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Confió; pero…

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En una casa de un pueblo muy pequeño, en un país muy pequeño, un señor tenía un invitado que había pasado la noche en casa. Se estaban haciendo los preparativos para el desayuno temprano en la mañana y lo único que quedaba pendiente era la leche que como costumbre de los pueblos de campo, ésta nunca falta en los desayunos.

Entonces el anfitrión le dice a su huésped: -Por lo menos que nos preocupamos es por la leche. El lechero es de mi absoluta confianza. En quince años que vivimos en esta casa, no ha dejado de poner el litro de leche en la puerta todas las mañanas. Se levanta muy temprano, sabes; pero garantiza su trabajo y por lo tanto, nuestro desayuno. Por eso te digo, si queda una sola persona en el mundo, en quien confiar, ése es nuestro lechero.

Llegaron ambos caminando hasta la puerta que daba a la calle conversando sobre lo confiable que era el lechero, el anfitrión con un usual movimiento de mano, hace girar el picaporte y abre, para mostrar que el litro estaba ahí, como siempre; ¡pero cuan grande fue su sorpresa al ver que no estaba!.

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-Te aseguro mi amigo- dijo el anfitrión -que esta es la primera vez que esto sucede en tantos años, como vez no se puede confiar en nadie, ¡qué irresponsable se ha puesto este lechero!, ¿creerá él que es el único del pueblo?, tan pronto como llegue le voy a decir que no me sirva más la leche, que ya tengo otra persona. ¡Pero bien!, vamos a la mesa que hoy desayunaremos sin leche.

El invitado se limitaba a escuchar sin hablar, mientras se dejaba conducir por su anfitrión a la mesa. Ya estaban dispuestos a iniciar el desayuno, cuando sienten unos ligeros toques en la puerta. El señor de la casa con una voz de trueno, gritó desde su silla: -¡Adelante!, que la puerta está abierta.

Se vio entrar la sencilla figura del lechero con dos litros de leche en sus manos y llegando hasta ellos dijo:

-Perdóname señor por la tardanza; pero en el camino a su casa, temprano en la mañana como de costumbre, tropecé y caí al suelo, rompiendo todos los litros que traía en la canasta, y como su casa es la última del pueblo, ya no tenía más leche y tuve que volver a casa a buscar el suyo. No es por justificarme; pero si se fija, unos metros antes de su puerta, todavía quedan residuos de los litros rotos. Ahora bien, como una satisfacción al contratiempo que seguramente causé, en vez de uno, le traigo dos litros, y el segundo, va por la casa- Se retiró el lechero haciendo un gesto de agradecimiento por, supuestamente, haber sido perdonado. En la mesa quedaron el anfitrión, el invitado y el resto de la familia, como dice el viejo refrán: “En boca cerrada, no entran moscas”.

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Si hacemos un repaso por nuestra vida, sacaríamos del baúl de los recuerdos los momentos en los cuales fuimos muy bendecidos: todo nos salía bien, nuestra economía era buena, nuestras relaciones de familia eran un amor.

Notemos que entonces dábamos gracias a Dios por todo y decíamos que toda nuestra confianza descansaba en Él. Cuando alguno de estos elementos nos faltó, Dios se ha olvidado de mí. La confianza que le habíamos depositado, se esfumó como el agua entre los dedos y lo pasado queda como un recuerdo inalcanzable. Ya sólo pensamos que hemos sido dejado a un lado.

Mi querido lector que entra hoy a estas páginas, no es casualidad que haya llegado hasta aquí. Si usted no es el caso y se siente en victoria, puedo decirle, Dios lo bendiga.

Pero si está atravesando una situación similar, lo dejo con esto: He aquí la hora viene, y ha venido ya, en que seréis esparcidos cada uno por su lado, y me dejaréis solo; mas no estoy solo, porque el padre está conmigo. Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo. Juan 16: 32-33

© Antonio J. Fernandez. Todos los derechos reservados.

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Acerca Antonio J. Fernández

Mi nombre es Antonio Fernandez, soy profesor universitario de matemática, y hace más de 20 años que sirvo al Señor. Mi esposa y yo asumimos el compromiso de serle fiel cada día de nuestras vidas, y de predicar Su palabra para cumplir con la misión que Él nos entrego.

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