La restauración del pueblo de Dios

Escrito por Tony Hancock. Publicado en Sermones

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Las últimas semanas de mensajes han sido algo deprimentes. Hemos visto la forma en que el pueblo de Dios una y otra vez rechazó a los mensajeros que Dios le enviaba, resultando finalmente en la destrucción de su ciudad capital, la muerte de muchos y el exilio de la mayoría de los restantes.

A veces quisiéramos quitar estas partes de la Biblia, enfocándonos más bien en las partes que nos hablan del amor de Dios, de su cuidado y su protección. He oído de predicadores que no mencionan el pecado en sus sermones, porque dicen que la gente ya está muy deprimida.

Sin embargo, cuando quitamos de la Biblia las partes que nos hacen entender la justicia y la ira justa de Dios contra el pecado, entonces las partes que nos hablan de su amor empiezan a perder el significado. ¿Qué sentido tiene la muerte de Jesús en la cruz, si en realidad nuestro pecado no es tan grave?

Es solamente cuando llegamos a comprender la ira justa de Dios contra el pecado y la rebelión de la humanidad que podemos experimentar también la profundidad del amor que lo llevó a hacer un sacrificio tan grande para que nosotros pudiéramos ser perdonados. Por eso, aunque es difícil estudiar la desobediencia y sus consecuencias, es necesario para que comprendamos lo que sigue.

Hoy precisamente hemos llegado a lo que sigue: la restauración del pueblo de Dios. Aunque lo habían desobedecido y en su ira los había mandado lejos, Dios no se había olvidado de su pueblo. De hecho, había profetizado desde mucho antes que el exilio no sería el final, sino que El restauraría a su pueblo.

Abramos la Biblia en Esdras 1:1-4 para ver el primer paso de la restauración:

1:1 En el primer año de Ciro rey de Persia, para que se cumpliese la palabra de Jehová por boca de Jeremías, despertó Jehová el espíritu de Ciro rey de Persia, el cual hizo pregonar de palabra y también por escrito por todo su reino, diciendo:
1:2 Así ha dicho Ciro rey de Persia: Jehová el Dios de los cielos me ha dado todos los reinos de la tierra, y me ha mandado que le edifique casa en Jerusalén, que está en Judá.
1:3 Quien haya entre vosotros de su pueblo, sea Dios con él, y suba a Jerusalén que está en Judá, y edifique la casa a Jehová Dios de Israel (él es el Dios), la cual está en Jerusalén.
1:4 Y a todo el que haya quedado, en cualquier lugar donde more, ayúdenle los hombres de su lugar con plata, oro, bienes y ganados, además de ofrendas voluntarias para la casa de Dios, la cual está en Jerusalén.

Ciro fue el primer rey del imperio medo-persa; fue él quien derrotó a los babilonios, poniendo fin a ese reino. El proclamó que los judíos que se encontraban exiliados en su reino podrían regresar a su tierra y reconstruirla.

Todo esto sucedió dentro de la soberanía de Dios. El profeta Isaías, doscientos años antes, había mencionado a Ciro por nombre; Isaías 44:28 dice, "Yo afirmo que Ciro es mi pastor, y dará cumplimiento a mis deseos; dispondrá que Jerusalén sea reconstruida, y que se repongan los cimientos del templo" (NVI).

Es más, Jeremías - en las fechas del exilio - había profetizado que el exilio duraría 70 años. Jeremías 29:10 dice: "Así dice el Señor: Cuando a Babilonia se le hayan cumplido los setenta años, yo los visitaré; y haré honor a mi promesa en favor de ustedes, y los haré volver a este lugar." (NVI)

La primera invasión - cuando Daniel y sus amigos fueron llevados al exilio - tuvo lugar en el año 605 a.C. El edicto de Ciro se emitió en el año 538, y la obra de reconstrucción del templo empezó en el año 536 a.C. - exactamente 70 años después, si seguimos la costumbre judía de incluir el año de comienzo como parte del cálculo.

¡Todo esto sucedió exactamente como Dios lo había planeado! ¡Dios dijo quién, cuándo y qué - y lo declaró décadas y siglos antes! ¿Dudas de que Dios esté en control de este mundo? ¿Te parece que nadie está en control? Aquí está la prueba - aunque nosotros no comprendamos el plan de Dios, El sí tiene un plan - y lo demostró anunciando con anticipación los detalles del exilio.

Así como hubo tres diferentes invasiones, también hubo tres regresos diferentes. El primero, que tuvo lugar como resultado del edicto de Ciro, fue dirigido por Zorobabel y Jesúa. Zorobabel fue el gobernador, el líder político, y Jesúa el sumo sacerdote. Durante la vida de estos dos hombres, el objetivo principal fue la reconstrucción del templo, para que se pudiera adorar a Dios.

En el plan de Dios, el templo tenía que ser reconstruido para que Jesús pudiera llegar a él. Este tiempo de restauración sólo fue parcial. Por ejemplo, cuando se pusieron los cimientos del templo, mucha gente que recordaba el templo de Salomón lloró. Ellos sabían que este templo no alcanzaría la gloria del anterior. La restauración sólo fue parcial; Jesús traería la renovación completa.

Zorobabel y Jesúa enfrentaron oposición por parte de las autoridades seculares vecinas. Ellos no querían que Jerusalén se volviera a levantar, y lograron desanimar tanto a los líderes que la reconstrucción se detuvo. Sin embargo, Dios levantó a dos profetas - Hageo y Zacarías, cuyas profecías se encuentran en los libros que llevan sus nombres - para animar al pueblo a seguir.

Bajo el liderazgo de estos profetas, el pueblo mandó una carta al emperador persa - que ahora era Darío, puesto que Ciro había fallecido. Sus enemigos alegaban que los judíos estaban realizando la reconstrucción sin permiso del rey. Darío entonces mandó hacer una investigación de todos los archivos del imperio, y encontró en un palacio lejos de su capital una copia del edicto de Ciro.

Inmediatamente ordenó que los que se habían opuesto a la reconstrucción dejaran de estorbarla, y que además se sufragaran los gastos de la reconstrucción con los impuestos de la región. ¡Esto saldría de los bolsillos de los enemigos del templo! La reconstrucción del templo se renovó, y fue terminado poco después.

¡Observen cómo Dios usa hasta a sus enemigos para pagar por lo que El decide hacer! Cuando enfrentas oposición a causa del evangelio, recuerda lo que Dios hizo cuando los judíos enfrentaban oposición durante la reconstrucción del templo. Cuando el pueblo se desanimó, quedaron estancados. Sin embargo, cuando se levantaron en fe, Dios fue capaz hasta de sacar de los bolsillos de sus enemigos para pagar la reconstrucción. ¡No pierdas la fe!

El pueblo ahora tenía un templo reconstruido, pero faltaban algunas cosas más. Unos sesenta años después de la reconstrucción del templo, Dios trajo un segundo grupo de exiliados a Jerusalén bajo el liderazgo de Esdras. Leamos de él en Esdras 7:6: "este Esdras subió de Babilonia. Era escriba diligente en la ley de Moisés, que Jehová Dios de Israel había dado; y le concedió el rey todo lo que pidió, porque la mano de Jehová su Dios estaba sobre Esdras."

Aunque se había criado lejos de Jerusalén en Babilonia, Esdras era un hombre estudioso de las Escrituras, un escriba. Bajo Esdras sucedió algo sumamente importante para la restauración del pueblo de Dios. Encontramos el relato de estos eventos en el libro de Nehemías, su contemporáneo. Leamos Nehemías 8:1-3, 5-6 y 8-9:

8:1 y se juntó todo el pueblo como un solo hombre en la plaza que está delante de la puerta de las Aguas, y dijeron a Esdras el escriba que trajese el libro de la ley de Moisés, la cual Jehová había dado a Israel.
8:2 Y el sacerdote Esdras trajo la ley delante de la congregación, así de hombres como de mujeres y de todos los que podían entender, el primer día del mes séptimo.
8:3 Y leyó en el libro delante de la plaza que está delante de la puerta de las Aguas, desde el alba hasta el mediodía, en presencia de hombres y mujeres y de todos los que podían entender; y los oídos de todo el pueblo estaban atentos al libro de la ley.
...
8:5 Abrió, pues, Esdras el libro a ojos de todo el pueblo, porque estaba más alto que todo el pueblo; y cuando lo abrió, todo el pueblo estuvo atento.
8:6 Bendijo entonces Esdras a Jehová, Dios grande. Y todo el pueblo respondió: ¡Amén! ¡Amén! alzando sus manos; y se humillaron y adoraron a Jehová inclinados a tierra.
...
8:8 Y leían en el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido, de modo que entendiesen la lectura.
8:9 Y Nehemías el gobernador, y el sacerdote Esdras, escriba, y los levitas que hacían entender al pueblo, dijeron a todo el pueblo: Día santo es a Jehová nuestro Dios; no os entristezcáis, ni lloréis; porque todo el pueblo lloraba oyendo las palabras de la ley.

El pueblo tenía dos problemas. La ley debía de leerse con regularidad de forma pública, para que los que no sabían leer la pudieran oír. Además de esto, la ley estaba escrita en hebreo, y la gente hablaba arameo. Los idiomas son similares, pero no idénticos - algo así como el español y el portugués.

Como resultado, era necesario que se leyera la Palabra de Dios, pero también que se explicara. Dios había levantado al hombre perfecto para esta tarea - Esdras, un hombre versado en los dos idiomas y también en la ley del Señor. En esta ocasión, como en tantas otras, el avivamiento del pueblo de Dios vino como resultado de la lectura de la Palabra de Dios y su exposición pública.

Observen ahora cómo respondió el pueblo. Leamos Nehemías 9:1-3:

9:1 El día veinticuatro del mismo mes se reunieron los hijos de Israel en ayuno, y con cilicio y tierra sobre sí.
9:2 Y ya se había apartado la descendencia de Israel de todos los extranjeros; y estando en pie, confesaron sus pecados, y las iniquidades de sus padres.
9:3 Y puestos de pie en su lugar, leyeron el libro de la ley de Jehová su Dios la cuarta parte del día, y la cuarta parte confesaron sus pecados y adoraron a Jehová su Dios.

Anteriormente leímos que habían respondido con lágrimas a la lectura de la Palabra del Señor. Ahora leemos que ellos actuaron para expresar su arrepentimiento. Se vistieron de luto, confesaron públicamente sus pecados y reconocieron su responsabilidad ante Dios.

Cada vez que el pueblo de Dios es restaurado, sucede lo mismo. La lectura de su Palabra produce convicción y arrepentimiento. La Biblia revela nuestro error y nos llama al arrepentimiento.

Hablemos ahora de la tercera etapa en la restauración del pueblo de Dios. Se había reconstruido el templo, y el pueblo se había purificado y dedicado al Señor. Sin embargo, Jerusalén seguía desprotegida. Los muros que se habían tumbado 135 años antes durante la invasión babilónica seguían en ruinas. Como resultado, la ciudad estaba desprotegida.

Dios levantó a un hombre más para guiar al pueblo en la reconstrucción de los muros. El se llamaba Nehemías. Era el copero del rey; a él le tocaba probar todo lo que bebía el rey para asegurarse de que no había sido envenenado. Un día, llegaron unos hombres de Jerusalén con la noticia de que los muros de Jerusalén seguían en ruinas.

Nehemías respondió a esto como respondió a todo: con oración. Luego, se acercó al rey y le pidió permiso para regresar a Jerusalén y guiar la reconstrucción del muro. Dios oyó sus oraciones, y el rey se mostró favorable. Sin embargo, se presentarían más dificultades. Así como lo habían hecho cuando se reconstruyó el templo, los vecinos también se opusieron a la reconstrucción del muro.

Hermanos, no nos debe de sorprender la oposición. La oposición puede venir de afuera, y también puede venir de adentro. Nehemías descubrió que algunas personas del pueblo se estaban aliando con los enemigos de la reconstrucción. No nos debe de sorprender la oposición. Tenemos que responder como lo hizo Nehemías: a Dios orando, y con el mazo dando.

Como resultado, se terminó la reconstrucción. Llegó el día de la dedicación del muro, y Nehemías hizo dos grandes coros de cantantes. Uno de ellos empezó a caminar sobre los muros en una dirección, y el otro en la otra dirección. ¡Imagínense cómo habrá sido el espectáculo! Nehemías 12:43 nos da el resultado de todo esto: "Y sacrificaron aquel día numerosas víctimas, y se regocijaron, porque Dios los había recreado con grande contentamiento; se alegraron también las mujeres y los niños; y el alborozo de Jerusalén fue oído desde lejos."

Al reflexionar sobre estos hechos, me pregunto: ¿qué tiene planeado Dios para nosotros? ¿Tendrá más bendiciones para darnos? Estoy convencido de que sí las tiene. ¿Cómo, entonces, llegaremos a la restauración y el avivamiento que Dios desea para nosotros?

Las mismas cosas que sucedieron en la restauración después del exilio tienen que suceder en nosotros también. En primer lugar, tenemos que unirnos a pesar de la oposición. La obra de reconstrucción se detuvo cuando los enemigos lograron desanimar al pueblo. Cuando se unió, la obra continuó y fue exitosa.

En segundo lugar, tenemos que escuchar la Palabra y permitir que el Espíritu traiga convicción a nuestros corazones. Cada avivamiento del pueblo de Dios ha reflejado esto. Sin el amor a la Palabra y el odio al pecado, el pueblo de Dios se queda en la mediocridad.

Tenemos la seguridad de que, si permitimos que Dios haga esto en nosotros, el resultado traerá gran gozo. El mismo regocijo que Dios puso en el corazón de su pueblo llenará nuestros corazones también, ¡y se oirá desde lejos! ¿Deseas esto? ¿Estás dispuesto a permitir que el Señor haga su obra restauradora? Te invito hoy a comprometerte de nuevo con el Señor, y pedirle que El haga esta obra en nosotros.

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