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Cicatrices en la vida

Reflexiones Cristianas

Evangelio de Hoy.. Lectura Biblica: Colosenses 3:9-10 «No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, 10 y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno«

Cada vez que alguien tiene una herida profunda o superficial, el cuerpo por lo general hace un buen trabajo recuperando el tejido dañado o perdido y lo vuelve a “pegar”. Pero por lo general este requiere de ayuda externa para sanar y aunque este sane, nunca volverá a estar en su forma original. Siempre queda una marca, un recordatorio que en esa parte del cuerpo un día sucedió algo que causó mucho dolor.

Siempre estas historias tienen muchos detalles interesantes sobre el hecho que pasó, y nos causa curiosidad por saber aquella experiencia de ese individuo, siempre nos preguntamos, ¿qué fue aquello que le dejó tal marca en su cuerpo?

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Algo muy interesante de una cicatriz es que no duele. Puede que sea fea, puede que sea grande, puede que esté en un lugar poco convencional del cuerpo. Pero con el pasar del tiempo aquella herida que dolió tanto, que un día causó tanta agonía en la vida de alguien, pasa a ser un recordatorio. (Filipenses 3:12-14).

Mi amigo Mateo, después de una rutina ardua de gimnasio, como muchas otras, estaba hablando con un grupo de sus amigos y alguien sugirió hacer un “pulso” (arm wrestling) entre amigos. Mi amigo aceptó, pues era algo común entre compañeros de gimnasio, para probar su fuerza y alimentar un poco su ego.

Y así comenzó, mi amigo Mateo venció el primer contrincante. Venció al segundo, y cuando llegó el turno del tercero se empezó a sentir un poco agotado. Pero no estaba dispuesto a retirarse todavía.

Su contrincante se acercó, se miraron a los ojos, sonrieron y mutuamente se desearon buena suerte. Estrecharon sus brazos/manos y cada uno comenzó a tirar lo más fuerte que pudo, del brazo del otro.

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Mateo se sentía cansado, pero iba muy bien. Agachó su cabeza mientras tiraba del brazo de su amigo lo más fuerte que pudo, cerró sus ojos para concentrarse y podía escuchar a la audiencia animándole a seguir. De repente Mateo escucho un “click” resonante. El pensó que algo había caído, pero ese “click” fue precedido por un suspiro de terror colectivo, y luego todos se quedaron en silencio.

Mateo levanto la cabeza, e incrédula mente, miro como su brazo estaba completamente doblado para helado puesto. Su amigo todavía sostenía su mano con ojos de terror. Pero Mateo no podía sentir nada más que un profundo calor en todo su brazo.

Tardó un par de segundos para que todo el mundo procesara lo que estaban mirando. Por fin se lo llevaron rápido a emergencias para ser debidamente atendido.

Mateo se partió en dos ambos huesos de su antebrazo. Le tuvieron que insertar unas varillas de metal que sobresalían de su cuerpo, para mientras estos se curaban. Su recuperación duró interminables meses, seguido de terapias y ejercicios para ganar fuerza y movilidad nuevamente.

Durante todo este tiempo su rutina, amistades, perspectiva y muchas otras cosas más cambiaron en la vida de Mateo. Simplemente no fue el mismo, hubo un antes y un después.

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Para Mateo, este fue un calvario que no desea volver a pasar. Cuando cuenta su historia, cada vez que se lo piden, siempre termina sintiendo escalofríos al recordarlo. Pero al final siempre repite con una sonrisa una y otra vez; “Me alegro de que haya terminado”.

El calvario de Mateo es un ejemplo perfecto de cómo las heridas internas ocurren en nuestra vida. En un momento inicial hay mucha incredulidad, negación y hasta llegamos a no sentir nada. Luego viene la dura realidad de enfrentar el dolor, es un dolor agobiante, que no se va. Un dolor que no se puede esconder, y nadie te puede ayudar, lo único que queda es sufrirlo.

Estos eventos nos transforman, y nos obligan a cambiar la rutina. Nos quita personas de las que estamos acostumbrados a depender, y nos deja sin nadie o en un nuevo ambiente al que no estamos acostumbrados y que a veces nos rehusamos a aceptar.

Una vez que la herida sana por completo, queda la cicatriz y es un recordatorio constante no sólo de lo que pasó, no sólo de aquel momento en que la vida cambió, sino también de todo lo que se llevó y a veces eso es lo que más duele y es donde no queremos llegar.

Si tu cicatriz todavía te duele es porque todavía es una herida.

Si tu cicatriz todavía te duele, es porque te has rehusado a aceptar tu nueva realidad, todavía no has salido de aquel estado de negación.

Yo te pregunto hoy; ¿cuántos años lleva tu herida abierta? ¿cuántos años más estás dispuesto a dejar pasar sin ser completamente sano, en realidad crees que vale la pena todo ese tiempo? (Job 9:25Mis días han sido más ligeros que un correo; Huyeron, y no vieron el bien.») Muchas veces la bendición que estamos pidiendo, no depende de Dios, sino que depende de ti mismo. Cierra ya tu herida, déjala que sane.

¡Es que va a doler!

Si, pero después sanará de una vez y para siempre y tendrás un firme recordatorio de valentía y supervivencia.

© Hilda Hernández. Todos los derechos reservados.

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