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Mujeres en ministerio

Introducción

Hay muchas consideraciones que entran en la cuestión de las mujeres en ministerio. Una de las más fundamentales trata de las actitudes corrientes en nuestra sociedad acerca de la masculinidad y la feminidad. Este escrito no propone un análisis de estas actitudes en sí.

Sin embargo, conviene que definamos desde el principio la posición que asumiremos frente a ciertos movimientos y fenómenos sociológicos que influyen en este campo a principios del siglo XXI.

Desde hace tiempo el machismo ha sido una actitud ampliamente regada entre los pueblos latinoamericanos, y en ciertas comunidades hasta constituye un muy arraigado aspecto de la cultura. Aunque el machismo puede manifestarse en una noble y valiente abnegación frente a cualquier peligro o amenaza, la actitud que comúnmente fomenta hacia las mujeres es poco deseable y causa de muchos problemas. Pues a menudo, por actitudes machistas, se desprecian a las mujeres, y sus aspiraciones son desestimadas en una manera que sujeta todo al capricho del hombre.

En parte en reacción a este aspecto del machismo, durante el siglo pasado, y especialmente desde la década de los 60, ha surgido un movimiento feminista que pretende corregir injusticias crónicas y avanzar los intereses del género femenino. Este movimiento ha logrado hacer consciente la sociedad acerca de asuntos que afectan a las mujeres. Sin embargo, el éxito del feminismo ha sido limitado por la enajenación que produce entre los géneros. Pues su modo de entender la relación entre los hombres y las mujeres enfoca la competencia entre los sexos por verles contrariados entre sí en sus intereses más básicos. Esta manera de encuadrar problemas entre los géneros lleva a una profunda desconfianza y al rechazo de actitudes que tienden hacia la cooperación.

La tensión entre el machismo y el feminismo nos afecta, en uno u otro grado, a todos. Y la iglesia tampoco queda exenta de estas corrientes sociológicas y las tensiones que ellas producen. De un lado, hay la tendencia de excluir a las mujeres de ciertos puestos y ministerios: del otro lado, la tendencia de reclamar para la mujer un trato igual al de los hombres al punto de ignorar, o hasta procurar borrar las diferencias entre los hombres y las mujeres [1]. Estas posiciones tampoco se prestan a resolverse en una síntesis aceptable puesto que representan los intereses cruzados de los dos géneros en una manera que al ganar uno, pierde el otro. Puesto que el asumir cualquiera de estas dos posiciones suscita conflictos con la otra, y puesto que estos no se resuelven por los propósitos cruzados de las dos posiciones, habremos de buscar la solución a la cuestión de la mujer en ministerio partiendo de otras bases.

La Biblia reconoce y bien define la diferencia entre los dos sexos. Sin embargo ve al hombre y la mujer como complementarios entre sí, y en este sentido, unidos en sus intereses [2]. Así que cualquier intento de resolver asuntos en la iglesia acerca de ministerio del hombre o de la mujer, si pretende ser bíblico, habrá de ser enfocado en una manera que tenga bien en cuenta esta unidad. Por ende, estas consideraciones regirán en el escrito presente; y el cuadro bíblico de una humanidad en dos géneros cuyos intereses están estrechamente ligados no será dejado de lado.

Las razones que urgen este escrito son las cuestiones que suelen surgir alrededor del tema del ministerio de la mujer. Desde un punto de vista práctico, se precisa llegar a un consenso sobre si es legítimo, o hasta qué punto es legítimo que la mujer cristiana ejerza ministerio plenamente en los campos y oficios de la obra del Señor. La ampliamente difundida posición de la iglesia católicorromana mantiene que las mujeres están excluidas del ministerio pleno porque los doce apóstoles del Señor eran todos hombres. Algunos han levantado objeción a esta posición señalando que si vamos a excluir del ministerio grupos que no fueron representados entre los doce apóstoles, también se podrían excluir a los gentiles, porque cada uno de los doce era judío [3]. Considerando que la posición católica-romana es un argumento de silencio puesto que se basa en lo que no se dijo —o en este caso, lo que no se practicó— estaremos buscando razones de más sustancia relativo a las Escrituras.

Generalmente, las iglesias protestantes han sido más abiertas que la católica a la posibilidad del pleno ministerio de la mujer. Y en Latinoamérica, que es el área que enfoca este estudio, las iglesias pentecostales han sido las más abiertas entre los protestantes en otorgar reconocimiento a las mujeres en ministerio [4]. Pero aun entre estos grupos la práctica actual en algunas naciones limita su ministerio. María E. Gómez, en un ensayo parcial de las Asambleas de Dios en América Latina nombra ocho obras nacionales que actualmente otorgan a mujeres que califican plena ordenación con todos los privilegios [5]. Pero, por lo menos, un concilio nacional de esta misma obra oficialmente limita a las mujeres en ministerio [6].

En México la constitución nacional de las Asambleas de Dios dice que ordenación al pleno ministerio está abierta a mujeres que califican. Sin embargo se sobreentiende en la práctica que no se les permite oficiar bautismos ni casar. Y según algunos no deben oficiar la Santa Cena ni realizar presentaciones de niños —aun siendo pastoras de iglesia— sin ayuda de hombres diáconos [7]. Además, en algunos países que hacen el ministerio pleno disponible a las mujeres, conversaciones del que escribe con mujeres ministros indican que actitudes no oficiales pero prevalecientes a menudo limitan en algún sentido sus ministerios. Entre otros, como la Iglesia Evangélica Pentecostal de Cuba (Asambleas de Dios), aunque actualmente existen ciertos límites al ministerio de la mujer, están en el proceso de realizar un estudio a fondo de las pautas bíblicas referente al tema a fin de asegurar regirse en ello conforme a la Palabra.

Puesto que, aparte de la posición católica-romana mencionada arriba, la justificación de que las mujeres sean marginadas del ministerio a menudo se basa en textos específicos del apóstol Pablo, estos serán considerados algo detalladamente. Los textos referidos son pasajes que hablan de la subordinación de la mujer en la iglesia y que requieren en ciertas situaciones su silencio. Un estudio de estos textos tomando en cuenta su contexto tanto bíblico como histórico-cultural aclara mucho las razones que habrían movido al Apóstol a tratar estos temas. Un reconocimiento de estas razones y una consideración del sentido de estos pasajes entendidos a través de su contexto nos ayuda en poder aplicar sus enseñanzas legítimamente a nuestra época. Es la tesis de este escrito que estos pasajes, considerados de esta manera no justifican la subordinación de las mujeres a los hombres en sentido general, y tampoco justifican que mujeres llamadas y preparadas sean marginadas de ministerio en la iglesia. Además de dar constancia de esta tesis, sugeriremos algunos pasos positivos que se puedan tomar hacia un trato, a su vez, considerado, equitativo, y bíblico para con las mujeres en la obra del Señor.

Posición cultural de la mujer en la cuenca del mediterráneo alrededor del primer siglo d.C.

Uno de los factores claves en la interpretación de textos de la antigüedad es el fondo histórico-cultural. Conocimiento de este factor provee un contexto que puede ayudar a entender cómo los primeros destinatarios del texto lo habrían entendido. Los escritos del Nuevo Testamento que contienen la información que estaremos considerando provienen de un período comprendido entre 47 d.C. y el fin del siglo primero de nuestra era. Así que es esta época en el área mediterránea que nos interesa. Las culturas comprendidas en esta región y época son la hebrea principalmente en Palestina, y la griega en las regiones fuera de Palestina. Otros factores son la cultura judaica de la diáspora y la cultura romana que pertenecía especialmente a los gobernantes y ejércitos de ocupación en estas regiones [8]. Datos que provienen de esta época serán también complementados con información proveniente de las mismas culturas durante tiempos cercanos. Puesto que es la situación de la mujer en estos ámbitos culturales que más nos interesa, nuestra indagación se concentrará en aspectos de la cultura que tienen que ver con ellas.

Uno de los valores culturales que más afecta la mujer en cualquier sociedad tiene que ver con las actitudes hacia el matrimonio y lo que se espera de la mujer en él. Un contrato de matrimonio hallado entre los papiros encontrados en Egipto durante el siglo pasado y que data de 13 a.C. aporta un cuadro del matrimonio en la cultura griega de Alejandría de aquella época. Después de tratar formalidades preliminares y al haber especificado el dote que sería aportado de la casa de la novia (ella puede haber sido huérfana puesto que es representada por un tutor), el contrato sigue así:

Desde ahora Apolonio hijo de Ptolomeo proveerá, según sus posibilidades, a Termiona como su legítima esposa todo lo que ella necesite en comida y ropa, y promete no maltratarla ni expulsarla ni insultarla ni agregarse (gr. episagein) otra esposa, o de otra manera tendrá que entregar de inmediato el dote con la mitad de su valor añadida…. Termiona cumplirá sus responsabilidades hacia su esposo relativo a su vida en común y no dormirá en otro lugar ni se ausentará de la casa durante el día sin el conocimiento de Apolonio…. Tampoco Termiona deshonrará ni acarreará daño al hogar común de ellos, ni saldrá con otro hombre. Y si ella sea culpable de cualquiera de estas acciones, después de ser juzgada y comprobada la falta, será desprovista del dote, y además el culpable será expuesto a ser multado [9].

Aunque Alejandría no está en Asia menor a donde fueron dirigidas las epístolas de Pablo que luego consideraremos sobre este asunto, se puede decir con seguridad que desde la época de los reyes Ptolomeos en Egipto, la cultura de Alejandría conformaba a la cultura común griega que también regía en este tiempo en Asia menor.

El cuadro cultural de la situación de la mujer que nos proporciona este contrato de matrimonio trae para este estudio varios puntos de especial interés. En primer lugar, vemos que la mujer pudiera traer ciertas expectaciones al matrimonio. Sus necesidades para la vida debieran ser provistas por su esposo según las posibilidades de éste. También podía reclamar un trato digno y considerado. Especialmente odioso para uno de la cultura griega en la antigüedad —sea hombre o mujer— era ser tratado con jubris, cuyo equivalente en español sería algo como «insolencia» o «en una manera insultante». En el contrato, el hombre ha prometido que no la tratará así (empleándose el verbo griego correspondiente, jubridzo) [10]. Ella, a su vez, además de ser responsable de cumplir para con su esposo en asuntos de «su vida en común» promete específicamente no traer deshonra [11] ni daño a su hogar. En otro contrato de matrimonio de los papiros egipcios que data de 92 a.C., la esposa también promete no causar que su esposo sea deshonrado (gr. aisjúnesthai)[12] por ninguna acción que pueda traer deshonra sobre un hombre. Este valor importante de la honra del esposo y del hogar relativo al comportamiento de la mujer será visitado de nuevo cuando consideramos pasajes del Nuevo Testamento.

Las limitaciones sobre sus movimientos de que son sujetas las mujeres en estos contratos matrimoniales muestran que, en general, vivían considerablemente más enclaustradas que las de nuestra sociedad actual. Las griegas, tal vez por la costumbre oriental, tenían tendencia de guardarse más enclaustradas que mujeres de otros grupos de aquel entonces [13]. Plutarco (ca. 46 – 120 d.C.), ensayista y biógrafo griego opinaba que el guardar silencio y guardarse en casa son dos aspectos ligados de la virtud de una esposa [14]. Filón (ca. 20 a.C – 50 d.C.), filósofo judío alejandrino que en muchos aspectos se ajustaba a la cultura griega, opina que las mujeres debieran quedarse adentro y evitar involucrase en asuntos que no tuvieran que ver con el manejo de sus casas [15].

Las hebreas, aunque lejos de emancipadas según las normas de nuestra sociedad, habrán tenido algo más de libertad que las del mundo griego. Por lo menos, acostumbraban a atender asuntos como salir al público para buscar provisión para su casa [16]. Y la libertad comparativa que disfrutaban se nota en el testimonio de los evangelios relativo a las mujeres que seguían el ministerio de Jesucristo tanto para aprender sus enseñanzas como también para apoyar materialmente su ministerio (Lucas 10:38-42; 8:1-3).

El efecto del cristianismo primitivo sobre la posición de la mujer

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