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El deber de ser sanos emocionalmente

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En principio podríamos hacernos algunas preguntas, por ejemplo: ¿Por qué debemos ser sanados? ¿Por qué sanar nuestras heridas? ¿Por qué debemos sanar los sentimientos que perturban nuestra vida de relación o nuestra vida espiritual? ¿Por qué tenemos que ser sanados de las angustias, de las ansiedades, de las heridas o de los recuerdos dolorosos?

Todas estas preguntas tienen una doble respuesta.

La primera respuesta a estos interrogantes es sencilla y prácticamente obvia. Podríamos responder simplemente: “Debo sanarme porque si me sano estoy mejor.” Es un beneficio personal. Debo sanar porque quiero ser más feliz, porque quiero una vida mejor, porque quiero vivir esta vida plenamente.

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La segunda respuesta, en cambio, implica un compromiso. Nosotros debemos ser sanados para ser útiles al cuerpo de Cristo. En este sentido, ser sanados es también nuestra responsabilidad como parte de un cuerpo espiritual, que es la Iglesia, cuya cabeza es Cristo.

En Colosenses 1:18 dice: “Él es la cabeza del cuerpo que es la Iglesia“. Y en Efesios 5:27 dice: “Para presentársela a sí mismo una Iglesia radiante, sin mancha ni arruga ni ninguna otra imperfección, sino santa e intachable“.

Se trata, entonces, de algo que el Señor reclama a su iglesia a través de su palabra: ser un cuerpo apto para esa cabeza que es Cristo. Una cabeza perfecta no puede asentarse en un cuerpo que está descoyuntado y completamente desarticulado.

Esta es nuestra responsabilidad y cuando la palabra nos dice “sin mancha”, se refiere a aquellos acontecimientos del pasado que, por no haber sido sanados, hacen que vivamos una vida fuera de la santidad, una vida ajada.

Pero no es esa la Iglesia que quiere el Señor, sino una sin mancha, sin imperfecciones, impecable.

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Cuando quedan heridas que no han sido sanadas, no somos parte de un cuerpo firme como para que el Señor se asiente. Jesucristo viene a buscar una Iglesia que le sea útil, por lo tanto, debemos ser sanados para ser de utilidad al cuerpo del Señor.

Esta es nuestra responsabilidad, ser sanados de amarguras, celos, envidias, rencores, como miembros útiles del cuerpo de Cristo, para que Él –como cabeza- esté en el lugar apropiado.

Había una mujer llamada Noemí que emigró de su tierra, Belén de Judá, con su esposo e hijos y fue a los campos de Moab, porque la hambruna se hacía insostenible. Sus dos hijos se casaron con sendas jóvenes moabitas.

Con el tiempo, Noemí enviudó y perdió también a sus dos hijos. Por eso, decidió regresar a su pueblo, al cual Dios había comenzado a bendecir. Dadas las circunstancias, Noemí instó a sus nueras (Rut y Orfa) para que regresasen con sus familias, ya que ella no tenía hijos para ofrecer a las dos jóvenes viudas.

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Rut, movida por la fe de su suegra, la siguió esperanzada en conocer las grandezas de ese Dios del cual Noemí le había hablado. Así fue como decididamente pudo decir: “Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios”.

Booz, miembro de la familia de Noemí (y con quien luego se casara Rut) dio instrucciones a sus criados para que tuvieran especial cuidado con la recién llegada; y a su vez, le recomendó a Rut que siguiera a sus criadas para que las imitara en los nuevos quehaceres de ese pueblo: “Oye, hija mía, no vayas a recoger espigas a otro campo, ni te alejes de aquí; quédate cosechando junto a mis criadas, fíjate bien en el campo donde están cosechando y síguelas” (Rut 2:8).

Muchos cristianos cumplen en todo el mundo con la Gran Comisión de predicar el Evangelio a toda criatura; y desde otros campos llegan personas a la Iglesia buscando al Dios del cual se les habló.

¿Esta el pueblo de Dios preparado para que el recién llegado pueda seguirlo confiadamente?, ¿podrá ver reflejado en los creyentes al mismo Jesús que se le predicó?, ¿o están en riesgo de irse a espigar a otro campo a poco de haber llegado?

Es responsabilidad de cada miembro del cuerpo de Cristo “estar íntegro” para ser de utilidad. La Iglesia es de utilidad a su Cabeza cuando sus miembros son restaurados a semejanza de la misma.

Entonces no vale decir: “Bueno, no importa, a mí todavía me quedan cuestiones que solucionar, pero yo amo al Señor”. Sin embargo, sí importa. Al Señor le importa porque te ama y porque necesita que los miembros, las diversas partes de su cuerpo, le sean útiles.

No podemos ofrecer un cuerpo descoyuntado: Él no puede asentar la cabeza en un cuerpo (o en una Iglesia) donde hay más resentimiento que amor; donde, frecuentemente, hay más murmuración y crítica que misericordia; más prejuicios que compasión.

Hasta que la Iglesia de Cristo no sea sanada, él no va a poder venir, y Él está dándonos tiempo y oportunidad. Y el tiempo corre.

En Efesios 4:15-16, la Biblia nos dice que nosotros somos, o debemos ser, ese cuerpo que crece y se edifica en amor, sostenido y ajustado por todos los ligamentos y por la actividad propia de cada miembro, hasta ser como aquel que es la cabeza, es decir, Cristo.

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Podemos preguntarnos si realmente estamos edificando en amor, si estamos complaciendo al Señor en cuanto al crecimiento de su Iglesia.

Si en nuestro corazón hay algún resentimiento por heridas, por daños pasados o presentes, este examen que nosotros tenemos que hacer, nos va a dar una respuesta. Y si la respuesta es que todavía hay algún sentimiento de rencor o de odio, debe ser quitado. Debe llegarse hasta donde está aquello que lo provocó, a las heridas que lo causaron y ser sanado. Porque si nuestro corazón está ocupado por el rencor o por el odio, no habrá lugar para el amor; para ese amor con el cual, según dice la Palabra, debe ser unificada la Iglesia.

Es necesario dejar que el Espíritu Santo trabaje en nuestro interior, dentro de nosotros; no en lo que se ve, sino en lo que no se ve. Si hay odio en el corazón, no puede entrar el amor; hasta que el odio no sea quitado, ese corazón no podrá ser colmado de amor, y sólo con un corazón transformado podremos ser de utilidad al cuerpo de Cristo.

¿Cuál es entonces la voluntad de Dios para su pueblo?

Dios quiere que su pueblo sea una Nación sana, completamente restaurada. En Jeremías, capítulo 30, verso 17 encontramos esta afirmación del Señor: “Yo te restauraré y sanaré tus heridas”. Más adelante en el capítulo 33, cuya lectura completa le recomiendo, también leemos: “Les daré salud y los curaré; los sanaré y haré que disfruten de abundancia de paz y seguridad”.

La Biblia nos habla de sanidad como promesa de Dios para los suyos. Está escrito ya en el Antiguo Testamento que la voluntad de Dios es sanar y restaurar a su pueblo.

Condensado del libro: Sanidad Interior, ¿Una necesidad o una obligación? del Rev. Horacio Latté.

© Horacio Latté

Acerca Horacio Latté

Horacio Latté Ministerios/ Sanidad a las Naciones ha sido fundado en la ciudad de Buenos Aires, Rep. Argentina por el Reverendo Horacio Latté. Tiene como objetivo primordial contribuir a la edificación de la Iglesia de Cristo –Su Cuerpo– para que esta cumpla en ser un referente válido, adecuado y con poder de testimonio, para un mundo actual confundido, desanimado e insatisfecho.

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3 comentarios

  1. carlos reyes rosado

    Es un mandamiento para que nuestras oraciones sean contestadas y nuestra ofrenda agrade

  2. Excelente exposicion de la palabra. Debemos seguir esto para tener una vida agradable al Señor.

  3. Excelente exposicion. Debemos llevar una vida llena de amor. Las cosas viejas pasaron he aqui todas son hechas nuevas.

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