Corazón de diamante

Predicas Cristianas

Estoy deshecha, ya no sé cómo conformar a la gente. «Me critican a mis espaldas.» «No logro satisfacer sus expectativas.» «No sé manejar a las personas difíciles.» «No soportaré por mucho tiempo esta situación.»

Estas son algunas de las expresiones que escuché muchas veces de labios de esposas de pastores u obreros cristianos. A través de mis años he visto mucha frustración y enojo. He visto a mujeres volverse histéricas por la gran tensión, por la culpa y llegar a auto convencerse de que «ella no es la compañera ideal».

Suele darse la situación en la que el esposo es reconocido como «el siervo de Dios», en cambio ella ignorada. Puede que no esté convencida del llamado y piense: «Yo sólo me dedicaré a la familia, trataré al menos de no ser un estorbo en su ministerio».

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En el mejor de los casos, es de las que luchan mano a mano con el esposo… de cualquier manera. Las presiones y el contacto directo con la congregación no se pueden evitar y, tenga o no el llamado, está inmersa en la marcha de la iglesia. Hay que aprender a convivir día a día con los hermanos. Algunos simpáticos, cariñosos, colaboradores; otros no tanto.

Me llamó la atención cómo Dios preparó a Ezequiel para el ministerio y describió el tipo de gente con la que rozaría: «Y tú, hijo de hombre, no les temas, ni tengas miedo de sus palabras, aunque te halles entre zarzas y espinos, y mores con escorpiones, no tengas miedo de sus palabras.» (Eze. 2.6).

Sabemos del poder tremendo de las palabras. Pueden paralizarnos y hacernos inútiles. Las frases irónicas, las de crítica o de disconformidad (especialmente si hemos puesto nuestro empeño para hacer lo mejor) pueden herirnos más que un látigo.

«Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada» (Pro. 12.18). Por ello el Señor le anticipó al profeta: «He aquí que yo he hecho tu más fuerte que pedernal, he hecho tu frente; no les temas, ni tengas miedo delante de ellos» (Eze. 3.8-9).

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Esta piedra preciosa, el diamante, está formada por carbono cristalizado, es el más brillante, duro y límpido de todos los minerales. La característica rostro fuerte contra los rostros de ellos, y tu frente fuerte contra sus frentes. Como diamante, más importante de él es su insolubilidad en todos los agentes químicos, nada lo daña; raya todos los cuerpos, pero no puede ser rayado por ninguno.

«Como diamante, más fuerte que pedernal, he hecho tu frente…» Fue una gran revelación cuando lo tomé para mi vida. Entendí que, al colocarme en una posición pública, sería —sin duda— atacada por algún escorpión y lastimada con espinas y zarzas.

Esa frente de diamante guardaría mi mente y corazón; y las palabras hirientes rebotarían de tal manera que pudiera servir a Dios con gozo y paz inalterables.

Muchas veces experimenté esa fortaleza frente a las incomprensiones; Él derramó serenidad que hizo avergonzar a los adversarios. En ocasiones también agradecí por preservarme con tan noble material Estoy deshecha, ya no sé cómo conformar a la gente. «Me critican a mis espaldas.» «No logro satisfacer sus expectativas.» «No sé manejar a las personas difíciles.» «No soportaré por mucho tiempo esta situación.»

Estas son algunas de las expresiones que escuché muchas veces de labios de esposas de pastores u obreros cristianos. A través de mis años he visto mucha frustración y enojo. He visto a mujeres volverse histéricas por la gran tensión, por la culpa y llegar a auto convencerse de que «ella no es la compañera ideal».

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Suele darse la situación en la que el esposo es reconocido como «el siervo de Dios», en cambio ella ignorada. Puede que no esté convencida del llamado y piense: «Yo sólo me dedicaré a la familia, trataré al menos de no ser un estorbo en su ministerio».

En el mejor de los casos, es de las que luchan mano a mano con el esposo… de cualquier manera. Las presiones y el contacto directo con la congregación no se pueden evitar y, tenga o no el llamado, está inmersa en la marcha de la iglesia. Hay que aprender a convivir día a día con los hermanos. Algunos simpáticos, cariñosos, colaboradores; otros no tanto.

Me llamó la atención cómo Dios preparó a Ezequiel para el ministerio y describió el tipo de gente con la que rozaría: «Y tú, hijo de hombre, no les temas, ni tengas miedo de sus palabras, aunque te halles entre zarzas y espinos, y mores con escorpiones, no tengas miedo de sus palabras.» (Eze. 2.6).

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