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El último mensajero

TEXTO: Mr.12: 6-9

INTRODUCCIÓN:

Hermanos, ustedes conocen la historia del trato de Dios con Israel, y del trato de Israel con Dios. El Señor eligió a sus padres, Abraham, Isaac, y Jacob; los hizo una raza separada para Él, los sacó de Egipto de bajo el yugo de hierro; los condujo a través del Mar Rojo; los alimentó durante cuarenta años en el desierto; los llevó por diferentes lugares, y los instruyó de la misma manera que un hombre enseña a su hijo.

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Todo lo que requería de ellos era que Él fuera su Dios, que no pusieran ídolos en lugar Suyo, y que obedecieran Sus estatutos.

Exactamente lo mismo hizo con nosotros.

En Su longanimidad les envió profetas, uno tras otro, profetas que recibieron trato indigno de manos de ellos cuando reprendían sus pecados.

Dios, en Su infinita compasión, les dio una nueva oportunidad. Él tenía un Hijo, Su Bien amado Hijo, que envió a Israel. Con labios que derramaban misericordia, y con ojos desbordantes de ternura, vino.

¿Qué tiene que ver esto con nosotros?

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Es mi propósito hoy alcanzar las conciencias de nosotros ahora, para que no caigamos en semejante igualdad con un pueblo rebelde como Israel.

Hablaré de tres cosas el día de hoy.

I. LA ASOMBROSA MISIÓN:

“Por último, teniendo aún un hijo suyo, amado, lo envió a ellos.”

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Hemos sido llamados a Dios por las más fervientes súplicas de hombres fieles y mujeres afectuosas.

Se nos han predicado sermones que habrían conmovido a corazones de piedra; pero aun así, aunque sacudidos momentáneamente, permanecimos siendo obstinados enemigos de Dios, entregados a este mundo y olvidadizos del mundo venidero.

Después de todas estas repulsas, si el Señor hubiere cerrado la misericordia, y hubiese abierto el vaso de la venganza y la hubiera derramado sobre nosotros, ¿quién habría podido reprocharle?

En vez de lo cual, Él, todavía en Su longanimidad piadosa, nos habla por Su Hijo. Jesucristo, el Mensajero del pacto de gracia.

II. EL CRIMEN ASOMBROSO.

Lo asombroso de este crimen es que matamos al Hijo del Señor.

“No,” dirá alguno, “nunca matamos al Hijo de Dios.”

Pero un hombre puede hacer virtualmente aquello que no hace realmente.

El problema es que si con mis actitudes destruyo el testimonio de Cristo, entonces yo podría estar delante de Dios como partícipe del crimen.

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Hay muchos, hoy en día, que son culpables del cuerpo y la sangre de Cristo.

III. EL CASTIGO APROPIADO.

¿Qué, pues, hará el señor de la viña con estos labradores?

El deja que nuestra conciencia decrete el castigo.

Él deja que nuestra imaginación prescriba la suficiente condenación para un crimen tan horrendo, tan atrevido, tan cruel. Ellos han matado al hijo único de su señor, ¿qué hará él con estos labradores?

Identifico aquí un problema: El espíritu de este tiempo es el espíritu de la arrogante autosuficiencia. Creemos que no necesitamos del dueño de la viña.

Hermanos, cuídense que ninguno de nosotros peque contra el Espíritu Santo, poniendo nuestros criterios en rivalidad con Sus certezas. No vivamos nuestro propio Evangelio.

CONCLUSIÓN

Todos los que están siempre minimizando el infierno, lo están haciendo probablemente con la esperanza de aligerar las cosas para ellos mismos. Quien juzga que el castigo del impenitente es ligero, es abogado del diablo. Los verdaderos siervos de Dios dicen, “Conociendo, pues, el temor del Señor, persuadimos a los hombres.” Hermanos  lo que somos a Dios le es manifiesto.

GLORIA A DIOS

Acerca Rve. Milton Miranda

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