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Como conquistar la amargura a través del perdón – Parte 3

Introducción:

Continuamos hoy con paso número 5 del tema que hemos estado estudiando” Como Conquistar la Amargura mediante del perdón”. En la lección pasada aprendimos los propósitos que tiene Dios en el sufrimiento. Si entendemos este propósito del sufrimiento en nuestras vidas lograremos erradicar la amargura, y si bien no podemos quitar de nuestras vidas la ira al menos podremos controlarla, y por lo consiguiente tendremos una vida más placentera al saber que Dios tiene todo bajo su control. Entremos, pues, en tema.

Pasos:

I. Arrepiéntete de valores temporales.

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II. Da gracias a Dios por la ofensa.

III. Considera a tu ofensor como un agente de Dios.

IV. Aprende que propósitos tiene Dios en el sufrimiento.

V.  Compara lo que tu le debes a Dios, con lo que tu ofensor te debe a ti

Si alguna vez has orado la oración del Señor, no tienes otra opción más que perdonar a los que te ofenden.  Tú pediste que Dios te a perdonara tus ofensas, así como tu perdonas a los que te ofenden (Mateo 6:12).  De modo que si tu no perdonas a tu ofensor, ya has pedido a Dios que Él no te perdone a ti ¡y Él ya ha prometido contestar tu oración (Mateo 6:14-15).

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Para ayudarnos a ver a nuestro peor ofensor desde la perspectiva de Dios, Jesús nos enseñó a la parábola del siervo que no perdonó (Mateo 18:21-35). La parábola en realidad era la respuesta de Cristo a la pregunta de Pedro (Mateo 18:21-22).

El rey llamó a su siervo para que diera cuenta de su enorme deuda (Mateo 18:32-33).  Luego contó de cierto rey que tenía un siervo que le debía 10,000 talentos.  En la actualidad a esto sería equivalente a unos cincuenta millones de dólares.

El siervo no tenía con qué pagar la deuda; así que, el rey ordeno que el, su esposa hijos fueran vendidos como esclavos, y que todas sus propiedades fueran vendidas, para que el producto fuera abonado a su cuenta.

Cuando el siervo endeudado reconoció su condición desesperada, se postró ante el rey, suplico más tiempo, y prometió pagar toda la deuda.  Sin embargo, ese mismo siervo salió, y encontró a un consiervo que le debía cien denarios, que serían unos 40 dólares.  El ciervo que acababa de ser perdonado, asido del otro le ahogaba, exigiendo pago. Su deudor se postró ante él, suplicándole y que fuera paciente con él, y prometiendo pagar todo. Pero sus suplicas fueron en vano. Por órdenes del acreedor, fue lanzado a la prisión.

Cuando el rey oyó lo que había sucedido, mandó llamar al siervo a quien había perdonado, y le dijo (Mateo. 18:32-33). El siervo no perdonador él estaba atado y atormentado por su propia amargura y culpabilidad. El rey entonces entregó a este siervo malvado a los verdugos, hasta que pagara toda su deuda. Jesús concluyó la parábola con la advertencia (Mateo 10:35).

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Al presentarse ante Dios para pedir salvación, estabas como aquel siervo que tenía una deuda tan grande que jamás podría pagarlo. Pediste a Dios misericordia, Él perdonó tu deuda. Al hacerlo, restauró tu comunión con Él, para pudieras entrar a su presencia sin el impedimento de la culpabilidad de la deuda entre los dos. Sí tu, a tu vez no perdonas a los que te han ofendido, tu Padre Celestial te entregará a los verdugos para disciplina.

Dos de los verdugos son culpabilidad y la amargura, y ellos extraerán de ti un pago más costoso de lo que te puedes imaginar (Colosenses 3:12-13). Considera que la amargura te hace merecedor de la sentencia de muerte ante Dios.  Según Dios, todo homicida debe morir (Éxodo 21:12-14). Amargura, acusación, y negar el perdón, son todas manifestaciones de odio; de modo que eres homicida ante los ojos de Dios (1 Juan 3:15). Considera también que tu pecado tiene consecuencias eternas, y que Cristo ya te ha perdonado.

Nota: enumera las cosas que estás haciendo para matar a aquel a quien no más perdonado.

Ej. Excluirlo de tu vida como si no existiese, pensar mal de él, destruir su reputación, buscar la venganza, motivar a otros a destruirlo. Con base en esta lista, escribe una oración, diciéndole a Dios que perdonas a tu ofensor de todo corazón, y totalmente.

VI. Distingue entre el perdón y absolución.

Cuando perdonas a un ofensor, no lo absuelves automáticamente. Las dos cosas son independientes, y tienen que considerarse a la luz de las Escrituras. El perdón tiene que ver con tu actitud hacia el ofensor. Ya no lo odias en tu corazón, ni le deseas mal. Al contrario, le deseas lo mejor. Esto seguramente incluye arrepentimiento y restitución de parte de él, para con Dios, contigo, y con otros.

Sí un hombre mata a un miembro de tu familia, tu debes perdonar lo, pero no puedes absolverlo. Él se encuentra culpable ante Dios y ante la ley. Ante ambos que está condenado, y bajo ambos recibirá castigo, a menos, que se arrepienta y supliqué misericordia. La absolución es la liberación de las consecuencias legales de una ofensa, y el que concede la absolución de detener la jurisdicción para hacerlo.

Dios siempre busca la justicia antes que la misericordia, como se declara en (Miqueas 6.8). Dios pudiera usarte para llevar a tu ofensor al arrepentimiento. Mucho tiempo después de que José perdono a sus Hermanos, Dios le dio la jurisdicción para llevarlos al arrepentimiento y absolverlos. Cuando José estuvo en Egipto, perdonó a sus Hermanos por lo que le habían hecho.

Sin embargo, José sabía que sus Hermanos estaban aún atados por su culpabilidad y amargura, y a menos que fueran llevados al completo arrepentimiento, no le serviría ante el nada. Llevo muchos años para que Dios llevará a los Hermanos al arrepentimiento.  El uso las presiones externas de la escasez para empujarlos finalmente hacia el sitio donde José de pudiera ayudarlos a llegar al arrepentimiento.

Conclusión:

Hermanos hemos visto los pasos 5 y 6, esperando en Dios que haya sido beneficioso para nuestras vidas y que en la aplicación de estos principios nos sirvan para poder hacer nuestra carga más liviana pues esa es la voluntad de Dios. Solamente requiere de nuestra diligencia, y atención, pues de nada serviría aprender y no aplicarlo.

© José Navarro. Todos los derechos reservados.

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