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La escritura para toda la familia

Predicas Cristianas

1 Juan 2:12-14

INTRODUCCIÓN:

En el tema, “Las Relaciones Perdurables”, traemos éste que envuelve a toda la familia. Juan ya era un padre con mucha madurez cuando escribió esta carta. La forma cómo se dirige a la iglesia revela un sentido paternal, al decir: “Os escribo…”. La intención del anciano apóstol es llevarnos a través de un proceso de madurez espiritual, utilizando la figura de la familia.

Nadie llega a madurar si no ha pasado por las tres etapas naturales del crecimiento. Esto quiere decir que no basta ser un creyente, sino un creyente maduro. Esta es la meta. En el presente pasaje encontramos las tres edades que conforman la vida de un ser humano: niño, joven y padre.

Estos crecimientos nos muestran el proceso de ir desde la niñez hasta la paternidad. ¿Cuáles son las marcas de la madurez? A lo mejor usted piensa que el estar espiritualmente saludable es una señal de madurez. Pero note que un niño de cinco años pudiera estar muy bien de salud, pero ser inmaduro.

Alguien pudiera preguntar ¿son los dones espirituales una señal de madurez? ¡Pues no! Sansón tuvo muchos dones, pero fue un creyente inmaduro. La iglesia de los corintios estaba adornada con todos los dones (1 Corintios 1:5-6), pero era una iglesia inmadura. ¿Cómo medimos la madurez de un creyente en la familia? Por la manera cómo crece en calidad.

La madurez es un proceso de toda la vida. No es una carrera de cien metros planos, sino un maratón donde corremos siempre. Usted puede ser un creyente con una visible vida espiritual, pero ser todavía un creyente inmaduro.

Lo que hace una relación perdurable en el seno de la familia es su madurez. La inmadurez de los padres hace hijos inseguros. Y la inmadurez de los hijos hace que los padres pierdan la paciencia. Veamos como debiera darse la madurez en la familia de Dios comenzando desde la niñez hasta la vida adulta.

I. “OS ESCRIBO A VOSOTROS HIJITOS” (vers. 12)

1. La niñez egoísta.

La madurez se enfrenta en el mismo comienzo de la vida. Se suponía que el único ser que entró maduro al mundo fue Adán, sin embargo, probó que era inmaduro cuando manifestó su egoísmo, visto en su desobediencia a las prohibiciones divinas. Pero a excepción de él todos tenemos que comenzar siendo niños. ¿Y quién es un niño?

Lo primero que decimos es que todos los bebés son hermosos. No importa el tamaño o color que tengan, ellos simplemente despiertan nuestra ternura y admiración. Pero, por otro lado, los niños son los seres más egoístas que existen. Quítele algo de las manos a uno de ellos y verá el lío en que se mete. Ellos no hacen nada, por lo tanto, viven ociosos. No piense usted que ellos le van a ayudar a limpiar la casa, pues no tienen ninguna consideración.

Ellos son los que se despiertan en la madrugada robándole a su madre el preciado sueño. La etapa de un nuevo creyente también transita la dulzura de la vida que comienza, y hasta siente en el llamado primer amor que todo gira alrededor de sí mismo. Pero un “bebé” en Cristo debe crecer. Tiene que dejar la etapa del biberón para ingerir comida sólida. Pablo dijo: “Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando fui hombre, dejé lo que era de niño” (1 Corintios 13:11).

2. El nuevo creyente es un “hijito” perdonado.

Lo primero que nos dice Juan respecto a los “hijitos” espirituales es que sus pecados les “han sido perdonados por su nombre”. Esta es una experiencia única. Pablo lo describe como a quien se le dio vida cuando estaba muerto en “sus delitos y pecados” (Efesios 2:1-3). Dos cosas le pasan al nuevo creyente: sus pecados son perdonados (vers. 12) y conoce al Padre (vers. 14). Eso es una obra consumada que le da garantía de vida eterna, seguridad de su salvación y la experiencia de conocer a Dios como su Padre.

Pero al igual que un bebé, el creyente no puede quedarse en esa etapa; ellos deben crecer. Ese crecimiento es lo que se conoce como “madurez espiritual”. Por su puesto que en una iglesia no todos los creyentes son maduros.

La realidad es que tenemos creyentes inmaduros; estos son los “hijitos” que solo se conformaron con haber tenido una experiencia inicial, pero no han avanzado. El llamado es a dejar de tomar leche para ir hacia alimentos sólidos que nos hagan maestros en la palabra (Hebreos 5:12-14).

3. Hay que sacar al niño de la cuna espiritual.

Cómo reaccionaría usted si un día llega a la sala cuna y encuentra a un hombre de cincuenta años meciéndose en una mecedora y chupándose el dedo gordo. Y cuál sería su impresión si al preguntarle le dijera que hace cincuenta años que visita ese lugar, y por cuanto le gustó se quedó por el resto de su vida en esa sala cuna.

Además de nuestro muy justificado asombro, concluiríamos que en ese “bebé gigante” se encuentra un desarrollo que se detuvo en el tiempo. ¿Tenemos esos “bebés gigantes” en nuestras iglesias? ¡Sí! ¿Cómo se reconocen? Bueno, son aquellos creyentes que se siguen alimentando de leche, chupándose el dedo gordo; que no crecen, sino que solo esperan que le sirvan. Son aquellos que están prestos para criticar todo lo que se hace.

Para ellos nada funciona bien en la iglesia. Todo les huele mal, todo les molesta, todo el tiempo tienen un espíritu contrario. Son creyentes sin sonrisas, chismosos, llorones; y muchas veces el blanco de sus críticas es el pastor. La iglesia de los corintios estaba llena de ellos. Pablo los llamó cristianos carnales; necesitados de leche, con una total falta de madurez. La gran misión es sacar a ese niño de la cuna y traerlo al terreno para que corra.

II. “OS ESCRIBO A VOSOTROS JÓVENES” (vers. 14)

1. Jóvenes fuertes.

Cuando Juan escribió, diciendo: “Os escribo a vosotros jóvenes porque sois fuertes”, estaba declarando una verdad universal. Los jóvenes tienen un vigor que no lo poseen ni los bebés ni los ancianos. Proverbios 20:29, nos dice: “La gloria de los jóvenes es su fortaleza, Y la hermosura de los viejos la vejez” (Versión de 1909).

Mire los jóvenes de su iglesia y comprobará por qué esto es cierto. La fortaleza de la “juventud espiritual” nos muestra a ese grupo de creyentes que han logrado vencer muchas de sus debilidades. Por cuanto ya no son bebés en el Señor, ahora ellos son poseedores de una gran fortaleza que los capacita para ser resistentes a los ataques del enemigo, pero también para soportar a los más débiles en la fe.

Ahora bien, la idea de Juan acá es describirnos al joven, no solo por su edad, sino por su madurez. Un joven puede ser fuerte físicamente, pero ser inmaduro en las demás cosas. Entonces ¿de dónde obtiene el joven esa fortaleza? Esto es lo más importante que debe saberse. Esa fuerza no viene por ir al gimnasio.

Acerca Julio Ruiz

Pastor en Virginia en los Estados Unidos, con 42 años de experiencia de los cuales 22 los dedicó en Venezuela, su país de origen. Otros 9 años los dedicó a pastorear en Vancouver, Canadá y los últimos 9 años en Columbia Baptist Church en su ministerio hispano, donde estuvo hasta agosto del (2015). A partir de octubre del mismo año (2015) comenzó una nueva obra que llegó a constituirse en iglesia el 22 de mayo de 2016 bajo el nombre de Iglesia Bautista Ambiente de Gracia en la ciudad de Burke, Virginia. El pastor Julio es Licenciado en Teología y ha estudiado algunas cursos para su maestría en Canadá. Además de haber sido presidente de la convención bautista venezolana en tres ocasiones, también fue profesor del seminario teológico bautista. El pastor Julio por espacio de unos 18 años publica sus sermones y artículos por estos medios. Es casado con Carmen Almera Ruiz y tiene tres hijas y una nieta: Laura, Oly, Sara e Isabella. Si usted quiere comunicarse con el pastor Julio, llámelo al (571) 251-6590.

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