¿Qué pasa después de la muerte?

Un análisis del griego, en este versículo, revela tremendas verdades y nos aclara cuán profunda es la inspiración del Espíritu Santo es las Escrituras. Pedro escribe: «sabiendo que en breve he de abandonar el cuerpo» (literalmente: «sabiendo que viene rápidamente el levantamiento de mi tienda de campaña»); «procuraré que después de mi partida» (griego: «meta ten emen exodon»); «podáis en todo momento tener memoria de estas cosas.»

¿Qué quiere decir todo esto? Pedro sabía que moriría pronto, y finalmente fue martirizado alrededor del año 68 d.C. La palabra que Pedro utiliza aquí es «exodon», y se traduce por partida. Vine nos cuenta que este término significa «un camino de salida», y es una palabra que nunca expresa la idea de dejar de existir o morir, sino que indica traslado a otro lugar, pasar por una vía. Y es interesante el hecho de que los israelitas que cruzaron el mar rojo no quedaron inconscientes después de cruzarlo, sino que estaban vivos después de haber cruzado. Salir, no significa dejar de existir, sino trasladarse a otro lugar.

El Diccionario Ilustrado de la Biblia dice acerca de la muerte:

Un completo diccionario bíblico no deja de recalcarnos estas verdades. No pude extraer fragmentos resumidos del artículo por considerarlo, en su contexto, muy valioso como para cortar, de modo que presento aquí la información casi en su totalidad:

La muerte humana no implica dejar de existir; más bien consiste básicamente en una separación. La muerte física es la separación entre lo físico y lo inmaterial, o sea, entre el Cuerpo y el Alma. La muerte espiritual es la separación del ser humano de su Dios.

La muerte física fue resultado del pecado original, pero Adán no perdió la vida el día que comió del fruto prohibido, sino vivió 930 años (Génesis 5:5). Su muerte consistió en dejar de ser inmortal: comenzó a envejecer desde aquel momento y la muerte le fue inevitable. Se supone que si no hubiera desobedecido a Dios, hubiera sido inmortal, tanto física como espiritualmente.

Normalmente la muerte física sigue siendo inevitable para todo ser humano. Sin embargo, ha habido y habrá excepciones. Enoc (Hebreos 11:5) y Elías (2 Reyes 2:1–11) fueron trasladados al cielo sin sufrir la muerte física, y en los últimos días cuando el Señor arrebate a su Iglesia, todos los creyentes que aún vivan en aquel día serán trasladados directamente al cielo (1 Tesalonicenses 4:13–18 Segunda Venida). Por eso Pablo dice: «No todos dormiremos; pero todos seremos transformados» (1 Corintios 15:51). Esto es motivo de gran esperanza y consolación para el pueblo de Dios (1 Tesalonicenses 4:18).

La doctrina de la Resurrección del cuerpo nos indica que la separación del cuerpo y el alma no se considera como un estado permanente. A su debido tiempo los cuerpos tanto de los creyentes como de los inconversos serán resucitados y unidos nuevamente con sus almas (Juan 5:28-29).

El mismo diccionario nos cita en otra página:

La muerte humana no implica dejar de existir; más bien consiste básicamente en una separación. La muerte física es la separación entre lo físico y lo inmaterial, o sea, entre el Cuerpo y el Alma. La muerte espiritual es la separación del ser humano de su Dios.

La muerte física fue resultado del pecado original, pero Adán no perdió la vida el día que comió del fruto prohibido, sino vivió 930 años (Génesis 5:5). Su muerte consistió en dejar de ser inmortal: comenzó a envejecer desde aquel momento y la muerte le fue inevitable. Se supone que si no hubiera desobedecido a Dios, hubiera sido inmortal, tanto física como espiritualmente.

Normalmente la muerte física sigue siendo inevitable para todo ser humano. Sin embargo, ha habido y habrá excepciones. Enoc (Hebreos 11:5) y Elías (2 Reyes 2:1–11) fueron trasladados al cielo sin sufrir la muerte física, y en los últimos días cuando el Señor arrebate a su Iglesia, todos los creyentes que aún vivan en aquel día serán trasladados directamente al cielo (1 Tesalonicenses 4:13–18 Segunda Venida). Por eso Pablo dice: «No todos dormiremos; pero todos seremos transformados» (1 Corintios 15:51). Esto es motivo de gran esperanza y consolación para el pueblo de Dios (1 Tesalonicenses 4:18).

La doctrina de la Resurrección del cuerpo nos indica que la separación del cuerpo y el alma no se considera como un estado permanente. A su debido tiempo los cuerpos tanto de los creyentes como de los inconversos serán resucitados y unidos nuevamente con sus almas (Juan 5:28-29).

El Testimonio de la Iglesia primitiva

Por último tenemos el testimonio de la iglesia primitiva. Los cristianos que resultaron de la predicación de los apóstoles y en su defecto de cristianos inmediatos a éstos, creían que los muertos estarían conscientes y en el gozo del cielo inmediatamente después de la muerte.

Para comprobarlo, basta con leer el testimonio de alguno de éstos es momentos antes de su muerte.

A Justino Mártir, luego de que el Prefecto le amenazara de muerte, le preguntó:

«¿Suponéis que si fuerais azotados y vuestras cabezas cortadas subiríais al cielo para ser recompensados?» El testimonio de Justino quedó grabado para la inmortalidad: «No lo supongo, lo sé y estoy plenamente convencido de ello…». El relato continua diciendo: «…y efectivamente; los prisioneros murieron glorificando a Dios. Sus cuerpos fueron recogidos secretamente y sepultados con honor». Eso ocurrió en el año 165 de nuestra era. [1][ii]

Pero también tenemos el caso de Policarpo, quien afirmó de manera categórica:

«…te bendigo por haberte dignado conducirme hasta este día y hasta esta hora para que tome parte e el consorcio de los mártires y en el cáliz de tu Cristo, en la resurrección de la vida eterna, tanto del alma, como del cuerpo, en la incorrupción del Espíritu Santo entre los cuales te ruego sea yo recibido hoy en tu presencia como sacrificio agradable y acepto, del modo que tu Dios sea veraz, la has preparado, cumpliendo las cosas que mostraste de antemano. Por lo cual, por todas las cosas te alabo, te bendigo y te glorifico, por medio del Pontífice sempiterno Jesucristo, tu Hijo Unigénito por el cual, juntamente con el Espíritu Santo, te sea dada gloria ahora y por los siglos de los siglos. Así sea.»

Luego, el relato nos dice que apenas se escuchó el «amén» de Policarpo, el encargado de prender el fuego comenzó su trabajo para martirizar a varios siervos de Dios de aquellos años. Pero éstos habían sabido que Su redentor les había dicho que no temieran a los que matan al cuerpo, porque al alma no la podían matar. Dios bendito, gracias por la divina esperanza que nos das en Cristo Jesús, nuestro Salvador, Amén!

Acerca Juan Pablo Valles

También Revise

Estudios Biblicos.. Epístola a los Hebreos

Epístola a los Hebreos – Parte VIII

Estudios Bíblicos. El mediador de un Nuevo Pacto; conclusión a tan fascinante tema, lo comienza acá diciéndonos, que Jesucristo, nuestro gran sumo sacerdote ..