El peligro de las tres «T» – Estudio Bíblico

El Talmud no son las Sagradas Escrituras; son comentarios y preceptos agregados a las Sagradas Escrituras. Un escritor judío cristiano, Barry Rubin, ha dicho que los eruditos judíos se glorían más en conocer el Talmud que en conocer la Torá. Es más apasionante.

Pero hay un problema con el Talmud. El Talmud, en vez de ayudar a explicar la Torá, suele hacerla más confusa. Rubin llega a afirmar: «Tristemente, la gente (los judíos) terminó enredándose tanto en la multitud de reglas y regulaciones religiosas, que algunos de los significados esenciales en la Torá se perdieron. La tradición oral prevaleció sobre la verdad». (En “¡Te tengo buenas noticias!”, p.148).

El Talmud representa lo que el hombre agrega a las Escrituras. Son los reglamentos de la tradición. En tiempos del Señor Jesucristo existía una fuerte tradición oral, y muchas veces él debió enfrentarla. ¿Se acuerdan cuando el Señor, en Marcos 7, recrimina a los judíos, porque ellos habían invalidado la palabra de Dios por las tradiciones? «Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres: los lavamientos de los jarros y de los vasos de beber; y hacéis otras muchas cosas semejantes. Les decía también: Bien invalidáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición» (8-9). Esta tradición de la que habla el Señor es el Talmud.

Toda religión que se precie de tal tiene una tradición. Y esa tradición está escrita: reglamentos, comentarios, interpretaciones. Sin embargo, la tradición no tiene su origen en Dios, sino en el hombre.

El Talmud enceguece

Barry Rubin plantea una cosa interesantísima: ¿Por qué razón los judíos esperaban un Mesías político, poderoso, capaz de zafarlos a ellos del yugo romano, siendo que había varias profecías, como Isaías 53, en que se decía que el Mesías sería un varón de dolores, que moriría y resucitaría? Simplemente porque las interpretaciones que el Talmud había hecho no contemplaban la venida de un Mesías como un cordero, sino como rey. ¡El Talmud había tergiversado la interpretación profética! La tradición oral había logrado opacar la Torá y los profetas, y confundir a los judíos respecto del Mesías.

Amados cristianos, ¡cuidado con vuestro Talmud! Es fácil atarse a una corriente interpretativa de las Escrituras, enredarse en las opiniones de los grandes hombres del pasado, y agregarlos a nuestro bagaje doctrinal. La tradición se convierte fácilmente en una red de cadenas que nos atan a los hombres y al pasado, y que nos impidan ver la voluntad de Dios para este día. Tenemos que conservarnos libres de todo ello para servir así al Señor.

El Talmud puede tomar también la forma de un conjunto de procedimientos aceptados por el grupo. ¿Han escuchado frases como ésta?: «Nosotros nunca lo hemos hecho así. ¿Por qué tendríamos que hacerlo?». «Nunca hemos creído eso. ¿Por qué tendríamos que creerlo?». ¡Eso es Talmud!

Cuando una congregación no cree que el Espíritu Santo la esté dirigiendo, entonces tiene que asegurarse un camino. Ese camino se lo ofrecen los reglamentos y ordenanzas. Si no los tiene, se extravía y se confunde. Pero si hay una congregación que cree ciertísimamente que hay Uno de arriba, el Espíritu de verdad, que la conduce, entonces no necesitará consultarle al pasado para enfrentar el futuro: ¡simplemente le consultará al Señor! Los que tienen una fuerte tradición piensan que no necesitan preguntarle al Señor.

Basta que miren atrás, y lean su Reglamento: «En el artículo uno dice… ¡de esta manera tenemos que hacerlo!». Para el Espíritu Santo es sumamente difícil guiar por un camino nuevo a quienes se enorgullecen de su propio camino largamente recorrido.

Amados hermanos, en el mundo una institución es más o menos respetable si puede decir: «Desde 1845», o «Desde 1920». Nosotros, más vale que no digamos nada. Nosotros tenemos que servir a Dios en nuestra generación. Otros tomarán después la antorcha del testimonio y harán su propio camino. ¡Y si a él le place, que nos interrumpa cuando quiera! Más que conformar una tradición, la iglesia debe irse zafando de ella, para ser dúctil a la conducción del Espíritu.

Hemos de tener cuidado, porque la tradición se nos puede ir pegando sin que nos demos cuenta de ello. Cuesta juzgarnos con objetividad, porque la tradición llega a formar parte de nuestra subjetividad. Para romper este círculo debemos aceptar el juicio de otros, y el escrutinio permanente del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo nos lleva por caminos siempre nuevos. Si reconocemos que el propósito de Dios es lineal y no circular, tenemos que aceptar que él nos lleve más allá, por caminos nunca antes andados. A la carne y la sangre le gusta tener todo planificado y bajo control. Sin embargo, cuando seguimos al Espíritu, el camino se va conociendo sólo paso a paso.

¿Cómo nos encontrará el Señor?

Cuando el Señor vino la primera vez, encontró a su pueblo enredado en estas tres “T”. Cuando el Señor venga por segunda vez, ¿encontrará a su pueblo tropezando en la misma piedra? ¿Lo encontrará venerando su Torá, pero sin conocer a Aquel de quien ella da testimonio? ¿Lo hallará levantando templos para que habite Uno que hace mucho que ya no habita más en templos hechos por manos humanas? ¿Lo hallará aferrado a su Talmud, para observar con celo los preceptos de la tradición humana?

Nosotros queremos ser tajantes en rechazar estas tres «T», porque ellas impiden al pueblo de Dios depender del Espíritu Santo y glorificar al Señor Jesucristo. No queremos las Escrituras por sí. Queremos al Cristo de las Escrituras. No queremos un Templo como un lugar sagrado. Queremos a Dios que habita en medio de la iglesia. No queremos una tradición, sino buscar la dirección permanente del Espíritu. ¡Que las cosas santas (y las supuestamente santas) no nos impidan ver al Santo!

© 2012, Eliseo Apablaza F.

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