Saliendo de Egipto

Querido hermano o hermana ¿Cuál es tu Egipto en el día de hoy? ¿Cuál es tu naturaleza y condición delante de Dios? ¿Qué te apremia? ¿Cuál es tu esclavitud por la cual necesitas levantar clamor a Dios?

Algunos de nosotros tenemos más de un Egipto en nuestras vidas. Y muchos ponemos nuestra confianza y esperanza en los hombres, en la suerte, en las soluciones fáciles y aun en las fortalezas de otros. Pero hoy Dios está aquí para decirte que fuera de Él no tienes nada. El está aquí para decirte que le levantes clamor con grito y con voz lastimosa porque El quiere reconocerte, El quiere examinarte, conocer tu contenido y sacarte de Egipto.

Dios sale a nuestro encuentro:

Dice la palabra que Dios, habiendo llamado a Moisés, le dijo: «he visto la aflicción de mi pueblo que está en Egipto, y he oído su clamor… pues he conocido sus angustias» (Ex. 3:7). Dios ve, Dios oye, y Dios conoce tus angustias.

Pero en muchas ocasiones nuestras primeras reacciones ante el llamado de Dios es pensar en las imposibilidades. Queremos salir de Egipto, pero nos quedamos inmóviles e inertes ante el reto porque no nos enfocamos en la grandeza y el poderío de quien nos llama, sino que nos concentramos en los obstáculos y en nuestras debilidades.

Así también ocurrió con Moisés. La Biblia describe cómo Dios atiende las objeciones y argumentos de Moisés sobre las imposibilidades. La primera reacción y los primeros pensamientos de Moisés al escuchar el llamado de Dios son sobre sus propias incapacidades. ¿Quién soy yo para que vaya a Faraón, y saque de Egipto a los hijos de Israel? Le responde a Jehová (Ex. 3:11).

En ocasiones nosotros también reaccionamos con imposibilidades ante el llamado de Dios. No puedo porque soy débil, no puedo porque soy feo o fea, no puedo porque soy negro, no puedo porque no hablo inglés, no puedo porque estoy sola, no puedo porque no tengo escuela, no puedo porque soy pobre. Pareciera que es más fácil identificar las imposibilidades y los obstáculos que las promesas que Dios nos ha concedido en Cristo Jesús.

Pareciera que no nos atrevemos a entrar en la tierra que fluye leche y miel. Pareciera que nos atemoriza hacer uso de nuestra fe, como si tuviésemos temor de descubrir, como se ha dicho, que Dios es una ilusión o creación del hombre para dar solución a las cosas que no entiende, que no puede solucionar por sí mismo.

Eso pareciera, pero en efecto lo que ocurre es que a veces ponemos más atención a la voz del enemigo que a la voz de Dios, optamos por atender al rey de Egipto en lugar de atender al rey de reyes, al que vive para siempre. La palabra dice que Dios le dio a Moisés una directriz clara y específica para que fuese al rey de Egipto y le dijese «Jehová el Dios de los hebreos nos ha encontrado…» (Ex. 3:18).

Si, amado hermano y hermana, Jehová nos ha encontrado. El ha salido a nuestro encuentro independientemente de cuál sea nuestro Egipto. Y a diferencia de los hebreos, a quienes les envió a Moisés; a nosotros nos ha enviado a uno más grande: a su hijo unigénito, a Jesús el Cristo, para que escuchemos su voz y seamos salvos. Para que oigamos su voz y salgamos de Egipto cualquiera que éste sea.

Bendito sea su nombre por siempre y para siempre ¡Amén!

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