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El reino de Dios

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“…El reino de Dios está cerca: arrepentíos, y creed al evangelio…” (Marcos 1:15).

Estas palabras naturalmente nos inducen a considerar: primero, la naturaleza de la verdadera religión que el Señor llama: “el reino de Dios,” que según lo que dijo, “está cerca;” y en segundo lugar, el camino que El mismo señala con estas palabras: “Arrepentíos, y creed al evangelio.”

I. Debemos considerar en primer lugar, la naturaleza de la verdadera religión que el Señor llama: “el reino de Dios.”

1. El apóstol usa de la misma expresión en la Epístola a los Romanos, donde explica las palabras del Señor, diciendo: “Que el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo por el Espíritu Santo” (Romanos 14:17).

2. El reino de Dios o sea la verdadera religión “no es comida ni bebida.”

Cosa bien sabida es que no sólo los judíos inconversos sino también un gran número de los que habían aceptado la fe en Cristo, eran, sin embargo, “celadores de la ley” (Hechos 21:20), de la ley ceremonial de Moisés. Por consiguiente, no sólo observaban todo lo que encontraron escrito respecto a los holocaustos de comida y bebida, o las diferencias entre las cosas limpias y las inmundas, sino que exigían dicha observancia por parte de los gentiles que “se habían convertido a Dios” y esto a tal grado, que algunos de ellos enseñaban a los que se convertían que “si no os circuncidáis conforme al rito de Moisés, no podéis ser salvos” (Hechos 15:1, 24).

3. En oposición a esto declara el apóstol, aquí y en otros lugares, que la verdadera religión no consiste “en comida ni bebida,” en observancias del ritual, ni en ninguna cosa exterior; la sustancia de la verdadera religión consiste: “en justicia, paz y gozo por el Espíritu Santo.”

4. Ni en ninguna cosa exterior como formas o ceremonias, aun las más excelentes. Aun suponiendo que sean sumamente dignas y significativas, que sean expresiones de las cosas de que son emblemáticas, no sólo para el vulgo, cuya inteligencia no alcanza más allá de lo que ven; sino para hombres de inteligencia y capacidad, como, sin duda, hay muchos. Más aún: suponiendo que dichas ceremonias hayan sido instituidas por Dios, como en el caso de los judíos, durante el período cuando esas leyes eran vigentes, la verdadera religión, hablando rigurosamente, no consiste en observarlas. Cuánto más cierto debe ser esto con respecto a los ritos y las formas de origen meramente humano. La religión de Jesucristo es mucho más elevada y profunda que todas las ceremonias. Estas son buenas en su lugar mientras permanecen subordinadas a la verdadera religión; el oponerse a ellas mientras se usen sólo para ayudar a la debilidad humana sería una superstición. Que nadie se propase en el uso de las ceremonias, sueñe con su valor intrínseco ni crea que son esenciales a la verdadera religión; esto sería hacerlas abominables en la presencia del Señor.

5. Tan lejos está la naturaleza de la religión de consistir en las formas de culto, ritos o ceremonias, que en realidad de verdad, no consiste absolutamente en ninguna acción exterior. Es muy cierto que ningún hombre culpable, vicioso o inmoral, o que hace a otros lo que no quisiera para sí, puede ser religioso; igualmente es cierto que el que sabe hacer el bien y no lo hace, no puede ser religioso. Sin embargo, hay hombres que se abstienen de hacer el mal y quienes practican lo bueno y a pesar de esto, no tienen religión. Dos personas pueden hacer las mismas obras exteriores de caridad: alimentar al hambriento o vestir al desnudo, y una de ellas ser verdaderamente religiosa y la otra no tener religión absolutamente; porque la una puede obrar impulsada por el amor de Dios y la otra por el deseo de ser alabada. Tan manifiesto y patente es que, si bien la verdadera religión naturalmente sugiere toda buena palabra y guía a toda buena obra, sin embargo, su verdadera naturaleza está en un lugar más profundo: en el hombre del corazón que está encubierto.

6. Digo del corazón. Porque la religión no consiste en la ortodoxia ni en sanas doctrinas que, si bien no son cosas exteriores, sin embargo, pertenecen a la inteligencia y no al corazón. Un hombre puede ser enteramente ortodoxo, no sólo aceptar opiniones rectas, sino defenderlas con celo en contra de sus enemigos; puede poseer las verdaderas doctrinas respecto a la encarnación de nuestro Señor, la santísima Trinidad y todos los demás dogmas contenidos en los Oráculos de Dios; puede dar su asentimiento a los tres credos: el llamado de los Apóstoles, el Niceno, y el de Atanasio; y, sin embargo, no tener más religión que un judío, un turco o un pagano. Puede ser casi tan ortodoxo como el diablo (sí bien no del todo, porque cada hombre yerra en un punto u otro, mientras que no podemos creer fácilmente que el diablo tenga ninguna opinión errónea), y, sin embargo, ser enteramente extraño a la religión del corazón.

7. En esto solamente consiste la religión; esto únicamente vale mucho ante la presencia de Dios. El apóstol resume toda la religión en estas tres manifestaciones de la condición del alma: “justicia, paz y gozo por el Espíritu Santo.” En primer lugar, justicia. No podemos dejar de comprender el sentido de esta palabra, especialmente si recordamos las palabras con que nuestro Señor describe sus dos manifestaciones, de las cuales dependen toda “la ley y los profetas:” “Amarás pues al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de toda tu mente, y de todas tus fuerzas; este es el principal mandamiento” (Marcos 12:30), la primera y gran manifestación de la justicia cristiana. Te regocijarás en el Señor tu Dios; buscarás y encontrarás en El toda tu felicidad; El será “tu escudo y tu galardón sobremanera grande” en la vida y en la eternidad; todos tus huesos dirán: “¿A quién tengo yo en los cielos? y fuera de Ti nada deseo en la tierra.” Escucharás y cumplirás la palabra de Aquel que dijo: “Hijo mío, dame tu corazón;” y, habiéndole entregado tu corazón, lo más íntimo de tu alma, para que reine allí sin ningún rival, podrás con razón decir en toda la efusión de tu espíritu: “Amarte he, oh Jehová, fortaleza mía. Jehová, roca mía y castillo mío, y mi libertador; Dios mío, fuerte mío; en él confiaré; escudo mío y el cuerno de mi salud, mi refugio.”

8. Y el segundo mandamiento es semejante a éste; la segunda manifestación de la santidad cristiana está íntimamente relacionada con él: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Amarás: tendrás la mejor buena voluntad, el afecto más sincero y cordial, los deseos más fervientes de evitarle toda clase de mal y de procurarle todos los bienes posibles. Tu prójimo, es decir: no sólo a tus amigos, tus parientes, o tus conocidos: no sólo a los virtuosos, a los que te aman, a los que te aprecian y cultivan tu amistad; sino a todos los hombres, a todas las criaturas humanas, a toda alma que Dios ha criado; sin exceptuar a aquellos a quienes jamás has visto ni conoces de vista o de nombre; al malo y desagradecido; al que injustamente te calumnia o persigue; a todos estos amarás como a ti mismo; con deseo constante de que sea feliz en todo y por todo; con esmero incansable en cuidarlo y protegerlo en contra de todo mal y sufrimiento de cuerpo y alma.

9. ¿No es este amor “el cumplimiento de la ley,” la sustancia de la santidad cristiana, de toda justicia espiritual? Necesariamente significa: las “entrañas de misericordia, humildad, benignidad, mansedumbre, tolerancia;” porque el amor “no se irrita,” sino que “todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta;” y es la manifestación de toda santidad externa, porque el amor no hace mal al prójimo, ni de obra ni de palabra. No puede injuriar ni lastimar intencionalmente a nadie; al contrario se muestra ansioso de hacer buenas obras. Todo aquel que ama al género humano, hace bien a “todos los hombres,” sin parcialidad ni hipocresía, y está “lleno de misericordia y de buenas obras.”

10. La verdadera religión que posee el corazón recto y que produce la buena disposición hacia Dios y el prójimo, significa, además de santidad, felicidad; porque no sólo es “justicia,” sino “paz y gozo por el Espíritu Santo.” ¿Qué paz? “La paz de Dios” que sólo Dios puede dar y que el mundo no puede arrebatar; “la paz que sobrepuja todo entendimiento,” toda concepción puramente racional, puesto que es una sensación sobrenatural, una semejanza divina de las virtudes del siglo venidero que son enteramente desconocidas al hombre, por más sabio que éste sea en las cosas del mundo, y las que no puede conocer en su estado actual, porque se han de discernir espiritualmente. Es esta una paz que por completo destierra las dudas y las penosas incertidumbres; el Espíritu de Dios dando testimonio con el espíritu del cristiano de que es “hijo de Dios.” Destierra todo temor que atormenta el alma; temor de la ira de Dios, del infierno, del demonio, y de la muerte. El que tiene la paz de Dios desea, si fuere la voluntad de Dios, “partir y estar con Cristo.”

11. Juntamente con esta paz de Dios que reina en el alma, existe también el gozo en el Espíritu Santo, gozo que, bajo la divina influencia, se desarrolla en el corazón. El Espíritu es quien obra en nosotros ese goce tan lleno de calma y humildad con que el alma se regocija en Dios por medio de Jesucristo “por el cual hemos recibido ahora la reconciliación,” la reconciliación con Dios; lo que nos autoriza a confirmar la declaración del rey salmista: “Bienaventurado” (o más bien dicho: Dichoso; “aquel cuyas iniquidades son perdonadas, y borrados sus pecados.” El Espíritu inspira en el alma cristiana ese goce firme que resulta del testimonio del Espíritu de que es hijo de Dios y hace que se “alegre con gozo inefable” y en la esperanza de la gloria de Dios: esperanza tanto de ver la gloriosa imagen de Dios, que ya en parte ha visto, y le será plenamente revelada en El, como de obtener la corona de gloria que no se marchita y que le está reservada en los cielos.

Acerca Víctor Gerardo Solórzano

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