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Minorías frente a mayorías

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En agosto del presente año, salíamos mi padre y yo del hotel “Gran Vía Tryp”, situado en la calle que se nombra también así, Gran Vía, en Madrid, España.

Un caluroso día y un sol tan radiante que teníamos que usar una mano como visera para detener la intensidad de la luz, nos castigaban constantemente obligándonos a mantenernos cabizbajo casi todo el tiempo mientras avanzábamos por la comercial y popular calle abarrotada de multitudes en ambas aceras. De cuando en cuando desafiábamos el sol levantando la cabeza y en una de esas, alcanzamos ver el espectáculo que se presentaba.

Un estrafalario personaje caminaba por el medio de la calle y valiéndose de un altoparlante gritaba a voz en cuello: “Libertad por los palestinos”. Venía sólo; pero tres camarógrafos desde diferentes puntos recogían las imágenes que posteriormente saldrían en algún noticiero de la televisión nacional, acompañándolas de los ajenos transeúntes, incluyéndonos a nosotros que accidentalmente pasábamos por allí, para darle a entender al mundo, que miles de personas desfilaban sumados a la misma consigna, cuando se trataba a lo máximo de cinco personas entre manifestantes y técnicos. El resto no era otra cosa que curiosos o gente de paso.

No tengo nada contra los palestinos, por el contrario, quisiera que tengan su territorio y su estado con tranquilidad; pero sé que el trasfondo de eso era la Internacional Socialista que lo menos que le interesa es la libertad de ellos, sino la aversión que siente por el estado de Israel y sobre todo por la democracia norteamericana. Sin embargo, la minoría funcionaba y todo lo consiguió como se lo habían propuesto.

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¿Y qué pasó con la inmensa mayoría congregada en aquel lugar?. Nada, allí estábamos disfrutando a plenitud del libre albedrío que Dios nos dio, para hacer cada uno lo que estimemos, mientras la minoría seguía estrictamente los lineamientos de su régimen disciplinario. Nadie gritó siquiera: -¡ustedes son unos locos!. -No, claro que no, lo mejor fue permanecer en silencio y así se evitaban problemas.

La famosa ordenanza por los derechos de los homosexuales, que en el fondo sabemos que su propósito es que en un futuro no muy lejano ejerzan privilegios no afines con las personas civilizadas, alcanzó su triunfo por la pujanza de las minorías y al mismo tiempo por la apatía de las mayorías.

Si usted, querido lector, hubiera hecho una encuesta casa por casa, un día antes de las votaciones, pudo pensar que sería revocada; pero la realidad fue otra. Las minorías salieron a votar mientras que las mayorías se dejaron llevar por su libre albedrío e hicieron cualquier cosa, menos salir a votar.

Hace pocos días me encontraba en un lugar público, se me ocurrió contar las personas que de cierto modo se veían extravagantes, es decir, exageración en las modas, tatuajes poderosamente notables, aretes en lugares no comunes, etc. y al mismo tiempo contaba los que aparentaban correctos. La razón era de diez por uno a favor de los correctos.

No obstante, si usted miraba de manera global y no observaba detalladamente, se dejaba impresionar por la turbulenta minoría que lo llevaba a una errónea conclusión al exclamar: -¡Este lugar está lleno de locos!.

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Ciertamente no era así, las personas correctas eran mucho más que las incorrectas, sólo que la mayoría permanecía pasiva, dejando que la minoría llevara las riendas.

Si usted medita en las personas buenas que existen, en el buen sentido de la palabra bueno, puede comprobar que son muchos más que los malos en múltiplos de alta potencia; mas las malas acciones de estos malos se hacen notar mucho más que los buenos hábitos de los supuestos buenos.

Y entonces, ¿quién propicia que prevalezca lo malo sobre lo bueno de una manera tan acelerada en estos últimos tiempos?. Hay poderes ocultos que desconocemos, a veces por ignorancia, y otras veces por comodidad, y por nuestro libre albedrío, pensar en lo menos preocupante. Estos poderes trabajan con una minoría activa, porque la mayoría está muerta y no ofrece resistencia. Entonces Dios, a pesar de ese libre albedrío que nos da, deja que pasen cosas para que nos activemos y nos levantemos contra lo malo.

Por ejemplo, cuando los sucesos del niño Elián González, nos preguntábamos cómo era posible que Dios permitiera que lo regresaran a Cuba, después de tantos sacrificios de su familia porque el niño viviera en libertad.

Bueno pues, la indignación que esto provocó en la comunidad hispana, hizo que muchos simpatizantes de la administración pasada no votara por ella esta vez. Nadie sospechaba los momentos que viviría el país a consecuencia del once de septiembre; pero Dios, que todo lo sabe, permitió que asumiera la presidencia un hombre obediente a su palabra para encausar la nación en los momentos más difíciles de su historia.

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No estoy afiliado a ningún partido político, ni tampoco soy un analista de la política; pero no es necesario serlo para saber que el candidato perdedor no está a la altura de la situación actual.

El no tomar una posición vertical ante las cosas incorrectas y abominables para Dios, por el hecho de atribuírsele al libre albedrío, es permitirle a las minorías que piensen y actúen por las mayorías. El apóstol Pablo en su primera epístola a los corintios dijo: “Todas las cosas me son lícitas, mas no todas me convienen, todas las cosas me son lícitas, mas yo no me dejaré dominar de ninguna.” 1 Corintios 6:12.

© Antonio J. Fernández. Todos los derechos reservados.

Acerca Antonio J. Fernández

Mi nombre es Antonio Fernandez, soy profesor universitario de matemática, y hace más de 20 años que sirvo al Señor. Mi esposa y yo asumimos el compromiso de serle fiel cada día de nuestras vidas, y de predicar Su palabra para cumplir con la misión que Él nos entrego.

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