ¡La ira de Dios
puede caer sobre él! ¡Ay, si sube al púlpito uno que
no sea pastor! ¡Es peligroso, la ira de Dios puede
caer sobre él!
Hermanos, ésa
es una imitación burda, incorrecta, del templo de los
judíos: con un atrio, un lugar santo y un lugar Santísimo.
Para algunas congregaciones, pequeñas congregaciones,
llegar a tener un templo es como alcanzar la mayoría
de edad. Apenas se constituye una congregación, su
primera aspiración es construir un templo. ¿No es eso
extraño?
Hermanos
amados, tenemos que ser sanos en la fe. Nosotros no
juzgaremos mal a los cristianos que se esmeran por
tener hermosos templos, pero tenemos que decir claramente
que el templo puede transformarse en una especie de ídolo
y en un objeto de confusión. Puede hacer creer a los
cristianos que Dios tiene lugares físicos especiales
donde él habita. Y la Escritura no nos permite a nosotros
decir tal cosa. Dios no tiene lugares físicos hoy donde
habitar.
Las
paredes de un templo son demasiado frías, son demasiado
duras. ¡En cambio, las paredes de tu corazón son cálidas! ¡Allí sí quiere
habitar! ¡Allí sí habita el Señor! ¡Gloria al Señor! ¿Damos
gloria al Señor por eso? (¡Amén!). ¡Te damos gracias,
Señor, por haber venido a habitar en mi corazón, y
por querer habitar en mí y en ti y no en un templo
de oro! ¡Dios prefirió tu corazón a un templo de mármol! ¡Dios
prefirió tu corazón a un templo de plata y de oro! ¡Dios
prefirió tu corazón a un templo lujoso! ¡Gloria al
Señor! ¡Bendito es su nombre, que nos levantó, que
nos honró de tal manera!
La "T" de
la tradición
Para
terminar, la tercera "T", el Talmud. ¿Qué es
el Talmud? El Talmud es un libro que contiene los comentarios
que los rabinos judíos han hecho sobre la Torá. El
Talmud reúne toda la tradición oral rabínica, de los
grandes doctores de la ley, sobre la Torá. Ellos recogieron
todos esos preceptos, comentarios, esas interpretaciones
de diversas épocas, en un libro, que se llama Talmud.
El
Talmud no son las Sagradas Escrituras; son comentarios
o preceptos agregados a las Sagradas Escrituras. Un
escritor judío cristiano que se llama Barry Rubin,
dice que los judíos eruditos, los estudiosos judíos
se glorían más en conocer el Talmud perfectamente,
que en conocer la Torá. Es más apasionante.
Así que,
desde hace mucho tiempo, la vida religiosa judía se
apoya en una mezcla de Torá y Talmud. Pero hay un problema
con el Talmud. El Talmud, cuando trata de explicar
la Torá, en vez de aclararlas para que el pueblo las
entienda bien, le agrega elementos que confunden más
que aclaran. Este autor llega a afirmar: "Tristemente,
la gente (los judíos) terminó enredándose tanto en
la multitud de reglas y regulaciones religiosas, que
algunos de los significados esenciales en la Torá se
perdieron. La tradición oral prevaleció sobre la verdad".
(p.148).
El
Talmud representa lo que el hombre le agrega a la Escritura.
En tiempos del Señor Jesucristo existía una fuerte
tradición oral, y muchas veces él debió enfrentarla. ¿Se
acuerdan cuando el Señor, en Marcos 7, recrimina a
los judíos, porque ellos habían invalidado la palabra
de Dios por las tradiciones? ¿Se acuerdan de esas palabras? ¿De
qué se está hablando allí? En realidad, aunque no se
usa allí la palabra "Talmud", cuando habla
de las tradiciones, de los mandamientos de los hombres
que ellos habían agregado a la ley, se estaba refiriendo
a lo que se conoce como Talmud.
"Porque
dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición
de los hombres: los lavamientos de los jarros y de
los vasos de beber; y hacéis otras muchas cosas semejantes.
Les decía también: Bien invalidáis el mandamiento de
Dios para guardar vuestra tradición" (8-9).
Toda
religión que se precie de tal tiene una tradición.
Y esa tradición está escrita también: reglamentos,
comentarios, interpretaciones. Sin embargo, la tradición
no tiene su origen en Dios, sino en el hombre.
El
Tamud enceguece
Mire,
he aquí una cosa interesantísima que plantea Barry
Rubin: ¿Por qué razón los judíos, en los tiempos del
Señor Jesús, esperaban un Mesías político, poderoso,
capaz de zafarlos a ellos del yugo romano, siendo que
había varias profecías, como por ejemplo, Isaías 53,
en que se decía que el Mesías sería como un varón de
dolores, sufriente, como un cordero, que moriría y
que resucitaría? ¿Por qué ellos no pudieron creer las
profecías que hablaban de un Mesías sufriente que moriría
y resucitaría? ¿Saben por qué? Porque las interpretaciones
que el Talmud había hecho no contemplaban la venida
de un Mesías como un cordero. ¡El Talmud los había
enceguecido! La tradición oral había logrado opacar
la Torá y los profetas y cerrar el entendimiento de
los judíos respecto al Mesías.
Amados
hermanos: ¡cuidado con 'nuestra' tradición! Han comenzado
a escucharse entre nosotros frases como éstas: "En
nuestros ... años de existencia..." ¿Qué significa
esa frase? Que ya tenemos una tradición de ... años... ¡Cuidado!
Con ese mismo predicamento, entonces, los hermanos
tales o cuales podrán decir: "Nosotros, con nuestros
quinientos años de historia..." ¿Qué es eso? ¡Tradición!
La
tradición puede tejer una red de cadenas que nos aten
al pasado, y que nos impidan ver la voluntad de Dios
para este día. Las tradiciones nos atan a la manera
como Dios obró ayer, y como que Dios tiene que estar
obligado a actuar como lo hizo ayer. Así que, amados
hermanos que se reúnen en Centenario, que tienen la
revelación de Cristo y de la iglesia, ¡cuidado con
vuestra joven tradición!
¿Han
escuchado frases como ésta?: "Nosotros nunca lo
hemos hecho así. ¿Por qué tendríamos que hacerlo?". "Nunca
hemos cantado así. ¿Por qué tendríamos que cantarlo?". "Nunca
hemos acostumbrado así. ¿Por qué tendríamos que hacerlo?". ¿Qué es
eso? ¡Talmud!
Mire,
cuando hay una congregación que no cree que el Espíritu
Santo la esté dirigiendo, entonces tiene que asegurarse
-a través de reglamentos, de leyes, de ordenanzas y
tradiciones-, asegurarse un camino; porque si no, se
pierde, se extravía, se confunde. Pero si hay una congregación
de santos que creen ciertísimamente que hay Uno de
arriba, el Espíritu de verdad que los guía, que los
conduce, entonces no necesitan consultarle al pasado
para saber cómo hacer las cosas hoy; ¡simplemente,
le consultan al Señor! Hermanos, los que tienen tradición
-y más encima, escrita- no necesitan preguntarle al
Señor. Basta que miren atrás, y lean en el Reglamento: "En
el artículo uno dice... ¡de esta manera tenemos que
hacerlo!". Si fuera así entre nosotros, sería
la mayor pérdida, porque ya el Señor no sería glorificado,
y ya no necesitaríamos de Él.
Amados
hermanos, en el mundo una institución es más o menos
respetable si puede decir: "Desde 1845",
o "Desde 1920". Nosotros, más vale que no
digamos nada... Nosotros tenemos que servir a Dios
en nuestra generación, y después, si a él le place,
debemos desaparecer... ¡Que él nos interrumpa cuando
quiera! Más que conformar una tradición, la iglesia
debe irse zafando de ella, para ser dúctil a la guianza
del Espíritu.
Lo
más peligroso de la tradición es que se nos va pegando
sin que nos demos cuenta de ello. Cuesta juzgarnos
con objetividad, porque la tradición forma parte de
nuestra subjetividad. Para romper este círculo debemos
aceptar el juicio de otros, y el escrutinio permanente
del Espíritu Santo.
No
queremos las tres "T"
Muchos
grupos cristianos se aferran a estas tres cosas, Otros
se aferran a una o dos de ellas. Pero sea como fuere,
eso significa descansar en algo menos que Cristo. ¡Nosotros
abominamos de estas tres "T" cuando ellas
impiden al pueblo de Dios depender exclusivamente del
Espíritu y glorificar exclusivamente al Señor Jesucristo! ¡No
queremos las Escrituras por sí! ¡Queremos al Cristo
de las Escrituras! ¡No al templo como un lugar sagrado! ¡No! ¡Queremos
a Dios que habita en la iglesia, que habita en el corazón
de los creyentes! ¡No una tradición, no! ¡La dirección
del Espíritu paso a paso, día tras día, constante,
permanente! ¡Que el Señor tenga misericordia de nosotros!
(¡Amén!).
¿Estamos
dispuestos, amados hermanos, a decir: No a la Torá,
no al Templo, no al Talmud? (¡Amén!). ¡Sólo Cristo
nos basta! ¡Cristo es todo suficiente para nosotros!
Hermanos, ¡qué precioso
es Cristo! Si algo que hace la gloria de la iglesia,
la gloria de la reunión -aunque sea en un lugar pequeño,
con tres o cuatro reunidos- lo que hace la gloria nuestra,
la hermosura, la belleza, la luz que resplandece entre
nosotros ¡es Cristo! ¡El día que lo perdamos a él,
lo perdemos todo! ¡El día que los árboles nos impidan
ver el bosque, lo perdemos todo! ¡Las cosas santas
(y las supuestamente santas) no pueden impedirnos ver
al Santo! ¡Queremos al Santo Hijo de Dios! ¡Bendito
es el Señor!