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Desnudarse para seguir viviendo

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Una de las promesas que le dejó Dios a Noé, después del catastrófico diluvio que acabó con todo ser viviente, fue que “mientras la tierra permanezca, no cesarán la sementera y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, y el día y la noche” (Génesis 8:22). Esta promesa indicaba que Dios cumpliría lo que prometió al principio de su misma creación, dejando una estación para cada época, pero cumpliendo en cada una de ellas una función necesaria para mantener el llamado equilibrio de todo su ecosistema.

Estas cuatro estaciones del año, conocidas como: primavera, verano, otoño e invierno, forman parte de lo que el sabio de antaño afirmó acerca de Dios, cuando dijo que “todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin(Eclesiastés 3:11).

Para los que vivimos en lugar donde se dan estos ciclos naturales, la época del otoño es considerada como la más bella del año. Una de las razones es por el multiforme colorido al que son sometidas las hojas de los árboles, pasando de un color verde a amarillo, rojo y anaranjados, dando a nuestros sentidos una sensación de imponderable belleza y a nuestro espíritu un remanso de absoluta paz interior.

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Al ver semejante espectáculo tenemos obligatoriamente que prorrumpir en un canto de alabanza al creador, quien no ahorró pintura para revelarse como el más grande y sublime pintor, al usar la perfección de su pincel eterno de modo de ponerle a su creación el más indescriptible toque de primor en el otoño de su imaginación.

Pero lo que sabemos de esta época, estas hojas coloridas duran muy poco, porque a la cercanía del intenso e implacable invierno, se caen todas, dejando después un cuadro desolador, porque los árboles tienen que desnudarse para vivir la inclemencia de la próxima estación.

¿Qué es lo que sucede? Los expertos en estos cambios naturales nos dicen que este fenómeno tiene que ver con la fotosíntesis que produce la energía del sol. Esta función es la que da origen a la clorofila, la pigmentación que da los colores. Pero la falta de calor del sol hace que los árboles no produzcan mucha sabia, y éstos, para mantenerse vivos, expulsan sus bellas hojas y se quedan desnudos para seguir viviendo en el invierno.

En esto hay algo maravilloso con marcadas lecciones para nuestras vidas. El acto de quedar sin las hojas, que dan la sombra en el verano y de donde vienen los anhelados frutos, es un sacrificio para los árboles. Pero al final, el “heroísmo” de nuestra naturaleza trayendo una muerte temporal, dará a luz la resurrección que nos revela la hermosa primavera. De esta manera vemos a Dios manteniendo la vida en todo aquello que hizo hermoso.

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Aprendamos de los “árboles otoñales” la lección de desnudarse para preservar la vida. Aprendamos de aquellos hombres que tienen que desprenderse de las cosas más valiosas con el propósito que otros vivan. Aprendamos de aquellas madres que sacrifican sus sueños, sus comidas, sus vestidos y en algunos casos, hasta sus propias vidas, para mantener con vida a sus hijos.

Aprendamos de aquellos hombres y mujeres que andan por todo el mundo predicando el evangelio, muchas veces carentes de las mínimas cosas, para mantenerse vivos y bendecir a los que ellos tocan con el mensaje que predican.

“Desnudarse para seguir Viviendo” es más que una filosofía de vida, es la esencia del evangelio. Ya sabemos que nuestro amado Cristo pasó por la vergüenza de la desnudez para mantener con vida a todos los que a él acudan, al perdonarles sus pecados y asegurarles la resurrección futura, la auténtica “primavera” de la vida, en el tiempo de su segunda venida.

Disfrutemos del otoño con admiración y adoración, porque pronto vendrá el invierno. Preparemos nuestra “sabia” espiritual, calentándonos con el poder del Espíritu, hasta darle la bienvenida a la otra estación de la vida. Amén.

© Julio Ruiz. Todos los derechos reservados.

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Acerca Julio Ruiz

Pastor en Virginia en los Estados Unidos, con 42 años de experiencia de los cuales 22 los dedicó en Venezuela, su país de origen. Otros 9 años los dedicó a pastorear en Vancouver, Canadá y los últimos 9 años en Columbia Baptist Church en su ministerio hispano, donde estuvo hasta agosto del (2015). A partir de octubre del mismo año (2015) comenzó una nueva obra que llegó a constituirse en iglesia el 22 de mayo de 2016 bajo el nombre de Iglesia Bautista Ambiente de Gracia en la ciudad de Burke, Virginia. El pastor Julio es Licenciado en Teología y ha estudiado algunas cursos para su maestría en Canadá. Además de haber sido presidente de la convención bautista venezolana en tres ocasiones, también fue profesor del seminario teológico bautista. El pastor Julio por espacio de unos 18 años publica sus sermones y artículos por estos medios. Es casado con Carmen Almera Ruiz y tiene tres hijas y una nieta: Laura, Oly, Sara e Isabella. Si usted quiere comunicarse con el pastor Julio, llámelo al (571) 251-6590.

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