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La naturaleza espiritual – Parte 1

Estudios Biblicos

Gálatas 5:18  “Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley“.

Para conseguir la victoria sobre la carne, uno debe colocarse bajo la dirección del Espíritu. La ley conduce al hombre a Cristo, luego el Espíritu asume la dirección y dirige al hijo de Dios hasta la plenitud de la vida en nuestro Señor, ser guiado por el espíritu significa ser librado de la carne, el apóstol Pablo saca una conclusión inesperada. Ser guiado por el Espíritu demuestra libertad de la ley.

Los deseos de la carne esclavizan a la persona no permite que el espíritu trabaje en su interior, he visto muchas personas que siendo cristianos parecieran que no lo son. Hay una equivocación en cuanto a que si hablas en lengua eres el más santo, lastimosamente no es así conozco a varios que fueron bautizados con el Espíritu Santo en lenguas y viven y su manera de actuar son como las del mundo, no han sido regenerados.  Cuando uno nace de nuevo, recibe una nueva naturaleza, una naturaleza divina (2 Pedro 1:4), que es la vida de Cristo. Esta naturaleza no puede pecar porque es nacido de Dios (1 Juan 3:9).

Es buena y sólo capaz de lo bueno. Responde con entusiasmo a la Palabra de Dios. Se deleita en la ley del Señor. Sus mandamientos no son gravosos; son exactamente lo que la nueva naturaleza ama y desea hacer. Son como mandar a una madre que cuide de su bebé; es exactamente lo que desea hacer. Las dos naturalezas pueden ser comparadas al cuervo y la paloma que Noé envió del arca. El

Cuervo nunca volvió; estaba satisfecho alimentándose con toda la carne podrida que flotaba sobre el agua. La paloma, que representa la nueva naturaleza, volvió al arca hasta que pudiera encontrar un lugar limpio donde descansar y alimentarse. Cuán verdaderas son las palabras del Señor Jesús: “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Juan. 3:6).

Un recién convertido tuvo una manera vívida de describir su condición dual. Dijo: “El pecado fue quitado de mi corazón, pero mi abuelo todavía está en mis huesos”. Cuando alguien se convierte, inmediatamente las dos naturalezas comienzan a luchar la una contra la otra. No es sorprendente.

¿Cómo podrían dos naturalezas tan claramente opuestas convivir en paz? La batalla es ilustrada por los dos bebés que lucharon en el vientre de Rebeca (Génesis 25:22-23).

Ella preguntó: “Si es así, ¿para qué vivo yo?” Pablo describe el conflicto con colores vivos en Romanos 7:14-25. No es maravilla que el creyente a veces se siente como con doble personalidad.

No es sorprendente que como Rebeca, esté preocupado por este conflicto interno. Pensó (correctamente) que la batalla se terminó cuando confió en el Señor, pero ahora encuentra que ha comenzado otra guerra feroz, y está desmayado. Puede que hasta dude de su salvación.

Tal persona debe saber que todo creyente, aun el más santo, tiene esta batalla (1 Corintios 10:13), y que ella continuará hasta la muerte o el rapto. En vez de ser evidencia de que no es salvo, es más probablemente una confirmación de que realmente lo es. Las batallas forjan al cristiano, las pruebas y luchan hacen al cristiano más maduro cada vez que un creyente vence una tentación su estado de crecimiento aumenta un poco más.

El Espíritu Santo es quien da liberación del poder del pecado que mora en nosotros (Gálatas 5:17).

Ni el creyente más piadoso tiene en sí este poder. No obstante, son necesarias la obediencia y la cooperación del creyente. Queremos vencer las tentaciones sin ayuda de otros, Dios puso en su iglesia hermanos maduros de confianza para que cuando te encuentres en esta situación puedas ir donde ellos hablar de lo que te pasa, pero algunos mejor pelean solos sabiendo que el resultado de tal batalla terminara en reposo.

No es con fuerza sino con su santo Espíritu. No podemos hacerle frente a las tentaciones solos vuelvo y te lo repito no puedes luchar la guerra espiritual solo, es imposible no se puede. Se necesita la ayuda del Espíritu Santo para poder ser victorioso.

El creyente es quien determina cuál de las dos naturalezas gana. Gana la que él alimenta. No puede alimentar la carne con la televisión, las películas, literatura y diversiones mundanas y luego esperar que domine la nueva naturaleza.

No puede alimentar el lobo y luego esperar que gane el cordero. Es por esto que se le dice en Romanos 13:14, “no proveáis para los deseos de la carne”, y en 1 Pedro 2:11, “que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma”. Es fácil decir y hablar de la tentación pero es difícil cuando estás pasando por esta situación, nadie puede hablar de tentaciones sin nunca las has vivido en carne propia.

A pesar de este corto tiempo que tengo de ser pastor he tenido luchas terribles con mi carne ella desea lo contrario, una cosa si he visto cuando te decides a buscar al Señor el diablo te envía sus emisarios para hacerte caer.

A veces las tentaciones no vienen de afuera sino de adentro de la Iglesia. No seamos piedra de tropiezo para otros hermanos que están empezando cuidemos nos nosotros y cuidemos a los demás.

 No debemos excusar nuestro pecado echando la culpa a nuestra antigua naturaleza, o nuestra “debilidad”, lo cual viene a ser lo mismo. Es una forma de esquivar la responsabilidad y no funcionará. Dios tiene por responsable al individuo, no su naturaleza. Excusar el pecado sólo lo hace más fácil de cometer. Sólo baja nuestra resistencia.

La Biblia como nuestra experiencia nos dicen que tenemos dos naturalezas. Pueden llamarse por diferentes nombres, pero de todos modos allí están. Si el creyente no ve esto, puede sentirse una contradicción. O podría cuestionar la validez de su conversión.

O podría vivir una vida sin victoria. La solución para su situación es responder a los deseos de la antigua naturaleza como respondería un muerto, y someterse al control del Espíritu Santo. Cuando hace esto, no satisfará los deseos de la carne (Gálatas 5:16).

Sabemos que la carne nunca dejará de ser carne. Por eso Dios nos dio una nueva vida y una nueva naturaleza. Pero entonces, ¿qué haremos con nuestra carne? Puesto que Dios la consideró sin esperanza y sin posibilidad alguna, El determinó darle fin, es decir, la hizo morir. No hay otra opción que la de hacer morir la carne.

Por tanto, “los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y concupiscencias”. Esto es hacer morir la carne. Y esto es lo que logró el Señor Jesús; ¡Él ya lo ha logrado!

Al crucificar nuestra carne juntamente con Él, hizo posible que nosotros hagamos morir nuestra naturaleza pecaminosa. Esto ha sido logrado sin ningún esfuerzo de nuestra parte.

© Juan Carlos Jimenez. Todos los derechos reservados.

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