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El viejo indigente

Reflexiones Cristianas

– Buen día señor, ¿como está?

– Estoy bien, contestó y su mirada se perdió en el horizonte por unos segundos.

– Se que ha vivido aquí por muchos años

– Si, soy muy alegre vivir aquí.

– ¿Pero Ud. donde vive?

– Vivo aquí en la calle y como aquí en la calle, muchas personas me dan alimentos.

– Pero, ¿por qué pasa aquí? ¿Por qué ha decidido hacer eso? ¿Tiene familia?

– Bueno, creo que hace muchas preguntas, pero aquí tengo un pequeño poema que explica eso, ¿quiere leerlo?

El joven se acercó a ese pequeño manuscrito del viejo indigente y comenzó a leer.

Vine desde lo lejos a este bello puerto, jamás he visto algo más parecido más que en un cuento.

Las personas sumidas en sus vidas, algunas alegres, otras sumisas y otras sumidas en los más grandes placeres y vicios. Aquí veo lo que otros no logran ver. ¿Por qué? Porque están muy ocupados y yo decidí predicar desde este lugar.

Sin embargo sé que no hay que jugar ante tanta necesidad que pronto he de dejar. Me hice pobre al igual que el maestro, no imitándolo por supuesto, sino tratándolo de entender en todo su contexto, sin embargo al no tener donde poner mi cabeza, pude saber que la calle era algo muy apto para poder dejar un mensaje en la vida de cada persona que pasa y me ve, ¿cuál es el mensaje?

El mensaje es este: comparte tu pan con el menesteroso y serás feliz, no llenes tu bolsa si aún no has saciado a ese que no te pide con la mano, pero su rostro y su pobreza te lo reclaman. Ese es el mayor pecado, viste y fingiste. Tela 1983

Cuando vi esa libreta de ese hombre di unos pasos para atrás y me pregunto: ¿no te gustó mi poema?

– Señor, perdone, pero usted es un hombre muy culto, ¿qué hace aquí?

– Eso mismo me pregunto yo, ¿qué hago aquí?

Pero esta es mi misión, dejar un mensaje en las vidas y corazones de este lugar, que no es necesario nada para ir a ese lugar celestial, que nadie está creyendo.

– ¿Pero por qué cree que la gente no cree?

– No creen en ese lugar, porque si creyeran vivirían felices y gozosos como yo.

– ¿Y usted como sabe que va a ese lugar?

El viejo me vio de pies a cabeza y me hizo señas con su dedo que me acercara y me dijo: ¿quieres en verdad saber?

Yo asentí y me dijo: tienes que venir otro día y hablaremos un poco más de las preguntas que me hiciste.

En ese momento sacó un pedazo de pan duro que sacó de una bolsa plástica y me pregunto: ¿quieres un pedazo?

Yo le dije que acababa de comer, pero en ese momento el me vio a los ojos y me dijo: la mentira no es de Dios, solo debes decir que no quieres y ya está.

Cerró sus ojos unos segundos y dio una mordida al pan y dentro de mi dije: ¿como sabe este hombre que le mentí?

Me sentí muy muy mal y en verdad, yo no quería compartir de su mendrugo de pan duro, y vi con que alegría lo comía y me dijo: este pan también lo comió Jesús en su último día, ¿y sabes algo? El traidor lo comió mojado.

Le vi con más detenimiento y me puse a pensar que ese hombre no era cualquier hombre y por un momento pensé: este es Jesús, y no le hemos puesto atención.

El mientras comía me volvió a decir: ¿quieres?

Y yo le tome un pedazo de su pan y lo mastique varias veces, pero era un pan tan delicioso que jamás había probado y le pregunté: ¿oiga, quien le dio ese pan?

El levantó los ojos al cielo y me señaló con su dedo índice y me Dijo: de allá arriba viene todo lo bueno. Este pan es del cielo.

Yo comencé a reflexionar que en mi casa había pan, y a veces lo tirábamos al piso o lo desperdiciábamos, pero este hombre me estaba dando una lección de vida, y luego vi que sacó una bolsa pequeña de agua y se la tomó y dio un suspiro y dijo: esta me la dio un niño ahora en la mañana.

Yo con mis lagrimas en mis ojos, solo pude contemplar esa pequeña bolsita de agua y me dijo: debes venir mañana y te contaré muchas cosas, ¿puedes venir?

Aquí en esta bolsa grande tengo mis memorias y deseo compartirlas con un indicado y así poder dejar un legado de todo.

Si está bien.

Bueno debes irte, para que puedas llegar bien a tu casa pues te veo caminar siempre por aquí.

Si está es mi ruta.

© Dr. Mauricio Loredo. Todos los derechos reservados.

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Acerca Dr. Mauricio Loredo

Me convertí a Cristo en mi cuarto año de medicina. Decidí en ese año darle mi carrera al Señor todopoderoso. Soy otorrinolaringologo por la Gracia De Dios, y servimos con mi familia activamente en la actualidad en la iglesia Local Betania.

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