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Una fe que asombró

Todos sabemos que la Palabra de Dios no invita a vivir en la fe. No considero que exista algún cristiano en la tierra que no esté en el conocimiento de que sin fe no se puede agradar a Dios. Como antes he mencionado, en innumerables veces, la confianza en Dios es lo que nos distingue de los demás.

Tristemente, en diversas épocas de la vida la fe se debilita, la fe blandea, y sentimos que nos abandona. Pero ¿A qué se debe esto? ¿Cuál es la causa de que se debilite la fe? El origen primordial es que en la fe de aquellos que nos acercamos a Dios interviene de modo negativo situaciones cotidianas.

La fe de los creyentes en Nuestro Señor es enormemente mediada por el contexto o entorno del acontecer ordinario de la vida. Esta es la cuestión que me interesa abordar hoy.

Me gustaría que nos cuestionemos y analicemos si la fe que decimos tener en Dios es auténtica, o es una fe que se contextualiza. Dicho esto, demos paso a la Palabra de Dios.

Mateo 8:5-13Entrando Jesús en Capernaum, vino a él un centurión, rogándole, 6 y diciendo: Señor, mi criado está postrado en casa, paralítico, gravemente atormentado. 7 Y Jesús le dijo: Yo iré y le sanaré. 8 Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado sanará. 9 Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo mis órdenes soldados; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace. 10 Al oírlo Jesús, se maravilló, y dijo a los que le seguían: De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe. 11 Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos; 12 mas los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes. 13 Entonces Jesús dijo al centurión: Ve, y como creíste, te sea hecho. Y su criado fue sanado en aquella misma hora.

Como bien dice arriba, a Jesús llegó este oficial romano solicitándole que realizará un poderoso milagro en su sirviente; él le suplicó que aliviara a su sirviente de un padecimiento que acabaría con su vida, si Jesús no lo aliviaba. Sin embargo, para lograr comprender enteramente el sentido de lo que aquí nos dice, y para lograr captar correctamente la palabra de Dios hacia nosotros, es preciso indagar más acerca del origen de este individuo. Evidentemente, esta persona, fue un adversario del pueblo de Israel. Este centurión dirigía cien hombres del total de las huestes romanas que invadían el pueblo de Dios, y no era un militar ordinario. Ser un centurión en los regimientos de Roma era una señal de que era un oficial experto y profesional en el arte de la guerra. Los centuriones fueron el baluarte de la supremacía de Roma, y el compromiso era vigilar la disciplina, y salvaguardar el respeto y aplicación de la ley. Esta clase de generales disfrutaban de tener a su servicio cien soldados, por eso “centuriones”, y si este emitía un edicto, se efectuaba como la costumbre lo dictaba, y él la ejecutaba con el poder del César.

Dicho de otra manera, las disposiciones de este general se ejecutaban sin lugar a cuestionamientos, puesto que hacer frente a una de sus disposiciones se podía interpretar como un reto al mismo príncipe de Roma, esta afrenta se pagaba con la vida. Así pues, podemos afirmar que este individuo era un personaje con poder, y conocía muy bien sus efectos. Por otro lado, el centurión ya tenía conocimiento sobre Jesús y sus preceptos. El centurión no sabía mucho sobre la Palabra de Dios, con esto me refiero a que estaba falto de las declaraciones sobre Jesús en el Antiguo Testamento. No obstante, aun cuando este militar escaseaba de este saber, él aprovechó de su juicio de militar, él hecho mano de las nociones que tenia de la soberanía para robustecer su fe en un instante de gran peligro.

Retomando. Al inicio les dije, la fe de muchos de nosotros, y en general de muchos individuos, se ve influenciada por el contexto en el que se desenvuelve. Una gran realidad es que si algo nos sale mal, o si algunos eventos toman el rumbo de acuerdo a nuestros intereses se torna muy sencillo estar en paz con Dios y mantener intacta nuestra confianza en él. Empero, en el momento en que Dios nos pone a prueba, en ese preciso instante que aparecen las complicaciones, el dolor y el sufrimiento, en la mayoría de las veces nuestra fe falla, y la sensación de que Dios nos ha olvidado nos invade el pensamiento y nos aflige el espíritu. Pero, cuando esto nos acontece, nace la pregunta ¿cómo reaccionar para evitar que esto nos pase? Puede parecer complicado, pero para prevenir que eso nos pase es preciso construir una fe auténtica y genuina. Una fe tan fuerte que sea capaz de hacerle frente a cualquier adversidad ¿Cómo conseguirlo? Esto solo podemos conseguirlo siguiendo la enseñanza que nos heredó el centurión. Para ello es preciso seguir tres pasos que nos llevaran a edificar la clase de fe que necesitamos para hacerle frente a las situaciones adversas.

Primer paso. Una verdadera fe se edifica en la plena confianza en la misericordia del Señor.

En los versículos que nos encontramos meditando en este día. Hallamos lo que sigue: “Entrando Jesús en Capernaum, vino a él un centurión, rogándole, 6 y diciendo: Señor, mi criado está postrado en casa, paralítico, gravemente atormentado. 7 Y Jesús le dijo: Yo iré y le sanaré.” Reparemos en que el general era infiel, un gentil. Aun peor que esto, él era un militar opresor, él era un soldado de las huestes del Cesar que tenía sometido al pueblo judío. Y de acuerdo con este testimonio, se puede notar que el general tuvo la fe en Jesús, se percató que él era el único medio para ayudar a su sirviente. Siendo así se deshizo de las ataduras de la división cultural que los separaba, dio carpetazo a la separación espiritual que los dividía, doblegó su orgullo y sin miramientos se acercó a Jesús. Él sin dudar se acercó al hijo de Dios, depositó su confianza en la nobleza y misericordia de Jesús. Como antes dije, este militar, tengan por seguro, que ya había oído sobre los preceptos del Jesús. Este centurión estaba en conocimiento de cómo Jesús había tocado la vida de otros hombres, y sin lugar a dudas fue esta información la que influenció su fe en Jesús. Así pues, en primer lugar para desarrollar una fe fuerte y sólida es desechar el orgullo, desaparecer las fronteras que los hombre hemos construido y que solo nos separa, y así como el centurión confiar en la misericordia de Dios.

Numero dos. Una fe auténtica se edifica en la medida en que nos acercamos a Dios como hombres humilde, y no solo pidiendo y demandando de él.

Pongan atención a lo que nos dicta el versículo ocho: “Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado sanará.” Aquí nos percatamos de que el general solicitaba a Jesús que curara a su siervo, aquí no se nota que el centurión haya abusado de su autoridad para intimar a Jesús. Por el contrario, se puede ver un centurión que se humilla ante Jesús. Hermanos míos, he aquí el sacrificio que no todos hacen. No todos están dispuestos a mostrarse humildes y humillarse ante Dios y nada más se presentan ante Él solicitando, pidiendo. Cuando le oramos al Padre tenemos que tener mucho cuidado con lo que le pedimos. Debemos ser muy precavidos de no postrarnos ante su majestuosidad solo demandando aquello de lo que creemos precisamos en nuestra vida diaria, o que a nuestro parecer nos faltan ¿Por qué digo esto? Señalo esto porque tristemente el hombre siempre está poco conforme con lo que posee, familia, amigos, trabajo pero sobre todo vida material. Aun cuando poseamos riquezas siempre queremos más, no nos basta; cuando finalmente logramos comprar una casa, nos hace feliz por un tiempo y luego la queremos más grande; si es un automóvil nos molesta que sea viejo y queremos uno del año. Es como si nada de lo que poseemos fuera suficiente para nosotros, todo indica que merecemos más y lo mejor ¿Es cierto, o no?

Empero, al acercarnos a Dios con esta bandera de insatisfacción, cuando vamos pidiendo en lugar de agradecer, en ese momento cometemos el pecado. Incurrimos en el pecado de la codicia. ¿A qué se debe esto? Se debe a que no nos estamos acercando a Dios humillados, vamos a Él solicitando nos complazca, satisfaga un apetito voraz por cosas mundanas y materiales. No vamos en busca de satisfacer su voluntad, de acatar lo que ha sido su voluntad darnos. Es por ello que nuevamente les digo debemos tener mucho cuidado de no ir a postrarnos ante su magnificencia solicitando una vida material que no necesitamos, pero que creemos merecer. Hagamos memoria de que Dios tiene pleno conocimiento de lo que cada uno de nosotros precisa para vivir y merece (Mateo 6:8.) El centurión se rindió ante Dios y reconoció y confesó que él no era meritorio de la misericordia de Dios, y se aproximó a Jesús humilde. Busquemos entre nosotros y démonos cuenta que hoy ninguno de nosotros somos merecedores de Su bondad (Romanos 3:23.) Así, nuestro segundo paso para edificar una verdadera fe, sólida y auténtica, es aceptando que no somos merecedores de Su bondad, y acércanos a Dios humildes y dispuestos a aceptar sus designios.

Numero tres. La verdadera fe surge y se desarrolla cuando comprendemos el orden de la autoridad.

A lo largo de mi discurso he venido exponiendo sobre el poder de Dios y su autoridad sobre el hombre. Explique cómo este centurión ejercía su poder; él ostentaba poder sobre una soldadesca de cien hombres, y sus mandatos eran ejecutados sin cuestionamientos. Pongan atención lo que dicta el versículo nueve: “Porque también yo soy hombre bajo autoridad, y tengo bajo mis órdenes soldados; y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.” Lo enunciado sobre la autoridad es sencillamente algo que cuesta trabajo entender a los cristianos, siendo esta la causa por la que muchos caen repetidamente en faltas, en el pecado; y es así que muchos reinciden en la terrible esclavitud de las cosas mundanas. Hermanos, Jesús es la autoridad suprema (Mateo 28:18.)

No existe y nunca existirá nadie mayor que Él (Filipenses 2:9-11.) Para continuar me gustaría hacer una pausa y exponer otro aspecto sobre la autoridad. Existen dos tipos de autoridad. Existe la autoridad suprema, quien es Cristo Jesús, y existe la autoridad delegada que es la autoridad que fue entregada a toda persona que confía en Dios (Juan 14:12.) El problema esta en que muchos creyentes no usan la autoridad que Dios nos ha delegado (Lucas 10:19.)

Los seguidores de Cristo no ejercen el poder que les otorgó Dios en su vida diaria. Son cuantiosos los que piensan que ellos no tienen la posibilidad de someter la obra maligna de su adversario en su acontecer cotidiano ¡Vaya que equivocados están! Esto, tristemente puede llevar a muchos a idolatrar a hombres simples. Puntualizo en esto porque no es extraño encontrar a individuos que depositan su fe en las suplicas de un solo hombre, y no en sus propias predicas a Dios. Creo que sería mejor si ilustro mi exposición con una breve historia. Unos años atrás uno de los más famosos evangelistas estuvo en Miami, estuvo para conducir una campaña, entonces había un hombre joven que padecía una enfermedad que lo mantenía postrado sobre una silla de ruedas. El muchacho confiaba en Dios, pero sobre todo confiaba en que Dios le sanaría mediante las oraciones de este predicador, y el joven asistió a la campaña encabezada por el predicador.

Al concluir su servicio el predicador hizo un llamado y un gran número de los asistentes abrieron camino y se colocaron al frente del salón. Nuestro protagonista se encaminó también hacía el frente entre la multitud, sin embargo fue alcanzado por uno de los asistentes del predicador y por más que lo deseo no consiguió acercarse para que el predicador pusiera sus manos sobre él y le hiciera una oración. ¿Ustedes saben por qué? Los asistentes del predicador le explicaron que Dios no le había aliviado hasta ahora, no podía dar testimonio de nada. Él trato de explicarles su creencia y postura al respecto; él les comentó que tenía la certeza de que Dios le aliviaría, y también de sus grandes deseos de que este predicador orase por su pronto alivio, pero no hubo argumento válido. El “no” fue rotundo.

Al final del día, el joven salió en peores condiciones. Al ingresar entro feliz con fe en Dios y al concluir su visita estaba sin esperanza ¿Por qué se sintió desesperanzado? El experimentó esta terrible decepción porque deposito su fe en un hombre ordinario, cuando debía haberla puesto en Dios.

No deben mal interpretar lo que les digo. Esto no significa que no debemos hacer oración por el prójimo; esto no debe entenderse que debemos de parar de pasar delante de ustedes; no quiero que pienses que estoy diciendo que no hay predicadores con dones especiales. Lo que pretendo decirles que la fe de cada uno de nosotros no debe, ni puede ser puesta en los hombres. Asimismo, le digo que si entendemos la dirección en la que corre la autoridad, entonces comprenderemos que nuestros ruegos y oraciones son escuchados como las de un predicador o cualquiera de nosotros (Santiago 5:16) Antes de concluir les repito que solo si conseguimos comprender el fluir de la autoridad que Jesús nos ha dado podremos acabar con la triste obra del impostor sobre nuestra existencia. Así el tercer y último paso para una fe auténtica y resistente es entender la autoridad de Dios. Aclaro, es preciso primero aceptar que nosotros nos hallamos siempre bajo su poder y autoridad. Es decir, debemos aceptar someternos a Él.

Conclusión.

En los versículos que hemos estudiado este día lo que nos dice la palabra de Dios es: “Al oírlo Jesús, se maravilló, y dijo a los que le seguían: De cierto os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe. 11 Y os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham e Isaac y Jacob en el reino de los cielos; 12 mas los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes. 13 Entonces Jesús dijo al centurión: Ve, y como creíste, te sea hecho. Y su criado fue sanado en aquella misma hora.” Solo piensen esto, ¡Jesús quedó sorprendido! ¿Por qué se sorprendió Jesús? Se quedó sorprendido porque la fe de este soldado acabó con fronteras que separaban a sus pueblos. Jesús se sorprendió porque la fe de este hombre derrumbó las divisiones espirituales que existían. Jesús se maravilló al ver que este hombre enemigo de su pueblo, sin conocimiento de Dios, dio una gran muestra de una fe auténtica. Este soldado se entregó a la misericordia de Dios. Se postró ante Dios humilde, aceptando y reconociendo que no merecía la bondad del Señor. Y a su vez aceptó la superioridad de Cristo en la tierra, sobre los hombres.

El centurión aun siendo considerado como un enemigo del pueblo judío, dio muestra veraz de una fe auténtica, lo que el pueblo de Dios no logro darle a su propio hijo. Como dice al comienzo, todos estamos al tanto de que estamos hechos para vivir por fe, lo mismo que sin fe no podemos agradar a Dios (Hebreos 11:6) No consintamos que los acontecimientos desafortunados o afortunados determinen nuestra fe. Dios encuentra su gozo en que nosotros logremos una fe incondicional en Él. Son los deseos de Dios que vivamos en una fe capaz de superar toda adversidad.

Aprendamos del centurión, vayamos a Dios cándidos en Su bondad, con un corazón humilde, y profesando la autoridad que Él nos ha otorgado. No olvidemos que la fe autentica y real será premiada por Dios. Escuchemos bien lo que nos dice aquí la Palabra “Y su criado fue sanado en aquella misma hora.” ¿Tienes un problema, quieres ver que desaparezcan las adversidades de tu vida? Edifica tu fe en Dios.

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