Epístola a los Hebreos – Parte VI

El patriarca Abraham (verss. 13-15)

El autor sigue abordando el tema de las promesas, y ahora nos recuerda a alguien que es un abanderado en este tema, nos referimos al patriarca Abraham.

El escritor pondera una verdad eterna, y es que nadie es mayor que Dios para que en ese nombre, Él le pudiera hacer un juramento como el que le hizo a Abraham; por eso tuvo que jurar por sí mismo, ya que debido a su naturaleza santa, el juramento hecho era válido, real y firme.

El juramento que Dios hace por sí mismo, es que bendecirá a Abraham con una gran descendencia, aún más numerosa que las estrellas del cielo y que la arena en la orilla del mar (Génesis 22:16–18; cp. 12:1–3; 15:5; 17:4–8). Los judíos podían poner en duda algunas otras cosas, pero esta promesa hecha a Abraham era tan confiable para ellos como para Aquel que la había hecho bajo juramento.

¿Y quién podía ser mayor que Dios quien era el que había hecho ese juramento? ¿Sabía usted que si alguien esperó con total paciencia esa promesa, fue Abraham? Tuvo el hijo de la promesa a los 100 años y su esposa tenía 90. Hay que ser un hombre de fe para esperar tanto por el cumplimiento de tal promesa.

El texto nos dice que “habiendo esperado con paciencia, alcanzó la promesa”. Oh, mis hermanos, si tuviéramos más paciencia, ¡qué distinto sería todo! A la falta de fe se une la impaciencia, y eso nos frustra porque al final, no alcanzamos lo que anhelamos de parte del Señor.

Este pasaje es un real compromiso para el creyente. Nos confronta sobre una de las virtudes que a veces escasean en la vida cristiana: la paciencia. La fe requiere de paciencia para lograr los grandes propósitos que Dios nos ha manifestado.

El tema de las promesas y los juramentos (verss. 16-18)

Mis amados, una de las cosas que hacían los hombres en la antigüedad era jurar para garantizar una promesa (vers. 16). El juramento confirmaba que eso se lograría. Y esto se hacía, si la palabra no era suficiente para convencer a la contra parte de un contrato, era allí cuando entraba la vigencia del juramento hecho por Dios, porque era mayor que ellos.

En este caso Dios servía como el verdadero garantizador. Hoy día no se hace mucho esto, pero Dios sigue siendo el garante de toda promesa. ¡Para nosotros eso es suficiente!

Lo interesante de todo este tema acerca de las promesas y los juramentos, es que Dios aprovechó esa costumbre, no porque su promesa no fuera segura, sino más bien para estimular la confianza en su promesa.

En esto podemos agregar que la falta no estaba en Dios quien prometía, sino en el hombre que es el llamado a aceptar la promesa. Lo que todo creyente sí sabe, es que es un heredero de la fe y de la promesa hecha a Abraham, de las cuales nos constituimos también en sus herederos espirituales, de modo que todo lo que se le prometió al patriarca en aquella promesa de abundancia y multiplicación, también es para nosotros.

Absoluta certeza y garantía de Sus promesas (verss. 19-20)

Mi preciosa gente, a mejor conclusión no podía llegar este pasaje. El creyente tiene que saber que su alma tiene un “ancla”. El texto ya compartido nos revela que esa ancla es la esperanza.

Se nos ha hablado de la fe y de las promesas dadas, pero es la esperanza lo que mantiene viva toda ilusión y todo anhelo en nuestras vidas cristianas. Es la esperanza lo que mantiene viva la posibilidad de ver un mejor futuro, donde podamos vivir y movernos sin importar las circunstancias en las que nos encontremos.

De esta manera, el autor ha hecho un ligero cambio de figuras, para presentarnos un puerto donde el alma puede echar su ancla con toda seguridad, pero no para quedarse allí sino para ir más adelante y penetrar hasta dentro del velo. Sí, allí donde el mismo Cristo entró una vez para abrirnos el camino, y donde un día también estaremos con Él.

Y Jesús hizo eso como el gran sumo sacerdote de nuestra alma. Si bien es cierto que el sacerdote de turno lo hacía una vez por año, Cristo entró en ese lugar, y desde esa posición intercede por nosotros.

Notemos que Él no es un sacerdote por un año, quien entraba al lugar santísimo por turno, sino que lo hizo una sola vez y para siempre, y no bajo el orden del sacerdote aarónico, sino bajo la orden de Melquisedec, aquel que era un tipo de Cristo para cuando éste apareciera.

Mis hermanos, nuestra fe, basada en las promesas hechas a Abraham está asegurada por la esperanza, como firme ancla del alma. Esa confianza nos está asegurada por quien tenemos allí en los cielos, nuestro más grande sumo sacerdote que intercede por nosotros, nuestro muy amado Jesucristo. Amen.

© Julio Ruiz. Todos los derechos reservados.

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Epístola a los Hebreos – Parte V

Acerca Julio Ruiz

Pastor en Virginia en los Estados Unidos, con 42 años de experiencia de los cuales 22 los dedicó en Venezuela, su país de origen. Otros 9 años los dedicó a pastorear en Vancouver, Canadá y los últimos 9 años en Columbia Baptist Church en su ministerio hispano, donde estuvo hasta agosto del (2015). A partir de octubre del mismo año (2015) comenzó una nueva obra que llegó a constituirse en iglesia el 22 de mayo de 2016 bajo el nombre de Iglesia Bautista Ambiente de Gracia en la ciudad de Burke, Virginia. El pastor Julio es Licenciado en Teología y ha estudiado algunas cursos para su maestría en Canadá. Además de haber sido presidente de la convención bautista venezolana en tres ocasiones, también fue profesor del seminario teológico bautista. El pastor Julio por espacio de unos 18 años publica sus sermones y artículos por estos medios. Es casado con Carmen Almera Ruiz y tiene tres hijas y una nieta: Laura, Oly, Sara e Isabella. Si usted quiere comunicarse con el pastor Julio, llámelo al (571) 251-6590.

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