Epístola a los Hebreos – Parte XIII

Por lo tanto, el sufrimiento de Cristo resultó en la santificación del creyente; apartándolo para Dios al quitarle su pecado y la culpabilidad. De esta manera el creyente debe salir “fuera del campamento”, como una alusión de la separación que debe haber entre Cristo y el judaísmo.

Y la razón para esto nos la dice el autor, afirmando:

14 “porque no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la por venir”.

Mi gente, semejante recordatorio conduce al creyente a pensar, que todo lo que aquí tenemos seguirá siendo pasajero y transitorio. Para los destinatarios de la epístola, era como preguntarles por qué seguir pensando en los rudimentos antiguos, en ese culto que había sido sustituido con la llegada de Jesús, cuando ciertamente tenemos la esperanza en cosas mayores. Lo que aquí tenemos es movedizo y temporal, pero lo que nos espera es una “ciudad permanente”. ¡Hacia ella vamos ahora!

De modo, pues, que en lugar de vivir de las “glorias del pasado”, es decir, de los sacrificios del viejo pacto, se le recomienda al creyente realizar un culto y una alabanza mejores:

15 “Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre”. 16 “Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios”.

Hay un sacrificio que satisfizo el plan divino. Una ofrenda hecha una sola vez por nuestros pecados que cumplió con todas las demandas divinas, y eso fue el sacrificio perfecto del cordero sin mancha y contaminación en la persona de Cristo.

Frente a tan santo sacrificio se nos demanda a todos nosotros ofrecer “sacrificio de alabanza”, es decir, fruto de labios que confiesen su nombre”. Lo que quiere dejar afirmado el autor es que ya no son necesarios los sacrificios de sangre, después que la sangre de Cristo fue derramada; en todo caso lo que hay que ofrecer, es una continua alabanza que debe traducirse en la ayuda a los más necesitados. ¡Estos son los reales sacrificios que agradan a Dios!

Hay dos deberes adicionales, que el autor nos recomienda practicar:

17 “Obedeced a vuestros pastores, y sujetaos a ellos; porque ellos velan por vuestras almas, como quienes han de dar cuenta; para que lo hagan con alegría, y no quejándose, porque esto no os es provechoso”. 18 “Orad por nosotros; pues confiamos en que tenemos buena conciencia, deseando conducirnos bien en todo”.

En el v. 7, ya el autor nos había dicho que nos acordáramos de nuestros pastores, pero ahora se nos dice que debemos: “obedecer a nuestros pastores”. Reconozco, como pastor que soy, que este es un tipo de mandamiento muy incómodo para algunos creyentes, y sobre todo, si el pastor no “satisface” sus expectativas como un siervo de Dios.

¡Pero este mandamiento, al igual que otros, es muy bíblico! ¡Ninguno de nosotros escogió ser pastor, esta es una “profesión”, donde la escogencia la hace Dios! ¡Él llama a hombres para el ministerio! Así que, por amor a Su Señor, la oveja también debe obedecer a su pastor. Y las razones son claras: “Ellos velan por vuestras almas”, pero además es que algún día tendremos que dar cuenta de las ovejas apacentadas, por ello, es un serio compromiso.

Al obedecer a su pastor en amor, éste hará su trabajo con alegría y sin quejas. El otro debe deber de la iglesia es orar por los que están al frente de ella. Sólo la oración fomentará el crecimiento, evitará a la iglesia padecer de grandes males, y fortalecerá a los creyentes en todo lo que hagan.

Finalmente, el autor nos deja estas preciosas palabras:

20 “Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno,” 21 “os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.”

Como alguien que está terminando un gran discurso, y como si se prestara para hacer un resumen formidable de lo que ha escrito, resaltando a la persona de quien habló tanto, nos presenta una encantadora bendición que captura los hermosos temas tratados, pero siempre exaltando a quien merece la honra por siempre. De allí que nos habla del “Dios de paz”, que no es otro sino Aquel que resucitó a Jesucristo. Y ese Cristo es nuestro inigualable: “gran pastor de las ovejas, por su sangre derramada.

Que Él mismo sea quien haga de nosotros verdaderos hijos suyos, para hacer Su voluntad y no la nuestra; de manera que haciendo esto, podamos agradar a Aquel que nos salvó con su sangre, tema central de este hermoso libro. Por lo tanto, sólo a Él y a nadie más “sea la gloria por los siglos de los siglos”. Amén y amén.

© Julio Ruiz. Todos los derechos reservados.

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Epístola a los Hebreos – Parte XII

Acerca Julio Ruiz

Pastor en Virginia en los Estados Unidos, con 42 años de experiencia de los cuales 22 los dedicó en Venezuela, su país de origen. Otros 9 años los dedicó a pastorear en Vancouver, Canadá y los últimos 9 años en Columbia Baptist Church en su ministerio hispano, donde estuvo hasta agosto del (2015). A partir de octubre del mismo año (2015) comenzó una nueva obra que llegó a constituirse en iglesia el 22 de mayo de 2016 bajo el nombre de Iglesia Bautista Ambiente de Gracia en la ciudad de Burke, Virginia. El pastor Julio es Licenciado en Teología y ha estudiado algunas cursos para su maestría en Canadá. Además de haber sido presidente de la convención bautista venezolana en tres ocasiones, también fue profesor del seminario teológico bautista. El pastor Julio por espacio de unos 18 años publica sus sermones y artículos por estos medios. Es casado con Carmen Almera Ruiz y tiene tres hijas y una nieta: Laura, Oly, Sara e Isabella. Si usted quiere comunicarse con el pastor Julio, llámelo al (571) 251-6590.

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