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Predicas Cristianas – Predicaciones Cristianas

El llamado y la misión de un profeta está claramente ejemplificado en el llamado y la comisión de Ezequiel, no sólo para los antiguos profetas israelitas, sino para los actuales profetas de Dios.

Ezequiel 1:1 «Aconteció en el año treinta, en el mes cuarto, a los cinco días del mes, que estando yo en medio de los cautivos junto al río Quebar, los cielos se abrieron, y vi visiones de Dios«.

Los cielos se abrieron para Ezequiel. Los cielos también se han abierto para nosotros. ¿Qué nos permitirá ver en esta mañana, en estos cielos abiertos? Pidámosle a él que nos abra el entendimiento, que agudice nuestra vista espiritual, para ver la gloria suya, y para escuchar la voz que sale poderosa desde su trono.

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Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, nos inclinamos delante de ti. Reconocemos nuestra pequeñez, nuestra impotencia, nuestra necedad. Reconocemos que toda sabiduría procede de lo alto, de ti, Padre bueno. Por eso, a ti nos allegamos en esta mañana, para pedir que tú nos socorras, que tu Santo Espíritu nos asista -al que hablará y a los que oirán- para que, Señor, tu gloria también nos sea comunicada, podamos contemplarla y escuchar tu voz, en el nombre de Jesús, amén.

La visión de la gloria de Dios

Comienza el libro de Ezequiel mostrándonos los cielos abiertos y mostrándonos algunas visiones de Dios en su trono. Lo que vio Ezequiel fue tan impresionante que cuando termina esta primera visión, según leemos en el versículo 28, se postró sobre su rostro y oyó la voz de uno que hablaba.

Es imposible contemplar la gloria de Dios y no caer postrados. Porque lo que nosotros conocemos en la tierra es defectuoso, es pálido. Lo que conocemos en la tierra es una sombra apenas, es una niebla. Las cosas verdaderas están más allá de las nubes. Por tanto, cuando miramos lo que hay más allá de este cielo, no podemos permanecer indiferentes. Conviene que también nosotros nos postremos a sus pies.

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La visión de Ezequiel, según vamos a leer en el versículo 4, es una visión de querubines, es una visión de algunas figuras un poco extrañas: «Y miré, y he aquí venía del norte un viento tempestuoso, y una gran nube, con un fuego envolvente, y alrededor de él un resplandor, y en medio del fuego algo que parecía como bronce refulgente, y en medio de ella la figura de cuatro seres vivientes. Y esta era su apariencia: había en ellos semejanza de hombre».

Luego se describe en qué consistían estos seres vivientes. Más adelante se dice que eran querubines. Su figura es extraña, pero impresionante: ellos tenían cuatro rostros, tenían alas, tenían ruedas, se movían para todos lados sin volverse. Era impresionante.

En el verso 25 dice: «Y cuando (estos seres vivientes) se paraban y bajaban sus alas, se oía una voz de arriba de la expansión que había sobre sus cabezas». Sobre las cabezas había una expansión, pero lo que hay sobre la expansión es más glorioso aún. ¿Qué leemos en el versículo 26?: «Y sobre la expansión que había sobre sus cabezas se veía la figura de un trono que parecía de piedra de zafiro; y sobre la figura del trono había una semejanza que parecía de hombre sentado sobre él. Y vi apariencia como de bronce refulgente, como apariencia de fuego dentro de ella en derredor, desde el aspecto de sus lomos para arriba; y desde sus lomos para abajo, vi que parecía como fuego, y que tenía resplandor alrededor. Como parece el arco iris que está en las nubes el día que llueve, así era el parecer del resplandor alrededor. Esta fue la visión de la semejanza de la gloria de Jehová».

Cuando Ezequiel trata de describir la gloria de Dios, no atina a encontrar las palabras exactas; por eso, usa esta expresión repetidamente: parece… semejante a… ¿Por qué será? Oh, la gloria de Dios excede nuestros cánones, excede toda apariencia, toda semejanza con cosas de la tierra.

Noten ustedes que Ezequiel no vio quién era el que estaba allí. Sólo vio -dice- una semejanza que ‘parecía’ de hombre. Sin embargo, Esteban, ¿qué dijo?: «He aquí, veo a Jesús». ¡Aleluya! No hay ninguna duda en Esteban. Para nosotros tampoco la hay.

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Ezequiel tiene la bienaventuranza de ver la gloria de Dios. Lo que habría de vivir luego Ezequiel era tan duro, era tan difícil. La situación en la cual él vivía era tan complicada, había una apostasía tal, había un olvido tal, una dureza de corazón tal… La misión que tenía que desempeñar Ezequiel requería de tanta fuerza, de tanta seguridad, que Dios primero, antes de ordenarle, de encomendarle algo, le muestra su gloria.

Ezequiel vivió tiempos de apostasía. Jerusalén estaba cautiva, Israel estaba en manos de los babilonios, la gloria de Dios amenazaba con irse desde su trono en la tierra, desde su lugar, su santuario en la tierra. Por eso, antes de llamarlo al ministerio profético, Dios le muestra su gloria a Ezequiel.

¿Saben, amados hermanos? En tiempos de apostasía, en tiempos de prueba, en tiempos cuando la fe claudica, en tiempos cuando la incredulidad aumenta, cuando el amor se apaga, cuando el corazón se endurece; en esos días, es preciso que Dios en su gracia nos muestre su gloria. Es lo único que nos sostendrá. Entonces, no será suficiente con conocer versículos de la Biblia, no será suficiente con haber seguido un curso de teología. Oh, cuando toda la marea a nuestro alrededor se opone a Dios, cuando los que antes creían ya no creen, cuando los que antes tenían fuego ya lo tienen apagado, en ese momento, cada uno tiene que sostenerse solamente con la visión de la gloria de Dios.

El llamamiento de Ezequiel

Hay un llamamiento aquí en el capítulo 2. Luego de esta visión, y desde ese trono, sale una voz que habla a Ezequiel diciendo: «Hijo de hombre, ponte sobre tus pies, y hablaré contigo. Y luego que me habló, entró el Espíritu en mí y me afirmó sobre mis pies, y oí al que me hablaba. Y me dijo: Hijo de hombre, yo te envío a los hijos de Israel, a gentes rebeldes que se rebelaron contra mí; ellos y sus padres se han rebelado contra mí hasta este mismo día. Yo, pues, te envío a hijos de duro rostro y de empedernido corazón; y les dirás: Así ha dicho Jehová el Señor. Acaso ellos escuchen; pero si no escucharen, porque son una casa rebelde, siempre conocerán que hubo profeta entre ellos».

Noten ustedes que lo que le dice el Señor a Ezequiel en el versículo 5 lo reitera en el versículo 7: «Les hablarás, pues, mis palabras, escuchen o dejen de escuchar; porque son muy rebeldes. Y en el capítulo 3:11, también: 11Y ve y entra a los cautivos, a los hijos de tu pueblo, y háblales y diles: Así ha dicho Jehová el Señor; escuchen, o dejen de escuchar».

Un profeta para testimonio

En otra versión de las Escrituras (NVI), se traduce así esa frase: «Tal vez te oigan, tal vez no». Desde el comienzo el Señor le dijo lo difícil que iba a ser para él. «Irás a hablarles a un pueblo rebelde, a un pueblo duro, de empedernido corazón, de duro rostro. Tal vez no te oigan. Acaso te escuchen. Sin embargo, Ezequiel, tú vas a ir, para que conozcan que hubo profeta entre ellos».

Notemos nosotros que Dios estaba guardando su testimonio. El objetivo por el cual Dios lo envió era para que su testimonio estuviera vigente aún en esos momentos de apostasía. Él fue enviado para testimonio, para que ellos no tuvieran ninguna excusa. En el día de la calamidad, ellos no podrían decir: «Dios no nos advirtió». Ezequiel fue enviado para testimonio.

Nos acordamos de la palabra del Señor Jesucristo cuando dijo que el evangelio del Reino sería publicado a todas las naciones para testimonio a todas las naciones, y después vendría el fin. En ambos casos, encontramos una semejanza: «Conocerán que hubo profeta entre ellos». Conocerán que el evangelio les fue predicado. No tendrán excusa.

Y también hay una semejanza en esto: tal como era la dureza de corazón de los israelitas en días de Ezequiel, también va a ser la dureza de corazón en los días finales, antes del fin. «Tal vez no te escuchen, pero tendrás que predicar, y tendrás que decir lo que yo te digo, para que no tengan excusa». «No les temas, aunque te hallas entre zarzas y espinos, dice el verso 6, no les temas, ni tengas miedo de sus palabras, aunque te hallas entre zarzas y espinos, y moras con escorpiones; no tengas miedo de sus palabras, ni temas delante de ellos, porque son casa rebelde».

Acerca Eliseo Apablaza F.

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