Como me hizo, así le haré

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El tiro por la culata
le salió a un pato haragán
al ver bajo un framboyán
a una ibis en una pata.

Se imaginó que cojeaba
hasta que al fin despertó,
y de pronto descubrió
que en dos patas caminaba.

Preparando otra manera
de echar al fuego leña
el pato ahora se empeña
en tildarla de embustera:

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«Se cree joven, y es canosa
-dijo el pato astuto y vago-.
¿Por qué ha venido a mi lago
esta ibis fea y mentirosa?»

«No me sumaré a tu queja
porque ella no es mentirosa,
sino blanca y bien hermosa».
Respondió una pata vieja.

Que reprende con sapiencia
a un pato desenfrenado
y muy mal intencionado
que injuria por complacencia.

Más tarde, cerca del puente,
el pato la ve entre rosas
bajo cascadas ruidosas
de un arroyo limpio y fluyente.

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Bebiendo agua cristalina
mientras le llegue la espuma
que aseará su bella pluma
del polvo y espesa neblina.

Soberbio el pato envidioso
vuelve al lago sin demora
y en la orilla llora e implora
por su plumaje lodoso.

Para que éste sea lavado
por aguas muy poco briosas
provistas de olas ociosas
de un lago oscuro y cansado.

En tanto el pato lavaba
en vano su negra pluma,
la ibis blanca entre la bruma
no muy alto sobrevolaba.

En su pico una semilla
del buen framboyán robusto
que contribuyó con gusto
dando sombra en la otra orilla.

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Allá ambos piensan llegar,
con un poco de paciencia,
a paliar la diferencia
que existe entre odiar y amar.

Por cuanto el amor sepulta
al odio escarnecedor,
a lo bello del amor
el odio ataca y lo insulta.

Si el que odia hallara amor,
amor que todo lo excede
y también todo lo puede,
paz llegara al odiador.

Y si en su vuelo lanzara,
la ibis por misericordia,
el grano de la concordia…
el pato, su odio enterrara.

Su fino pico buscaba
donde soltar la semilla
cuya apariencia amarilla
a su blancura acentuaba.

Y cayó el grano de amor
junto al pato resentido.
Todo pareció atrevido,
sólo fue un acto de honor.

Y después de un breve rato
el pato se arrepintió,
y felizmente parpeó:
«Cua, cua, te amo»; dijo el pato.

Y ante esa ejemplar lección,
pudo ser agradecido
este pato consentido
que aprendió a pedir perdón:

Llamó a la ibis blanca, amiga,
dejando a un lado su celo;
y abrió sus alas al cielo
diciendo: «Dios la bendiga».

Proverbios 24:29. No digas: Como me hizo, así le haré; Daré el pago al hombre según su obra.

© Antonio J. Fernandez. Todos los derechos reservados.

Mi nombre es Antonio Fernandez, soy profesor universitario de matemática, y hace más de 20 años que sirvo al Señor. Mi esposa y yo asumimos el compromiso de serle fiel cada día de nuestras vidas, y de predicar Su palabra para cumplir con la misión que Él nos entrego.

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