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Cuanto Sabes de la Tentacion Parte 2

Estudios Biblicos… Predicas Cristianas

¿CÓMO DERROTAMOS  LA  TENTACIÓN?

“…Huye también de las pasiones juveniles,  y sigue la justicia,  la fe, el amor y la paz, con los que de corazón limpio invocan al Señor…”  (2 Timoteo 2:22)

Cada vez que intentamos bloquear un pensamiento  en tu mente, lo grabas más profundo  en tu memoria. Cuando lo resistes, en realidad lo refuerzas. Esto resulta especialmente cierto en el caso de la tentación. No la derrotas luchando contra los sentimientos  que te produce.  Cuanto más luchas contra un sentimiento,  tanto más te consume y te controla. Realmente  lo fortaleces cada vez que piensas en él. Dado que la tentación siempre empieza con un pensamiento, la manera más rápida para neutralizar su fascinación  es concentrarte en otra cosa. No luchas contra ese pensamiento,  simplemente y procura interesarte en otra idea. Este es el primer paso para derrotar la tentación.

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La batalla contra el pecado se gana o se pierde en la mente. Cualquiera cosa que atrape tu atención te atrapara a ti. (Job 31:1). En forma  natural nos acercamos a cualquiera cosa en la que nos concentremos. Cuanto más pienses, tanto más fuerte  te retendrá. La tentación empieza por captar tu atención. Lo que capta tu atención estimula tu deseo. Después tus deseos activan tu conducta, y actúas con base en lo que sentiste. Hacer caso omiso a una tentación es más eficaz que luchar contra ella. En cuanto tu mente esta en otra cosa, la tentación pierde su poder. Así que, cuando la tentación te llame por teléfono, no discutas con ella. ¡Simplemente  cuelga!

Hay ocasiones en que lo correcto es huir. Levántate y apaga la televisión. Aléjate de un grupo que este contando cosas no provechosas  chismes, malas conversaciones. Abandona  las películas o novelas donde se presentan  acto que estimulan tu mente o te hagan sentir deseo de lo que estés viendo. Para que las abejas no te piquen,  quédate lejos del enjambre. Desde un punto  de vista espiritual nuestra mente es el órgano más vulnerable. Para reducir las tentaciones mantén tu mente ocupada en la palabra de Dios. Los pensamientos  malos se derrotan pensando  en algo mejor. Este es el principio de reemplazo.

Vence el mal con el bien. (Romanos  12:21). Si realmente quieres derrotar la tentación, debes organizar tu mente y monitorea tu consumo de medios de información: televisión, Internet  la cual es malísima, películas  nocturnas y revistas no edificadoras. No tienes que hacer publica tu tentación al mundo entero, pero necesitas contar con por lo menos una persona a quien expresarle con sinceridad tus luchas. (Eclesiastés 4:9-10). Algunas  tentaciones solo se superan con la ayuda de compañeros que ora por ti, te anima y te ayuda a sumir tu responsabilidad. ¿Realmente quieres ser sanado de esa tentación que sigue derrotándote de continuo? La solución es muy clara: ¡No la reprimas; manifiéstala!  La revelación de tu sentimiento  es el principio  de la sanidad Satanás quiere que pienses que tu pecado y tentación son únicos y que por lo tanto, los tienes que guardar en secreto. La verdad es que todos estamos en el mismo barco.

Todos luchamos contra las tentaciones. Dios nos advierte: Nunca debemos ser arrogantes ni confiados en exceso; esto es la receta para el desastre. No te coloques descuidadamente  en situaciones tentadoras. Evítala. Recuerda que es más fácil  huir de la tentación que salir de ella. (1 Corintios 10:12). Recuerda. Si quieres escapar de la tentación, huye hacia Dios. Satanás   y sus demonios  acechan   la vida  diaria   de todos  los creyentes   ofreciendo   todo tipo  de seducción   con el propósito   de inducir   al Cristiano   a apartarse  de su andar   con Cristo  fiel y obediente.

Nadie  está  exento  de los ataques   Satánicos,   y tampoco   nadie puede  tener  una  completa   victoria   al enfrentarse    con el (1 Juan   1:8,10),  pero  algunos Cristianos   sucumben   a la tentación   tan  seguido  que  creen  que  no tienen  ninguna esperanza   de victoria.   Ellos  se desaniman   y entran   en la tentación   rindiéndose    sin ningún  tipo  de esfuerzo  por  salir.  Esta  es una  desafortunada     condición,   la cual  surge de la desesperación,    puesto  que  ciega al creyente   acerca  de la maravillosa   provisión que Dios ha hecho  para  que  se obtenga   la victoria   sobre  la tentación.

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La primera   cosa que  un Cristiano   ha de saber  es que Dios nunca  es quien  le dirige hacia   el pecado.  El Apóstol  Santiago   claramente    condena   la actitud   que  culpa  a Dios por  las  circunstancias    tentadoras    (Santiago   1:13-15).  Dios puede  probar   a sus hijos,  lo cual  es un  proceso  destinado   a purificarlos   y fortalecerlos,    pero  jamás   les guía  hacia  el pecado.   Sin ninguna   excepción,  el pecado  siempre   es el resultado   de una  simpática cuerda   que  la tentación   hace  sonar  en el corazón   humano,   y el hombre   no tiene  a nadie  a quien  culpar   sino a él mismo. De hecho,  debe  culparse   a sí mismo  si es que  ha de gozar  del perdón.

La  nuestra   es una  época  en la cual  la culpa  es siempre   derivada   a la sociedad,   a la presión  que  ejerce el tiempo  que  parece   cada  vez más corto,  o sobre  cualquier   otra  cosa o criatura.  Si uno ha de ser perdonado,    entonces  deberá   humildemente    admitir,   “Yo  he pecado”. Mientras   esté buscando   algo o alguien  sobre  quién  echar  la culpa,  será  totalmente inútil  que trate  de combatir   la tentación. El cristiano  necesita  reconocer   el rol que  cumplen   las Escrituras    en la victoria   sobre  la tentación.   El Salmista   dijo,  “En  mi corazón   he guardado   tus  dichos,  para  no pecar contra   ti”  (Salmo  119:11).  Cuando   la Palabra   de Dios llega  a ser una  parte  integral   en la vida  del creyente,   le fortalece   contra   el poder  que  posee  la tentación.   Cristo  mismo demostró   el poder  de las Escrituras    cuando  él mismo  se sometió  a la tentación   de Satanás   citando   el Antiguo  Testamento   (Mateo  4:7).

El estudio  sistemático   y en oración   de las Escrituras    es un requisito   absoluto   para  vencer  la tentación.   La  Palabra no sólo nos advierte   de los métodos  de Satanás   (1 Corintios   2:11),  sino que  también nos provee  del poder  que necesitamos   ante  sus ataques   (Efesios  6:11-17). Otro  asunto  esencial  en la victoria   es evitar  la tentación.   En  muchas  ocasiones  Cristo enseñó  a sus discípulos   a orar  para  no entrar   en tentación   (Mateo  6:13Lucas  22:40).

Algunos  creyentes   entienden   que  la tentación   no es lo mismo  que  el pecado,  por  lo tanto  sienten  que  pueden  disfrutar  de las sutilezas  de la tentación   sin recibir   daño alguno.  Esta  conducta   viene  a ser como  un juego  en donde  uno  trata   de correr el mayor  riesgo  sin llegar  a ser derrotado  por  el pecado.  Esta  actitud es pecaminosa en sí misma  puesto  que falla  en tomar seriamente  los mandamientos de Dios concernientes a la santidad   tanto  en actitud   como  en acción.

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Uno de los pasajes   más  cruciales   en cuanto  a la tentación  es 1 Corintios  10:13: “…No  os ha sobrevenido   ninguna   tentación   que  no sea humana,   pero  fiel es Dios que  no os dejará   ser tentados   más  de lo que  podáis  resistir,   sino que  os dará juntamente  con la tentación,   la salida  para  que  podáis  soportar…” Este versículo   es la garantía   de Dios de que  nunca  permitirá  a Satanás   llegar  muy lejos. La  intensidad   de la tentación   y la vía de escape  estarán   a la medida   individual,   y nunca  excederá   la capacidad   del creyente. Saber  que  hay  una  vía de escape,  y usar  esa vía de escape,  son dos cosas  distintas.

Si uno  es ignorante   de la palabra   de Dios, entonces  no podrá   reconocer   la vía de escape cuando  la vea,  puesto  que  no sabrá  cómo  es que Dios obra.  De todas  manera, sea que el creyente   use esta  salida  o no, nunca  puede  decir  que  la tentación   era  tan  fuerte  que hubo  de sucumbir   ante  ella. Otra  promesa   es la seguridad   de que  cada  individuo   no es únicamente   tentado. Aunque   no hay  dos personas iguales,  las tentaciones   que  enfrenta   cada  individuo   son, básicamente,    las mismas  que  otros  han  enfrentado.    Por  ello, la Biblia  puede  decir  que Jesucristo   fue tentado   en todo  igualmente   que  nosotros,   sufrió  cada  tentación,  pero  sin pecado  (Hebreos   2:184:15-16).

Él es, por  lo tanto,  un Salvador   que  simpatiza   con nosotros,   conociendo   por  experiencia   propia   en su carne,  la presión  que  ejercen  las tentaciones. Dado  este hecho  de que  ningún  creyente es tentado   en una  manera   única,  los cristianos   pueden  ayudarse   mutuamente    y aprender  los unos  de los otros.  Sólo por  el hecho  de saber  que  otro  cristiano   ha tenido  victoria   sobre  la gula,  por  ejemplo,  puede ser la seguridad   para  que otro  pueda  hacer  el intento  también   de vencerla   en su propia  vida.

El cristiano   que  ha crecido  en un área  específica  de su vida  espiritual   es responsable    de ayudar   a otros  cristianos   que  aún  tienen  problemas   en esa misma  área. En esta  manera,   los Cristianos   pueden   edificarse  (o crecer)   mutuamente en su fe (Efesios  4:15-16).

La Escritura  no contiene  ninguna   promesa   de ayuda  para  vencer  la tentación   para  las personas   que  aún  no son salvas.  De hecho,  hasta  que  esa persona   no se arrepienta  de sus pecados,  y acepte  por  la fe a Jesucristo   como su Salvador   y Señor,  no tendrá ninguna   capacidad   de agradar   a Dios. Pero  aquellos  que  son salvos,  pueden apropiarse    del poder  y la sabiduría    de la Palabra   de Dios, descansando en la gracia  de Dios, y obtener   la victoria   aún  sobre  las más  sutiles  tentaciones   de Satanás.

© Juan Carlos Jimenez

Acerca Juan Carlos Jimenez

Mi mayor deseo es predicar la sana doctrina, presentar a Jesucristo como único medio de salvación, nuestra doctrina es, Jesús Salva, Jesús Sana, Jesús Bautiza, Jesús viene pronto. no hay otro medio (Hech 4:12) . soy un siervo de Jesucristo, no me atribuyo nombres solo siervo de Jesucristo.

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