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Me salvo la fe

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Me contaba mi abuela; que viviendo ella en una vecindad llamada San Isidro, donde sólo había una bodega, el bodeguero tenía una vieja costumbre de orar antes de ponerse a contar las ganancias al finalizar la venta del día. Oraba por la multiplicación de sus dividendos, por la seguridad y solidez de su negocio y terminaba dando gracias a Dios.

Aquella tarde del año 1944, finalizando la Segunda Guerra Mundial, los usuarios no tenían mucho dinero; pero el poco que poseían era de gran valor. El bodeguero había recibido un mensaje del sargento de la policía diciéndole que pasaría a visitarlo. Dejó la puerta entreabierta para que pasara el visitante; mientras él, después de orar, contaba su dinero.

Se sintió el crujir de la puerta que se abría del todo. El comerciante no levantó la cabeza porque sabía de quién se trataba y sin mirar dijo: -Buenas tardes sargento, ¿en qué puedo servirle?.

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No tuvo respuesta, sólo oyó unos pasos que apresuradamente se le acercaban. Entonces levantó la vista y para su sorpresa una mano con un machete amenazador se pronunciaba hacia él. Pronto se dio cuenta del peligro que corría y sin poder dar un paso atrás, aunque con el mostrador de la tienda por medio, estaba al alcance del agresor quien sin perder tiempo le gritó: -¡Dame todo el dinero que tienes!.

Pero nuestro hombre con asombrosa tranquilidad respondió: -Te lo daré todo, es más, hasta un caballo para marcharte si lo necesitas porque sé que estás huyendo, por la forma que te has presentado ante mí-. Decía esto y continuaba contando los billetes, lo hacía una y otra vez y al mismo tiempo que no aparentaba prestarle atención al asaltante, estaba atento y continuaba conversando: -Te sugiero que no cometas una locura, ya te dije que te lo daré. Yo me vi en una situación como la tuya en una ocasión; pero te advierto que si haces algo indiscreto te puede costar caro. Tengo un revólver listo para disparar debajo de esta caja contadora y créeme, más rápido te he perforado el estómago que tú muevas ese machete. No pensarás que soy tan tonto para hacer esto con la puerta abierta para que alguien como tú me robes.

El hombre no pudo evitar que le impresionara lo que escuchaba; pero su prisa le hizo objetar: -No tengo tiempo para tu calma, necesito irme ya.

-Va usted a correr el riesgo de que lo mate por su prisa, pues adelante; pero antes de hacerlo piense, no es mi interés matarle sino ayudarle. No quiero desamparar a quien se enfrenta a lo que yo una vez enfrenté; pero entienda que antes que me mates, te mato. Además amigo, cálmase que aquí nadie lo vendrá a buscar.

El bodeguero decía todo con absoluta confianza en él y no dejaba, parado detrás del mostrador, de acariciar los billetes. Por otra parte, el imprudente recienllegado, comenzaba a confundirse ante la recia posición de su víctima quien podía convertirse en un victimario, pensó él, si se dejaba llevar por la imprudencia y entendió aconsejable esperar que le entregara el dinero y por qué no, hasta el caballo que a fin de cuentas el comerciante parecía sincero.

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Y me decía mi abuela, que ambos hombres conversaban como viejos amigos mientras el tiempo pasaba y ya la conversación se animaba, cuando el sargento irrumpió en la tienda, el bodeguero al verlo exclamó: -¡Sargento detenga este hombre!.

En unos segundos el hombre quedó sin machete y detenido. El Bodeguero tomó las muletas que tenía debajo del mostrador y caminó en dirección al Sargento que sostenía al asaltante quien al fin pudo ver que en realidad debajo del mostrador había dos muletas que sustituían la pierna que le faltaba al infeliz comerciante que no era capaz de matar ni a una mosca.

El Sargento le dijo al bodeguero: -Te salvó tu costumbre de esconder las muletas- A lo que él respondió: -No Sargento, me salvó mi fe en Dios, que me dio paciencia para entretener a este hombre hasta que usted llegara. Yo confié en Dios y no me defraudó. ¿Podría usted hacer lo mismo?.

© Antonio J. Fernández. todos los derechos reservados.

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Acerca Antonio J. Fernández

Mi nombre es Antonio Fernandez, soy profesor universitario de matemática, y hace más de 20 años que sirvo al Señor. Mi esposa y yo asumimos el compromiso de serle fiel cada día de nuestras vidas, y de predicar Su palabra para cumplir con la misión que Él nos entrego.

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