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Reconcíliate

¿Cuántas veces hemos fallado en esta semana?

Alguien pudiera decir: Edgar yo no he fallado mucho; sin embargo no creo que en este lugar haya alguno que diga: yo no le he fallado en alguna cosa. Pues debido a nuestra condición humana metemos la pata muy a menudo y estos errores o fallas se convierten en obstáculos y se vuelven un estorbo para nuestras oraciones y no solo esto sino que también impiden que las bendiciones de Dios lleguen a nuestras vidas en la magnitud e intensidad en que él las envío.

La única forma de derribar esos obstáculos y poder recibir de él todo lo que tiene para nosotros y que nuestras oraciones lleguen a él sin estorbo es mediante una reconciliación con Él, y esta se logra a través del perdón. Pedir perdón requiere de valor, mucho valor para reconocer cuando uno se equivoco y ofrecer una disculpa en espera de la aceptación de esta y con una actitud de arrepentimiento.

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Perdonar requiere de humildad, mucha humildad para aceptar una disculpa, hacer a un lado el orgullo y quizás las heridas y perdonar a esa persona que tuvo el valor de pedírtelo.

Quiero que leamos una historia en la Biblia que nos habla acerca de este tema que es la reconciliación y lo encontramos en el evangelio según Lucas 15:11-24:

También dijo: Un hombre tenía dos hijos; 12 y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes. 13 No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente. 14 Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle. 15 Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos. 16 Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba. 17 Y volviendo en sí, dijo: !!Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! 18 Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. 19 Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros. 20 Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó. 21 Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo. 22 Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. 23 Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; 24 porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse.

Esta historia es un ejemplo de lo que les digo; por un lado el hijo fallo y cometió errores y tuvo que llegar un punto en el que reconoció esto se armo de valor y después de darle muchas vueltas se decidió a ir donde su padre y pedir perdón pensando que si lo perdonaba le permitiera ser uno de sus jornaleros. Por otro lado el padre, dice la Biblia que lo miro de lejos y fue movido a misericordia, corrió y se echo sobre su cuello y le beso. Aquí quiero resaltar algo, dice la palabra que este joven termino apacentando cerdos y que había llegado a una condición tan mala que deseaba llenarse de la comida de los cerdos.

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Así que no creo que se haya presentado limpio y arreglado con su papa; mas bien creo que iba sucio, maloliente, desnutrido, quizás harapiento y me sorprende esta parábola porque nos dice que “cuando aun estaba lejos lo vio su padre”. ¿Te das cuenta?

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