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Nuestra ciudadanía esta en los cielos

Predicas Cristianas

Efesios 2:11-22; Filipenses 3:20-21

INTRODUCCIÓN:

El pasado 12 de octubre se celebró lo que se conoce como el Día de la Hispanidad o Día de las Américas. Eso es lo que compete al mundo “descubierto”. Pero España, la llamada “madre patria”, celebra la conquista de las tierras que alcanzaron sus colonizadores.

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Así que en esta fecha los unos celebraremos el que nos hayan “descubierto”, mientras que los otros celebran el habernos conquistado. Pero como quiera que esto se celebre, el asunto más importante, sobre todo para aquellos que ahora vivimos lejos de la patria que nos vio nacer, es recordar nuestras raíces, tradiciones, comidas y la hermandad que es tan propia de nuestros pueblos.

Así que al celebrar esta fecha lo hacemos bajo una especie de “competencia” hermosa, donde se pone de manifiesto la ropa, la artesanía, los cantos de nuestros pueblos con su himno nacional. Es, en efecto, una fiesta patria, un lindo recordatorio que nos hace vivir con añoranza y nostalgia las cosas autóctonas de nuestra tierra.

Pero para los creyentes, esta celebración tiene que llevarnos más allá de una asignación histórica. Porque aunque usted y yo tengamos ahora más de una ciudadanía, hay una a la que todos pertenecemos, y en ella no hay distingos de colores, cultura e idiomas. Esta es la ciudadanía celestial.

Pablo la menciona de una manera magistral, no dejando barreras que nos imponen las ciudadanías terrenales al decirnos que “nuestra ciudadanía está en los cielos” (Filipenses 3:20). Esto pone de manifiesto que ahora tenemos una patria que la compartimos por igual. Que en ese estado final de las cosas, nuestros vecinos estarán conformados por todos los santos redimidos de todos los tiempos. Ahora tenemos una ciudadanía celestial lo que nos vivir en una santa comunión jamás vista en otro lugar.  ¿Qué nos recuerda la ciudadanía celestial?

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I. LA CIUDADANÍA CELESTIAL NOS RECUERDA CÓMO HA SIDO NUESTRA VIDA TERRENAL

1. Viviendo como gentiles (vers. 11).

El presente pasaje nos habla de dos pueblos completamente distintos: judíos y gentiles. Lo que marcaba la diferencia entre uno y el otro era la circuncisión; ritual del cual los judíos se aferraban hasta el punto de considerarlo como imprescindible para la salvación y el único medio para ser una pertenencia divina.

Este versículo nos presenta un asunto que iba más allá de lo teológico, internándose hasta el aspecto social. Antes de la venida de Cristo este aborrecimiento fue tal que los judíos consideraban que los gentiles “habían sido creados por Dios para ser combustible para el fuego del infierno. Dios sólo amaba a Israel de entre todas las naciones que había hecho” (Barclay).

Los gentiles no solo eran considerados incircuncisos, sino también inmundos y fuera de cualquier posibilidad de alcanzar la salvación. Bueno, aunque la comparación no puede ser la misma por aquel contexto social que vivieron los judíos y gentiles, nosotros antes de venir a Cristo también éramos gentiles.

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La forma cómo vivíamos antes de venir a Cristo se describe en este mismo capítulo 2:1-3. No vivimos de otra manera antes de venir a Cristo. Este es exactamente nuestro retrato. Que no se nos olvide eso.

2. Viviendo alejados de las bendiciones (vers. 12).

Este texto nos revela tres grandes bendiciones de las que todo hombre sin Dios se pierde. La primera es que “estabais sin Cristo”. Una vida sin Cristo es una vida vacía, sin orden y sin dirección. Es una vida dominada por el príncipe de la potestad del aire, el pecado y la carne. Pero además, la otra bendición de la que se pierde es la de estar “apartados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa”.

Los gentiles no fueron el pueblo de Dios, ni tampoco fueron acreedores de sus riquísimas promesas. Por lo tanto, el estar apartados y alejados de estas bendiciones nos muestra un cuadro donde no existe la más mínima esperanza de salvación. Es como encontrarse en un lugar tan remoto sin saber de alguien que pudiera venir al rescate.

La palabra “apartada” y “ajena” acá significa extranjeros o extraños. Según esto, el extranjero no es solo aquel que vive en otro país que no es el suyo, sino aquel que vive fuera del alcance de Dios. Eso éramos nosotros. Pero por si faltara otra bendición, se nos dice que nosotros vivíamos “sin esperanza y sin Dios en el mundo”. ¿Puede imaginarse un cuadro peor que este?

II. LA CIUDADANÍA CELESTIAL NOS RECUERDA EL ALTÍSIMO PRECIO PAGADO POR SU ADQUISICIÓN

1. Cercanos por su sangre (vers. 13).

Curiosamente los judíos y los gentiles se unieron para crucificar a Jesús, por lo tanto allí se dio el primer paso de acercar a estos dos enemigos hostiles. Su sangre derramada hizo posible que los despreciados gentiles, aquellos a quienes los judíos llamaban “perros”, ahora sean unidos como parte una misma familia.

La sangre de Cristo ha hecho posible que los hombres, independientemente de su condición social, política, religiosa o cultural,  puedan ser unidos en la iglesia por la que Cristo entregó su vida, la que llamamos la  familia de Dios. La reconciliación entre pueblos hostiles es una tarea casi imposible. Vea el caso de Israel y los árabes.

Los conflictos de tantos años atestiguan de los asuntos que les han hecho irreconciliables. ¿No es maravillo pensar que la sangre de Cristo haga posible el acercamiento? Solo ella puede acercar a los que antes estaban lejos. Solo ella puede amistar a los hombres. Sola ella nos permite ahora abrazar a quien era mi enemigo.

2. Él es nuestra paz (vers. 14).

Tome en cuenta que el texto no nos dice que “él nos da la paz”, sino que él es “nuestra paz”.  Lo primero que Jesús hace al venir a cada corazón es ponerle fin a nuestra propia guerra. Véalo de esta manera. Con su sangre nos perdona de todos nuestros pecados, pero al morar en nuestros corazones él mismo se convierte en nuestra garantía de paz a través de su presencia.

Acerca Julio Ruiz

Pastor en Virginia en los Estados Unidos, con 42 años de experiencia de los cuales 22 los dedicó en Venezuela, su país de origen. Otros 9 años los dedicó a pastorear en Vancouver, Canadá y los últimos 9 años en Columbia Baptist Church en su ministerio hispano, donde estuvo hasta agosto del (2015). A partir de octubre del mismo año (2015) comenzó una nueva obra que llegó a constituirse en iglesia el 22 de mayo de 2016 bajo el nombre de Iglesia Bautista Ambiente de Gracia en la ciudad de Burke, Virginia. El pastor Julio es Licenciado en Teología y ha estudiado algunas cursos para su maestría en Canadá. Además de haber sido presidente de la convención bautista venezolana en tres ocasiones, también fue profesor del seminario teológico bautista. El pastor Julio por espacio de unos 18 años publica sus sermones y artículos por estos medios. Es casado con Carmen Almera Ruiz y tiene tres hijas y una nieta: Laura, Oly, Sara e Isabella. Si usted quiere comunicarse con el pastor Julio, llámelo al (571) 251-6590.

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3 comentarios

  1. Carlos Augusto Bernal Cardona

    QUE BENDICION ES ESTE ESTUDIOS QUE NOS ENSEÑAN LAS PALABRAS DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO.QUE DIOS LOS BENDIGAN.

  2. David Sicha medina

    Es una gran ayuda para aquellos que recién comenzamos a descubrir las bendiciones de lo alto . Dios siga bendiciendo en sun vida

  3. Gracias mis hermanos por sus palabras de animo. La intencion de estos mensas son para edificar al creyente y alcanzar al perdido. Si logramos eso, entonces mi gozo esta cumplido. Bendiciones.

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