El Rey: Aquel a quien oramos

Piense en el poder que podía ordenar a un pez enorme, tan enorme que pudo tragarse a Jonás en el momento preciso para evitar que se ahogara y hacer que después lo arrojara a la orilla, donde pudiera arrastrarse y alejarse de la corriente (Jonás 1:17; 2:10).

¿Quién de nosotros no se jactaría de poder coger un pez tan grande, y mucho menos convencerlo de cumplir sus órdenes? Este Rey pudo tomar unos panes y unos pocos peces, y los convirtió en un banquete para más de cinco mil personas (Mateo 14:19–21). Este Rey pudo ordenar a los fuertes vientos del mar de Galilea que dejaran de soplar (8:26). Este Rey resucitó a los muertos (9:24, 25). Así es el poder que vive en este Rey. A este Rey es a quien oramos.

El Rey justo

No debemos olvidar que hay algo más que hacen los reyes. No solamente son poderosos, sino que también usan su poder para llevar a cabo la justicia. Así es también con el Rey de reyes. Es un gobernante justo que no tolera la insubordinación ni la anarquía.

Cuando ve esas faltas, toma medidas para detenerlas. Así lo dice Jeremías: “Jehová es el Dios verdadero: él es el Dios vivo y el Rey eterno; ante su ira tiembla la tierra, y las naciones no pueden sufrir su indignación” (Jeremías 10:10). Note que Jeremías relaciona la ira de Dios con la realeza eterna del Señor. En la historia de la humanidad vemos repetidamente la verdad de estas palabras.

El Rey se enfureció cuando todo el mundo, con excepción de un puñado de personas, se rebeló contra él, y por eso trajo un diluvio universal y destruyó al mundo entero de ese tiempo (Génesis 6, 7). Después, cuando los habitantes de Sodoma y Gomorra, profanaron su nombre viviendo impíamente, hizo que lloviera azufre y fuego, sobre las dos ciudades para destruirlas por completo (Génesis 19).

¿O quién puede olvidarse de las diez plagas con las que humilló al orgulloso Egipto y a su jactancioso faraón (Éxodo 7–12)? Hasta el pueblo escogido de Dios sintió el poder de su ira cuando, después de siete años de esperar pacientemente que dejaran su rebelión pecadora, al final aplastó la ciudad de Jerusalén por medio de la invasión babilónica (2 Reyes 25) y después por medio de los romanos. Así también es el Rey a quien oramos.

El Rey compasivo

Sin embargo, las Escrituras nos revelan no sólo a un Rey que actúa con ira contra los errores de nuestro mundo, sino al mismo tiempo a un Rey que muestra misericordia y compasión una y otra vez.

La descripción más excepcional de este Rey se encuentra en Éxodo 34:6, 7, cuando se revela a Moisés como “¡Jehová! ¡Jehová! Dios fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira y grande en misericordia y verdad, que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado.” Éstas son las características que vemos cuando somos testigos de la compasión que mostró este Rey poderoso hacia Adán y Eva. Aun después de su manifiesta desobediencia en el huerto del Edén, este Rey les dio la promesa del Salvador (Génesis 3:15).

La misma gracia y misericordia, fue evidente en el desierto cuando el Señor dio a Israel el maná, en vez de una masacre (Éxodo 16). Éste es el perdón que podía salvar al pueblo rebelde e impío, que habitaba en la ciudad pagana de Nínive (Jonás 3:10). ¡Quién sino un Rey que era lento para la ira y grande en amor y en fidelidad, podría haber aguantado al pueblo llorón, quejumbroso, y obstinado, de Israel, por cientos de años! A este Rey es a quien oramos.

El hecho de quién es este Rey y cómo es, tiene una gran repercusión en nuestras oraciones. Ya que no hay gobernante mayor que él, nada ni nadie, lo puede controlar en lo que decida hacer. Pongamos este hecho junto a su poder ilimitado y tenemos razón para creer que cuando oramos no hay nada que él no pueda hacer.

No obstante, esta verdad debe moderarse por el hecho de que es un rey justo. Contesta las peticiones de los que permanecen en su gracia, mientras que reprende y hasta destruye a los que provocan su ira. “Jehová está lejos de los malvados, pero escucha la oración de los justos” (Proverbios 15:29).

En otras palabras, todo es posible para quienes lo complacen, pero para los que lo desobedecen y rechazan su ley, hay consecuencias terribles que cumple con toda autoridad. Aún hasta después de reconocer esto, todavía hay razón para que tengan esperanza aquellos que lo han desobedecido. Sin anular su justicia, sigue siendo el Rey que muestra misericordia como lo desea y es constante en su amor hacia aquellos que él gobierna.

Entonces, éste es el Rey a quien oramos. Ya que es el Hacedor y Creador de todo y de todos, también es el Rey de todo y de todos. Es de importancia fundamental que comprendamos y sepamos esto, si vamos a orar a este Rey. Lo que sepamos de él influirá en nuestras oraciones. Posteriormente hablaremos más acerca de esto. Primero, es importante saber algo acerca de sus súbditos. En el capítulo siguiente nosotros somos el centro de la atención. Somos nosotros los que solicitamos una audiencia con el Rey.

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Un comentario

  1. Virgilio Menelo Barrazueta Ortega.

    Pastor, Dios lo bendiga; un hermoso mensaje acerca de nuestro REY de REYES, para tenerlo diariamente en nuestro corazón, solamente tenemos que OBEDECERLO y estar bajo su voluntad.

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