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¿Por qué misiones? Parte 1

¡Cuán intenso y variado fue el programa que Jesús desarrolló en aquel primer domingo después de resucitar! Sin embargo, al llegar la noche y al encontrarse reunido por primera vez con sus discípulos, ¿qué fue lo que dijo? ¿Que estaba cansado? ¿Que no tenía ganas de hablar? ¿Pidió una cama para descansar? ¿Qué fue lo primero que hizo?

En varios evangelios se nos dice que con sus primeras palabras trató de tranquilizarlos: «Paz a vosotros», les dijo, pues estaban «espantados y atemorizados». Seguidamente les demostró que Él era el mismo que había muerto: «Mirad mis manos y mis pies», porque algunos dudaban y pensaban que veían un espíritu, y no al Jesús de carne y hueso que habían conocido antes. Para mayor confirmación les preguntó si tenían algo de comer, y le sirvieron un asado de pescado con «postre» de miel incluido.

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Al concluir esta cuidadosa preparación, ¿cuál fue el tema que Él abordó en ese primer encuentro tan especial?

Lo primero que dijo

Sería lógico imaginar que, habiendo experimentado un sufrimiento tan terrible y una muerte tan dolorosa, el primer comentario de Jesús podría haberse referido a lo que sintió estando clavado en la cruz, cuando en el clímax de su dolor exclamó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?». Pero no habló de eso.

O pensamos que podría haber querido comentar el comportamiento injusto de Pilato, quien como juez lo condenó a muerte descartando todas las evidencias que tenía, de que Jesús era un hombre justo y no debía morir.

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O tal vez podría haber querido referirse a la manera tan cruel como lo trataron los soldados romanos, que se jactaban de ser la quintaesencia de la corrección. Sin embargo, se ensañaron con Él, se burlaron, lo golpearon, lo escupieron, violando los más elementales derechos humanos de aquel entonces.

Pero no, Jesús no habló de ninguna de estas experiencias, que probablemente nosotros hubiéramos mencionado en el caso de haber estado en su lugar. ¿Qué dijo entonces en ese excepcional encuentro? Notémoslo bien: la primera cosa que Jesús hizo, en aquel domingo en la primera ocasión que estuvo cara a cara con sus discípulos después de resucitar, fue repetir y explicar de nuevo—en admirable síntesis—aquello que para Él era de primerísima y capital importancia, a saber:

El plan divino de salvación para el mundo (Lucas 24:45–49).

La evangelización del mundo (Marcos 16:15–16).

El plan misionero de Dios para todas las naciones (Mateo 28:18–20).

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Y decimos repetir o explicar de nuevo porque el vers. 44 dice: «Estas son las palabras que os hablé estando aún con vosotros». Fuera de toda duda, lo más importante para Jesús, después de su resurrección era que sus seguidores entendieran cabalmente el plan divino del cual, antes de morir, evidentemente había anticipado la parte referente a su muerte y resurrección (Mateo 16:21; 17:22–23), pero que desde ahora debía ser complementado con la proclamación de las buenas noticias a todas las naciones.

Dos hechos notables

¡Pero eso no es todo! En Hechos 1.1–9 Lucas hace dos declaraciones que confirman lo que estamos exponiendo. En el vers. 3 dice que: «Después de haber padecido, se presentó vivo con muchas pruebas indubitables, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca del reino de Dios». Notemos cuál fue el tema principal de estos encuentros: ¡el Reino de Dios!

Antes de morir había declarado: «Y será predicado este evangelio del Reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones [etnias], y entonces vendrá el fin» (Mateo 24:14). Durante su ministerio en sus prédicas y enseñanzas se había referido a la naturaleza, ética o plataforma del Reino (sermón del Monte, Mateo 5–7). Los misterios y otras características del reino se consideran en la mayoría de las parábolas del evangelio de Mateo, que casi siempre comienzan con la frase: «El reino de los cielos es semejante a …». Pero ahora, según el contexto total de las palabras que pronunció después de su resurrección, es fácil deducir que se estaba refiriendo a la proclamación y extensión del reino por medio de la predicación del evangelio. Y para desarrollar tan importante tema, por así decirlo, dictó un curso que duró cuarenta días. ¿Nos imaginamos la impresión que podría producir un seminario o estudio de cuarenta días de duración, tratando con una sola materia dictada por un profesor como Jesús?

El otro suceso digno de destacar es que cuando estaba a punto de ascender al cielo y los discípulos le preguntaron si iba a restaurar el reino de Israel en ese tiempo, Él les contestó con las conocidas palabras de Hechos 1. 8. Así confirmó lo que ya les había dicho antes: que recibirían poder cuando el Espíritu Santo viniera sobre ellos, y que ese poder, principalmente, les capacitaría para ser testigos de Él. Ese testimonio deberían darlo simultáneamente en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y «hasta lo último de la tierra». El pasaje continúa diciendo que «habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y lo recibió una nube que le ocultó de sus ojos» (vers. 9), lo cual quiere decir que estas fueron las últimas palabras que Jesús pronunció sobre la tierra. Y ¿a qué se referían? ¡A la evangelización mundial!

Resumamos lo dicho: la primera tarea que Jesús hizo el primer domingo después de resucitar; el único tema que ocupó su mente y sobre el cual conversó con sus discípulos durante los cuarenta días que pasó con ellos; y la última cosa que mencionó antes de ascender al cielo, fue ordenar, repetir, explicar, enseñar, exhortar y mandar el cumplimiento del plan divino de salvación, es decir, que se predicase el evangelio a toda persona en todos los pueblos y naciones del mundo.

Contestemos sinceramente estas preguntas:

¿Nos queda alguna duda acerca del hecho de que para el Cristo resucitado la evangelización del mundo y la salvación de las almas era la prioridad número uno?

¿No es evidente por lo que hemos considerado, que este era el tema que continuamente llenaba su corazón? («de la abundancia del corazón habla la boca»).

Lo que era de capital importancia para Jesús, ¿no debería ser también lo más importante para nosotros, que somos sus discípulos?

Lo que era prioritario para Jesús cuando se despidió de sus discípulos y ascendió al cielo, ¿no será también de suprema importancia para Él, ahora que está sentado y reinando a la diestra del Padre? ¿Habrá cambiado de pensamiento? ¿Habrá cambiado de plan?

Una batalla de vida o muerte

Levantemos nuestros ojos de fe y contemplemos a nuestro gran Capitán y General en jefe. Escuchemos de nuevo cómo imparte las últimas instrucciones a sus oficiales escogidos en vísperas de una gran batalla.
Porque, efectivamente, la proclamación del evangelio del Reino implica una gran lucha espiritual contra las fuerzas del infierno que tienen esclavizadas la mente y la voluntad de millones de hombres y mujeres. Es una batalla de vida o muerte, pues de la predicación de estas buenas noticias depende en gran parte el bienestar espiritual en esta vida, y el destino final en la otra más allá de cada ser humano.

Las órdenes e instrucciones que el Señor ha dado son claras, precisas y permanentes. No hay lugar para dudas ni ambigüedades. Sólo Jesucristo podía delinear en términos tan exactos e inconfundibles la Gran Comisión. Tomemos conciencia como individuos y como iglesia, de la suprema importancia del plan divino para evangelizar el mundo.

Acerca Salvador Cruz

Pastor/Misionero Maestro en Misionologia INSTITUTO TEOLOGICO

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