El ministerio de oración de Jesús

Todos los grandes hombres de Dios fueron y han sido grandes hombres de oración. ¿Lo será usted? ¿Estaremos por debajo de este requerimiento que nos hace el Señor? Los anales de la historia contienen registros de hombres poderosos en la oración con los que Dios mostró al mundo que vivir para él y servirle, es lo mejor que nos pueda pasar. Espacio faltaría para mencionar a Abraham, Moisés, Josué, Samuel, David, Elías, Daniel, Jeremías, Pablo, Martín Lutero, Juan Wesley, Edward Bounds, Eduardo Payson, David Brainerd, Carlos Simeón Cambridge, George Muller, Carlos Spurgeón, D. Moody, Carlos Finney, George Fox, F.B. Meyer, Richard Baxter, Matthew Henry, George Whitefield, Robert Murray McCheyne, Gordón Watt y cientos de miles que han probado que la oración surte efecto.

Algunos me han llegado a decir: Pero, ¿Y por qué orar tanto, si al fin y al cabo, Dios lo sabe todo mucho antes de que uno se lo pida?

Y es ahí precisamente donde radica el gran problema para muchos: en que usan la oración sólo para pedir; ¡Y orar es mucho más profundo que una simple petición! ¡Orar es tener comunión e intimidad con el Señor! Orar es reconocer nuestra total dependencia de Dios. ¡En la cotidianidad de la oración comprendemos cuanto dependemos y cuánto necesitamos a Dios! Orar es interactuar con Dios. Es el ejercicio más elevado de autoridad que podamos desarrollar mientras nos mantengamos cercanos al Señor. La necesidad de orar nace de la comprensión del propósito que Dios se ha trazado con la humanidad. Cuando descubrimos lo que Dios busca hacer mediante la práctica de la oración, entonces reconocemos la necesidad de orar en todo tiempo.

Es muy triste mirar que algunos sólo se acuerdan de «buscar al Señor» en oración cuando tienen una necesidad apremiante, o cuando desean que el Señor les provea un nuevo trabajo; que les dé para comprar un carro nuevo, que los sane si han venido padeciendo de alguna enfermedad, etc. Pero del resto, poco es el tiempo y las veces que usan para estar en la presencia del Señor y, ¡Sin una profunda comunión con Dios no hay bendición! Si no somos personas de oración, todo cuanto hagamos podría ser calificado como obras de hipocresía y todas nuestras buenas intenciones no tendrían la rectitud requerida.

La oración y la unción

Dios no quiso que los suyos estuvieran desprovistos de un arma con la que se enfrentaran a Satanás y su reino, y estableció la unción—que es el investimento de poder que Dios hace sobre los hombres de oración— para que lo lograran. La unción—ese roce íntimo con el poder y la gloria de Dios— es lo que nos capacita y habilita para ejercer nuestro llamado con autoridad y poder sobre el reino de las tinieblas. La unción es lo que hace posible que todo yugo de maldad y cautiverio se rompa cuando ministramos bajo su cobertura (Isaías 10:27; Lucas 4:18-19). Este investimento de poder viene cuando intimamos con Dios. No le buscamos para que simplemente nos unja, pero él nos unge cuando le buscamos. La unción es ese fuego, esa fuerza de convicción, ese «donaire» de fortaleza y vitalidad que se manifiesta cuando permanecemos en su presencia. La unción hace al predicador. Y la oración es el medio para que la unción descienda. Pero la unción no es una paloma que bate sus alas contra los cristales para entrar en el alma del predicador, sino que tiene que ser perseguida y alcanzada.

Un ministro del evangelio sin unción es como un candelabro sin luz y sin resplandor alguno. Como la oración, la unción es insustituible en la vida de todo siervo del Señor. La teología nos da herramientas para que le sirvamos mejor al señor, pero la unción es el poder que nos es dado para que los corazones de los oyentes sean cautivados para Dios. Si un ministro del evangelio no tiene una fuerte unción aún hasta para dar un anuncio en la congregación, le sería mejor que se dedicará hacer otra cosa en la que no se le exigiera tanto. Un ministro sin unción produce cadáveres vivientes. La unción es el poder de Dios que da vida y se manifiesta cuando hay hombres y mujeres que no solo la ansían, sino que la buscan con pasión y ahínco hasta tenerla en su vida. La unción es la medalla divina concedida al predicador que como soldado ha luchado en oración y ha obtenido la victoria. La victoria no se obtiene en el pulpito disparando descargas intelectuales, sino en el retiro de la oración.

¿Por qué orar?

Es la Biblia la que nos da la respuesta:

1. Oramos porque Él ha prometido respondernos.

Jeremías 33:3 dice «Clama a mí y yo te responderé y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tu conoces».

2. Oramos porque en la oración se da un mutuo acercamiento entre Dios y el hombre.

Dice el Salmo 145: 18 «Cercano está Jehová a todos los que le invocan de veras».

3. Oramos porque en la oración nos despojamos de todas nuestras cargas.

El Salmo 55:22 dice: «Echa sobre Jehová tu carga y Él te sustentará; no dejará para siempre caído al justo». (Léase también Filipenses 4:6-7).

4. Oramos porque Dios nos invita a acercamos a él con plena confianza.

En el Libro de los Hebreos 4:16 se lee: «Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la Gracia, para alcanzar misericordia, y hallar Gracia para el oportuno socorro».

5. Oramos porque Él nos oye.

Dice 1ª de Juan 5:14: «y ésta es la confianza que tenemos en El, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye».

6. Oramos porque Dios quiere que lo hagamos.

En el primer libro de crónicas se lee: «Buscad a Jehová y su poder; buscad su rostro continuamente» (véase también 1ª Timoteo 2:8).

7. Oramos para que nuestra debilidad se convierta en fortaleza y para que Cristo habite en nosotros.

Efesios 3:16-17 dice: «Para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones…»

8. Oramos porque mediante la oración facultamos el ejercicio del poder de Dios no solo para bien nuestro, si no también para cuantos lleguen a necesitarlo.

El profeta Ezequiel declaró: «Y busqué entre ellos hombre que hiciese vallado y que se pusiese en la brecha delante de mí, a favor de la tierra, para que yo no la destruyese; y no lo hallé» (Ezequiel 22:30).

9. Oramos porque mediante la oración desarrollamos un gran nivel de intimidad con Dios en razón de lo que él es y no tan sólo por lo que nos pueda dar.

El salmista nos dice: «…mi alma tiene sed de mi, mi carne te anhela…para ver tu poder y tu gloria…» (Salmos 63:1b,-2ª). El mayor anhelo de un cristiano es ahondar en su comunión con Dios para conocerle mejor como persona y no sólo esperando recibir lo que Dios le pueda dar.

10. Oramos porque la oración produce resultados.

Santiago 5:16 nos dice: «…la oración eficaz del justo puede mucho» (Santiago 5:16b). La palabra «eficaz» significa que funciona, que es relevante, que produce resultados y que es confiable. La oración no funciona para quien la subestima y para el que no ora.

Conclusión:

Podríamos seguir citando muchas más razones por las cuales orar, pero creo que todo verdadero cristiano, no necesita tantos argumentos cuando de veras se ha acercado al Señor y ha sido testigo de su poder y gloria y ansía ver a Dios haciendo lo que sólo él puede y quiere hacer.

Acerca Héctor Favio Ortega

También Revise

Bosquejos Biblicos - Cuatro clases de hombres

Ninguno se glorie en los hombres

Estudios Biblicos - El encumbramiento desmedido de algunos hermanos por parte de creyentes con tendencia a idolatrar a los hombres ha llevado al surgimiento de...

Un comentario

  1. Austria Castillo

    Bendiciones, me gustaria recibir sus sermones
    en mi correo

Deja una respuesta

You have to agree to the comment policy.