El dominio de sí mismo

Bosquejos Biblicos

Bosquejos Biblicos Texto Bíblico: Vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor.” (2 Pedro 1:5-7)

Introducción

Si no dominamos nuestras inclinaciones, nuestro espíritu se inclina hacia el pecado. Debemos refrenarlo practicando el dominio de nosotros mismos, ejercitándonos en las virtudes. Mediante ellas actuaremos guiados por el Espíritu Santo, haciendo lo que es la voluntad de Dios.

I. Sin dominio de sí mismo no podemos avanzar espiritualmente (vers. 5)

a. Sabemos que la vida espiritual necesita un ejercicio y cuidado continuos. Como tendemos al pecado por nuestra naturaleza herida, hay que ejercitarse en el dominio de esa naturaleza. Por eso es necesario crecer en las virtudes, pidiendo a Dios la fuerza para realizar actos buenos y adquirir la sabiduría. No sólo es necesaria la fe, sino la puesta en práctica de la vida cristiana (vers. 5).

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b. Si creemos verdaderamente en las palabras de Cristo, deberíamos cambiar nuestra forma de vida. Y lo que principalmente obstaculiza nuestro progreso espiritual es la falta de dominio de nosotros mismos.

No sabemos refrenarnos ante la tentación y ante las ocasiones que exigen ser justos y moderados. Debemos pedir esto al Espíritu Santo que habita en nosotros desde el bautismo, que nos guíe en los momentos en que debemos actuar como nos enseñó Jesús (2 Timoteo 1:7).

c. Se nos presentan muchas ocasiones en las que el realmente fuerte es el que sabe controlar sus impulsos. Para el mundo, el fuerte es aquél que domina a los demás mediante su poder, que impone su parecer usando su fuerza. Para el cristiano, fuerte es el que se domina a sí mismo y no es esclavo del pecado. Somos discípulos de Aquél que entregó su vida por nuestros pecados (Proverbios 16:32).

d. Si nos entregamos a las inclinaciones mundanas, estaremos dominados por la ira, el enojo, la envidia, la lujuria, la codicia, etc. En cambio, cuando cultivamos la vida virtuosa, y nos entregamos al Espíritu Santo, podemos refrenar estas inclinaciones.

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Podremos responder ante las ocasiones de pecado con un espíritu fortalecido por Dios y ayudado con su poder. Ante el agravio, responderemos con mansedumbre; ante la injusticia, responderemos con bondad (Gálatas 5:22-23).

II. La principal virtud que da el autocontrol es el amor (2 Pedro 1:6-7)

a. El ejercicio de las virtudes, estando auxiliados por el Espíritu Santo, nos ayuda a hacernos más agradables ante los ojos de Dios. Porque cuando hacemos esto, nos parecemos más a Cristo, que nos enseñó a seguir el camino de la virtud.

Y el resumen de todas las virtudes y todos los bienes espirituales es el amor. Con amor, podremos practicar el dominio de nosotros mismos, porque nunca haremos algo que perjudique al prójimo o nos aleje de la amistad con Dios (verss. 6-7).

b. La moderación en los placeres de la carne, nos ayuda a tener un espíritu más dispuesto hacia el bien. Porque el conceder todos los antojos al cuerpo, hace que el espíritu sea más débil y reacio al sacrificio.

Entonces nunca será capaz de refrenarse o usar honestamente de las cosas materiales, porque estará acostumbrado a no tener ninguna limitación. Ahí es cuando entra el pecado, porque nos abandonamos a la codicia, la lujuria, la falta de modestia, desechando los bienes espirituales (1 Corintios 9:25).

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c. Lo mismo ocurre con la ira. Cuando no sabemos ponerle un freno a nuestros enojos y reacciones, es posible que la ira nos vaya dominando poco a poco. De esta manera, nos animalizamos, y nos volvemos semejantes a las bestias del campo. Ellas no tienen el freno de la razón y la virtud, por eso no son culpables como nosotros, que tenemos los auxilios del Espíritu Santo si los pedimos (Proverbios 29:11).

Conclusión

Tenemos que ejercitarnos en la virtud, para no perder los bienes espirituales recibidos en el bautismo. Si nos dejamos dominar por nuestras inclinaciones mundanas, estaremos permitiendo que nos esclavicen. Para obtener la verdadera libertad, debemos empezar por no ser esclavos de nuestras pasiones. Y esto lo logramos mediante el esfuerzo y el auxilio de Dios (2 Juan 1:8).

La principal de las virtudes es el amor, sin el cual todo lo que hagamos pierde sustento. Por el amor seremos capaces de ejercer el dominio sobre nosotros mismos, y no permitiremos que nos dominen los impulsos de la carne.

Esto es no ajustarse a este mundo, que considera a la ira y los placeres como bienes que debemos disfrutar sin límites. Por el Espíritu Santo renovaremos nuestra alma, y seremos dueños de nosotros mismos (Romanos 12:2).

© Pedro Blanco. Todos los derechos reservados.

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