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Por su interior corrían ríos de agua viva

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En este andar en los caminos del Señor hay que estar preparado para entender que las cosas no se dan cuando uno las quiere, sino cuando el propio Señor quiere.

Porque precisamente cuando él quiere, es el momento más favorable y de mayor rendimiento, y aunque no logremos entenderlo y nos afanemos a nuestra inteligencia, Dios si lo sabe todo y desea lo mejor para nosotros.

La historia comienza así: cuando conocí a Henry, él llegaba a mí pidiéndome ayuda en Matemática para un curso de Álgebra que estaba tomando. En la medida que le ayudaba en esta área, me pude dar cuenta que necesitaba mucho más ayuda en lo espiritual. Se le notaba que una gran aflicción se había apoderado de todo su ser y sus inquietudes eran ansia insatisfecha. Comencé a tratar con él y al mismo tiempo lo ministraba en la palabra de Dios.

Sin dudas que llegué a ganarme su confianza, y Henry rápidamente pudo ver mi sinceridad hacia él. No titubeó en contarme sus problemas, que dicho sea de paso, eran bien grande y peligrosos. Nunca puso objeciones a mis consejos y hasta se dejaba ministrar y entendía todo lo que se le hablaba acerca del Señor sin reparos, porque en cuanto a lo tocante a su vida espiritual, estaba totalmente deshecho.

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Sin embargo, nunca llegó, realmente, a aceptar a Jesucristo como su Señor, ni siquiera a visitar nuestra iglesia, a pesar de haberlo invitado reiteradas veces. Pero había algo en este joven que me decía que su corazón era noble, pese a todos los ataques demoníacos que le atribulaban y su inútil lucha carnal contra la drogadicción, la violencia y la desesperación. Esto hizo que yo pusiera a Henry en oración y lo dejara en las manos de Dios.

Por fin Henry terminó los estudios correspondientes a su primera etapa de la enseñanza superior y al mismo tiempo mi apoyo académico también cesaba. Lo veía esporádicamente en el college, sin que pudiera ministrarlo como antes, y pasaron los meses y tal vez -¿por qué no?- más de un año; pero volviendo al principio, todo en el tiempo del Señor y a él Dios lo había llamado, sólo que esperaba el momento propicio.

Pues bien, el miércoles de la corriente semana, se presentó Henry a mi local de trabajo y como me vio muy ocupado, sólo me dijo: -Regreso esta misma semana a conversar contigo porque sé que te sentirás muy contento.

A decir verdad, me quedé atónito, aquél no era el taciturno y desilusionado Henry que yo había conocido; no, no lo era, éste bailaba en un pie, POR SU INTERIOR CORRÍAN RÍOS DE AGUA VIVA. Busqué de la palabra de Dios y recordé cuando nuestro Señor Jesucristo decía: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva”.  Juan 7:37-38. Finalmente me dije, no cabe otra explicación, Henry ha sido tocado por el Señor.

El viernes de la misma semana, Henry se presentó ante mí, y esta vez yo estaba nada ocupado, por lo que tomó asiento y comenzó a contarme detalladamente así: -Estando dentro del cine, hace algunos días, –decía él completamente renovado –algo me hizo volverme atrás, y justamente detrás de mí, un caballero negro, alto y fuerte, estaba sentado. Vestía un pull-over con unas palabras al frente alegóricas a Dios.

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Me despertó la curiosidad y le pregunté si asistía a alguna iglesia y me dijo que era el pastor de una. Yo quedé en silencio; pero él me invitó a que le visitara. Entonces le dije en un tono muy desalentado que no visitaba iglesias porque me daba muchos deseos de llorar.

Acto seguido me pidió que saliéramos del cine que quería orar por mí. Una vez afuera y en medio de la oración –continuaba Henry su relato -sentí que un fuego grande me quemaba por dentro, lloré mucho; pero cuanto más lloraba, más oraba el pastor por mí. El fuego me consumía; mas yo sabía que algo grande y bueno se estaba produciendo en mi vida.

Finalmente me pidió que aceptara a Jesucristo como mi Señor y mi Rey. Yo lo hice y ese fuego que sentía, comenzó poco a poco a convertirse en un río de agua muy fresca, seguido por un alivio inimaginable; vi la luz y vi la verdad.

Aquella misma noche visité su iglesia y lloré mucho nuevamente; pero también sentí que algo grande había llegado a mi vida, había llegado mi salvación. Ahora visito una iglesia cerca de mi casa y no me canso de hablar de Cristo. Le dije no a las drogas, no al alcohol y no a mis malos pasos. Jesucristo me ha hecho otra persona y entendí justo venir a contártelo a ti, porque sabía que, como yo, también disfrutarías este momento.

Naturalmente que Henry estaba en lo cierto, yo me sentí profundamente conmovido al ver que aquel corazón que en el fondo era noble, por fin había caído en las dulces manos del único que podía refinarlo. Y le dije poco esta vez; pero al mismo tiempo le dije mucho, le dije: -Dios te bendiga en tu nuevo caminar, Henry.

Mi querido amigo que entra a estas páginas, la historia de Henry puede ser la tuya hoy o mañana; pero no esperes muy tarde, no pierdas el refrigerio que ese río de agua viva puede producir en ti también. Ese río tiene un manantial de aguas inagotables y está disponible para refrescar el corazón de todos los que en él creen.

© Antonio Fernandez. Todos los derechos reservados.

Acerca Antonio J. Fernández

Mi nombre es Antonio Fernandez, soy profesor universitario de matemática, y hace más de 20 años que sirvo al Señor. Mi esposa y yo asumimos el compromiso de serle fiel cada día de nuestras vidas, y de predicar Su palabra para cumplir con la misión que Él nos entrego.

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Un comentario

  1. Ptr. Rudy Miranda de Leon

    Hermano muy interesante su exposición de la palabra de Dios, le animo para que continué adelante dejando que el Espíritu Santo lo use más cada día. Bendiciones

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